Venir a Córdoba en 1729: una carta (Cuarta parte)

La carta de Carlo Gervasoni a su hermano Angelino alcanza el punto culminante cuando relata el arribo a Córdoba de los cerca de sesenta jesuitas que habían viajado durante un mes en carretas, desde Buenos Aires.

Por Víctor Ramés

cordobers@gmail.com

Sobre una ilustración colonial de jesuitas de México.

Dado que el Padre Gervasoni, tras contar su llegada a Córdoba, agregó en su manuscrito algunos párrafos referidos a momentos del viaje por la pampa, resolvimos presentar su relato en función de la sucesión de los hechos. De este modo el arribo a la capital jesuítica del Paraguay -tal el lugar que ostentaba Córdoba en el plan de la Compañía- ocupará el lugar final en la exposición.
El último tramo del camino por referir, que retrocede un poco al momento de pasar la caravana a la altura de la ciudad de Santa Fe, narra la búsqueda de agua para los animales y luego el punto alto de invierno en que tenía lugar la travesía, en julio, una semana antes de arribar a destino:
“A la tarde al ponerse el sol nos deteníamos como por la mañana y tres horas antes de media noche cada uno podía retirarse a dormir. Esta es la regla ordinaria. Solo un día caminamos toda la tarde y toda la noche siguiente hasta la madrugada para encontrar agua dulce para los animales que montaban entre bueyes y caballo a quinientas cabezas, y hacía más de un día que no bebían, y solo nos detuvimos media hora para almorzar un poco. Otra vez caminamos solo después de comer, y fue el 20 de julio, porque la nieve caída en la noche no dejaba ver el camino. Dejamos la ciudad de Santa-Fe noventa millas a la derecha, y sin embargo, los Padres de aquel colegio, sabiendo que pasábamos, vinieron con carretas a darnos la bienvenida y a proveernos abundantemente de nuevos víveres.”

Esa amorosa recepción al pasar cerca de Santa Fe se repetirá días más tarde, ya por parte de los jesuitas de Córdoba. Y a esta altura el contingente europeo tendrá pronto su primer contacto con la ciudad mediterránea:
“Lo mismo hizo el Padre Procurador de la provincia, esperándonos en el paso del Rio Tercero, setenta y cinco millas de Córdoba, en nombre de toda la provincia del Paraguay. Finalmente, en el paso del Rio Segundo encontramos al Padre Rector de esta Universidad con otros tres Padres, queriendo abrazarnos a todos antes que llegásemos a su Colegio, y volviendo al día siguiente a la ciudad preparó nuestro público recibimiento en esta forma. Llegados en la tarde del 27 del mes dicho a una media milla de Córdoba, dormimos en nuestras carretas como las noches anteriores. La mañana del 28, después que dijo la misa el Padre Provincial, que venía con nosotros, nos encaminamos a pie poco a poco hacia la ciudad. Encontramos primero a todos los colegiales en número de 51 muy bien vestidos, como acostumbran en España, de largo y color tabaco y con una banda roja muy ancha que cruzándoles sobre el pecho tienen una hermosa lámina de plata con el escudo español.  Estos, haciéndonos alas nos abrieron el camino a encontrarnos con toda la Comunidad de nuestros Padres, en número de sesenta entre viejos decrépitos, jóvenes estudiantes, y novicios y con mil abrazos y congratulaciones nos recibieron llorando de alegría. Poco distante encontramos al señor Lugarteniente, con algunos de los principales que hicieron lo mismo.”

El ingreso a la ciudad de los recién llegados tuvo el carácter de un acontecimiento popular:
“Acompañados en esta forma entramos a la ciudad al son de las campanas, seguidos de todo el pueblo y nos dirigimos directamente a nuestra iglesia, donde encontramos esperándonos al señor Obispo en la capilla mayor que después de hacernos cumplimientos muy corteses, poniendo en medio al Padre Provincial, a la derecha el segundo Padre Procurador y él a la izquierda, arrodillados todos se entonó con música solemne el Tedeum y acompañándonos al colegio se retiró después a su palacio”. 

El primer juicio del padre Gervasoni al encontrarse con Córdoba es severo, de los menos simpáticos de cuantos se le han dirigido a la ciudad:
“Esta ciudad de Córdoba, en que ahora me encuentro, la reputo la más miserable de cuantas hay en Europa y en América, porque cuanto se ve aquí es por demás mezquino. Las casas (exceptuando muy pocas, de ladrillo y un solo piso) son de tierra cruda. Nuestro colegio es bello, pero todavía permanece una parte en la misma forma y la habitamos:  parte es de ladrillo, pero como está sin bóveda, se llueve por todas partes. El único capaz de fabricar una bóveda es el italiano de que hablé en otra mía, pero está ocupado en Buenos Aires después de haber fabricado aquí al señor Obispo una Catedral muy hermosa. Mi habitación está en el corredor en que habitan los superiores y los Padres más ancianos, en tierra plana, sin bóveda y con el piso, como los demás, medio hombre más bajo que el de los corrales.  Los estudiantes y hermanos coadjutores están en las cámaras altas como si fuesen los peores, porque es preciso subir escalera para ir a ellos.”

La proximidad de los Ejercicios propios de la orden de San Ignacio es un aliciente para el padre. En este párrafo, se ve las limitaciones de la época en la mención de la carencia de papel para escribir:
“Un día de estos entraremos todos en los Santos Ejercicios espirituales para limpiarnos del polvo y la humedad, que habremos espiritualmente contraído en tan largo camino de más de siete meses desde que partimos de Europa. Yo en verdad los necesito para adquirir el espíritu propio de la Compañía, necesario en todas partes, pero principalmente en estos países. Mis particulares respetos a nuestra señora madre, Juan Bautista y personalmente los presentareis a todas las hermanas, parientes y conocidos, y en particular de los Padres Massei y Comini. Rogad al Señor por mí, y me detengo aquí por no tener más papel.”
En su despedida epistolar, el padre manifiesta -como lo hicieron muchos otros jesuitas retenidos en Córdoba- su ansiedad por marchar finalmente a su destino misional:
Post scriptum. El día anterior a la vigilia de la Asunción, tuvo el Padre Provincial aviso de que me quedase en Córdoba para trabajar y ayudar a nuestros misioneros en este Colegio, dejándome la esperanza de enviarme después entre los indios. ¡Dios quisiera que fuese hoy!
Vuestro afectísimo Hermano
Carlos Gervasoni.
(De la Compañía de Jesús.)”