La novela del exilio

Fallecido el pasado 17 de diciembre en Buenos Aires a los 71 años, el escritor Marcelo Cohen se inscribe dentro de esa generación de artistas que dejaron la Argentina a mediados de los años setenta y hallaron en el continente europeo el refugio donde poder expresarse en libertad.

J.C. Maraddón

En un país como el nuestro, donde la grieta actual podría parecer insignificante al lado de otras que jalonaron nuestra historia, está muy arraigada la práctica del exilio como un escape tanto para quienes se oponen al gobierno de turno como para aquellos que eran conscientes de que, si permanecían aquí, ponían en riesgo su vida. Por supuesto, no se puede obviar a aquellos que se radican en el exterior por razones económicas (ya sean estas instinto de supervivencia o evasión impositiva), pero aquí vamos a hacer referencia a ese desarraigo que es fruto de los avatares del ejercicio del poder.

Desde la época en que todavía estaba en pañales nuestra integración territorial, ya se registra la presencia de escritores (poetas, prosistas, ensayistas) que debían refugiarse en el extranjero para desde allí publicar sus obras, que en muchas ocasiones disparaban dardos envenenados contra el régimen que los había condenado a escapar fronteras afuera. A lo largo de los años, la gran mayoría de quienes soportaron ese destino pudieron retornar a su tierra natal y, en algunos casos, cosecharon los frutos de su trabajo y fueron saludados como héroes cuando cambió el signo ideológico que los había llevado a la decisión de partir.

Otros, en cambio, sostuvieron su ausencia durante una larga etapa, que para algunos llegó a tornarse infinita porque fallecieron sin haber concretado su retorno. Julio Cortázar, por ejemplo, se instaló en Paris en los años cincuenta y no cambió jamás esa decisión, más allá de haber venido a la Argentina de visita. El suyo es un ejemplo de cómo un autor argentino, cuyo legado se valora aquí, allá y en todas partes, prolongó su residencia francesa hasta la muerte, aunque ello no haya sido un obstáculo para que su nombre reluzca entre los grandes de nuestra literatura y no de la francesa.

Esas circunstancias no pueden atravesarse sin que haya una huella marcada en sus creaciones, donde se refleje lo forzado de la partida, la nostalgia por el paisaje que se ha dejado atrás y la embestida cultural de la nueva realidad donde ha debido insertarse. No en vano las piezas literarias surgidas dentro de esos contextos, suelen ser tan exógenas al país de origen como al de arribo, porque conforman una producción nacida de un tránsito entre el territorio donde se forjó la personalidad y el punto geográfico al que se eligió para hacer borrón y cuenta nueva.

Marcelo Cohen, escritor argentino que vivió en España entre 1975 y 1996, tituló a su primera novela “El país de la dama eléctrica”, que es una referencia directa a esa sensación apátrida de no pertenecer a ningún lugar, ni aquel del que se ha sido expulsado ni a aquel en el que se está habitando. En ese texto, Cohen dibuja a un protagonista que encuentra en la música una identificación territorial, sensación a la que varias generaciones adhirieron cuando el rocanrol pasó de ser un simple estilo sonoro a un movimiento contracultural que representaba mucho más de lo que decían sus canciones.

Fallecido el pasado 17 de diciembre en Buenos Aires a los 71 años, Marcelo Cohen se inscribe dentro de esa generación de artistas que, en un número considerable, dejaron la Argentina a mediados de los años setenta y hallaron en el continente europeo el refugio donde poder desempeñar su tarea creativa sin los peligros que entrañaba seguir haciéndolo desde este lado del mundo. Tal vez en esa situación y en su talento para volcar en el papel la riqueza de su mundo interior, haya que buscar las razones de por qué ha logrado destacarse entre sus pares como un autor inigualable.