Antropología gorila

Nadie duda de que el peronismo y el antiperonismo existen, pero algunos hacen un esfuerzo extra para distinguirse del otro.

Por Javier Boher
@cacoboher

El pragmatismo en la praxis del justicialismo hace que sea difícil ponerles una etiqueta desde las ideas, pero eso no impide que sea fácil distinguirlos ante el resto de los mortales, porque el peronismo es -antes que todo- una estética. Eso vale, lógicamente, para todos los que carecen -carecemos- de esa condición. Peronistas y antiperonistas nos reconocemos instantáneamente, condicionando las interacciones subsiguientes.

Eso no significa que no puedan existir cuestiones básicas de respeto y tolerancia, cuando no de aprendizaje y crecimiento. Habiendo crecido en una familia con todos los colores políticos se aprende a convivir con todos y cada uno de ellos.

Sin embargo, en eso que genera el peronismo en sus detractores algunos no temen cruzar ciertos límites. El rechazo es tan visceral que por ahí se olvidan que del otro lado hay personas para las que todas esas cuestiones tienen un sentido, una razón de ser, una justificación. Robándose la fórmula (ya que hablamos de peronismo) se puede decir que esa forma de ver el mundo es cultural.

Si hablamos de estudiar la cultura, rápidamente se nos viene a la mente la antropología. La disciplina nació como una forma de estudiar a los seres humanos que los europeos se encontraban en su expansión ultramarina. Uso esa fórmula en lugar de personas porque, justamente, no caían en la misma categoría; apenas si compartían la base biológica.

Para los civilizados europeos había otras ciencias, como la sociología o la historia, mientras que a los salvajes africanos les correspondían la arqueología o la antropología. La mirada etnocéntrica y darwinista ponía a todos en distintos estadios de evolución humana.

Esa mirada fue cambiando, lógicamente, para tratar de encontrar las particularidades de cada cultura, identificando roles o funciones sociales comunes a todas las sociedades, pero fundamentados de distinta forma. Nacía así el relativismo, donde cada cultura debía ser interpretada en sus propios términos.

El miércoles pasado, en un rapto de ira que contradice la premisa de que los radicales no tienen sangre, el dirigente radical Javier Fabre realizó todo un ejercicio darwinista de la antropología al exponer algunos rasgos de su tipo ideal de peronista. Lo hizo en medio de las internas del radicalismo de cara a las próximas elecciones.

Paso a listar las características que identificó el susodicho bajo la idea “es más peronista que”:

– mojarse el pelo en el boliche

– bajar la botella de la mesa

– tener una amante teñida.

– tener relaciones sexuales escuchando cumbia (reemplacé el verbo cordobés del texto original)

– ir al colegio a la noche

– chapar en la parada del bondi

– tener una coupé fuego

– poner vidrio cortado en la tapia

– sacar la pelopincho a la calle.

Hay que pasar un rato largo mirando a los peronistas para llegar a esas conclusiones que constituyen toda una afirmación de lo que sería una antropología acabadamente gorila. No seré yo quien diga que se cruzó algún límite en la caracterización, porque mis observaciones del fenómeno son similares, pero quizás hubiese buscado adornar un poco las cosas.

Un rato después de haber tuiteado esa lista dijo que todo era una broma, pero -tal como los estudios discursivos sobre el humor nos han enseñado- todos los chistes conllevan una cuota de verdad, al menos en lo que refiere a la apreciación que hacemos para destacar eso antes que otra cosa.

Toda antropología es el estudio de un “otro”, lo que necesariamente implica que hay implícito un “nosotros” a partir del cual hacemos las distinciones. Así, las observaciones de Fabre podrían implicar que el no peronista:

– no va al baño del boliche a mojarse el pelo, sino a “peinarse”

– no baja la botella de la mesa porque lo que toma es caro y quiere que salga en la foto

– no tiene amante… teñida

– no tiene relaciones sexuales porque está en el comité

– piensa que en la escuela sólo se aprenden contenidos

– no chapa en la parada del bondi porque está discutiendo sobre Alvear e Yrigoyen mientras el peronista le tirotea la novia en la cara

– tiene el auto que le paga el padre

– vive en barrio cerrado donde no se puede hacer tapia

– no saca la pelopincho a la calle porque tiene una de material en el patio

Esto es, por supuesto, un reverso casi literal que nada tiene que ver con lo que efectivamente caracteriza a un no peronista. Sin embargo, hacer hincapié en situaciones tan normales para tanta gente deja entrever que hay algunas de esas que se cumplen en muchos de los radicales de prosapia que tenemos en Córdoba.

Yo me reí con la lista de Fabre, como me puedo reír con cualquier lista que hagan sobre la gente de cualquier partido. El tema es que yo no le pido el voto a la gente que pone vidrio en la tapia, se baña en el Suquía, caza palomas con la gomera para hacerlas a la olla o va a los actos por el chori o el locro. Toda esa gente vota y tiene problemas que también hay que atender, por más que uno caiga en la tentación de creer que son cosas culturales y que a ellos les gusta que sean así. Es casi lo mismo que hace el kirchnerismo, armar una identidad política cerrada, de reafirmación de la marginalidad, centrada en el vivir mal.

De nuevo. El peronismo es, ante todo, una estética, que resulta repulsiva para cierta gente. Pero existe y hay que convivir con ella.

Es más, en apenas unos meses, ya los vamos a ver bailando con el pelo mojado, tratando de conseguir algún voto más.