Músicas y guitarreras de América del Sur (1830-1867)

De ciudades como Lima, Santiago, Arequipa, y centros urbanos argentinos como Mendoza, San Luis, Catamarca, Rosario y Buenos Aires, se obtienen referencias musicales relativas a mujeres de diversas clases sociales en crónicas del siglo XIX.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

 

Chingana en Tres Puntas, Chile, 1852.

Thomas Sutcliff, un militar inglés que había participado en la batalla de Waterloo en 1815, publicó en 1841 su libro Dieciséis años en Chile y Perú, entre 1822 y 1839. Allí refiere -sin hacer precisión sobre la fecha- sus impresiones vividas en Santiago de Chile en una celebración por el aniversario de la Independencia. Incluye una descripción de la música oída en esa fiesta patria, poco agradable a su oído. Allí oye tocar en las “chinganas” armadas para la ocasión, el arpa, la guitarra y el rabel (instrumento frotado a la manera del violín) y señala que la cercanía entre esos puestos musicales generaba “una música, si es así puede ser llamada” que para los oídos extranjeros es “el ruido más discordante que puede él oír; pues dejo que el lector se imagine a sí mismo, cerca de veinte o más personas en un área de unos treinta metros, cantando, o berreando tan fuerte como sus pulmones les permitan, para las melodías de los instrumentos antes mencionados, así como otros que están cajoneando con las manos en la parte inferior del arpa, mientras se danza la ‘samba queka’, u otro paso favorito”. Comenta que “estas son las diversiones de las clases bajas; pero aun así muchos hasta de los más respetables disfrutan del ‘baile de golpe’, y la chingana de ‘Las Señoras Petorquinas’, que eran las estrellas de su profesión; estaban bien patrocinadas, porque atrajeron a una concurrencia extensa en sus comienzos, y cosecharon un emolumento nada pequeño gracias a su vivacidad.”
En una visita a Arequipa, visita Sutcliff el mercado de la ciudad, donde anota:
“El mercado de Arequipa estaba bastante bien abastecido de carne y legumbres; y los helados y otros refrescos son baratos y de buena calidad; había muchas hermosas villas en los alrededores de la ciudad. Los habitantes eran muy amables y hospitalarios, y tenían mucho del carácter chileno, especialmente las damas; tienen gusto para la música, y en casi todas las casas vi el piano, el arpa o la guitarra, y sus habitaciones principales estaban bien amuebladas, y algunas espléndidamente decoradas.”

Otro viajero, John Parish Robertson, aporta una breve referencia sobre su visita a Buenos Aires en el libro Cartas sobre Sud América, de 1839. Lo presenciado por Robertson describe el ambiente de las casas y mujeres distinguidas de la ciudad. Escribe: “En Buenos Aires se cultiva mucho la música. Siempre hay una dama, en cada casa, que puede ofrecer una buena ejecución de todos los tonos requeridos para el minuet, el vals y la contradanza”. 

Las siguientes citas se sitúa una década después y provienen de la crónica de Isaac G. Strain, un oficial naval norteamericano que desembarcó en Valparaíso en 1849 y cruzó la Cordillera en dirección a Buenos Aires. A su paso por Mendoza relata que solía pasear por las tardes e iba de visita a una casa de campo, adonde los habitantes más ricos de la ciudad se hallaban pasando el verano. Allí “disfrutaba de la generosa hospitalidad de los dueños, bebiendo una copa de caña con el padre, fumando un cigarrito con las ancianas matronas, asombradas del largo de mi barba y de lo extenso de mis viajes. Y escuchando, además, las canciones rústicas, aunque placenteras y un poco llorosas, de las señoritas que, acompañándose en la guitarra, cantaban sin que se les insista, sin esa falta modestia, tan común en otros países que se jactan de un mayor refinamiento social.” Y brinda también el propio Strain información sobre su visita a San Luis, donde junto a un acompañante de viaje, “visitamos otra casa donde encontramos a dos señoritas que nos gratificaron con algo de música, acompañándose en la guitarra. Las canciones eran todas nacionales, y tan peculiarmente quejumbrosas que casi podía imaginarlo como un canto fúnebre sobre su país infortunado e impasible. Aquí no hay pianos ni música italiana; El refinamiento en ese aspecto y en algunos otros pasó por San Luis, rumbo a Mendoza, pero sin detenerse.” Conversando con aquellas jóvenes, estas le comentan a Strain que sufrían en San Luis la falta de muchachos como para pretender casamiento. Tras un par de canciones, Strain y su acompañante dejan el domicilio de las niñas para ampliar su paseo, y más tarde vuelven a parar en la casa mencionada: “A última hora regresamos a donde habíamos comenzado el paseo, y después de escuchar una canción o dos más, me retiré a mi fonda con la grata conciencia de poder contar entre mis conocidos algunas jóvenes de buena familia de San Luis.”

También contamos con una cita ambientada en Rosario, que brindó el diplomático Hugh De Bonelli “de la Legación de Su Majestad Británica”, viniendo de Bolivia en 1854, en dirección a Buenos Aires. Se hospedaba en una posada española próxima a la plaza y cuenta que, por intermediación de un compañero de viaje, “fui presentado a una familia muy amable perteneciente al pueblo, en cuya casa pasamos la noche. Nuestro amable anfitrión, que nos recibió muy cordialmente, tenía tres hijas interesantes, de las cuales dos eran solteras y la otra una encantadora joven viuda. Luego de varios cantos acompañándose con la guitarra, tomamos mate juntos según la costumbre del país, luego de lo cual sonaron minuetos, valses y otros bailes que formaron la diversión de la velada, y salimos muy encantados con nuestro entretenimiento y la hospitalidad que pudimos experimentar.”

El mismo año en que pasó de Bonelli, el pintor Robert Elwes se hallaba en Lima y fue invitado a un baile donde, en lugar de la guitarra, apareció un instrumento de salón. Comenta escuetamente: “allí las señoritas se turnaban en el pianoforte.”

Otra referencia al piano señala el vacacionista H. C. Ross Johnson a su paso en 1867 por la ciudad de Catamarca: “Por la tarde fuimos a una tertulia en lo de Don Samuel, donde las señoritas tocaron el piano sorprendentemente bien para ser aficionadas; luego de lo cual se bailó -polkas y cuadrillas, de lo cual me sentí decepcionado, ya que esperaba ver algo de danzas nacionales -el fandango y el gato, por ejemplo.”