Diez años para diluir su poder

La Justicia determinó la culpabilidad de la vicepresidenta en la Causa Vialidad. Es una realidad novedosa que muestra de qué manera el kirchnerismo, por su soberbia dogmática, diluyó su poder.

Por Javier Boher
@cacoboher

Hace exactamente diez años todos estábamos esperando para ver qué iba a pasar con la entrada en vigor de la Ley de Medios. En la guerra que tenía el kirchnerismo con el grupo Clarín, y tras la aplastante reelección de 2011, el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner mostraba que iban por todo.

El poder del kirchnerismo era casi absoluto, al punto que habían generado una gran expectativa ante la llegada del 7D, el día en el que las empresas debían dividirse y en donde las frecuencias debían asignarse también a medios comunitarios y demás. El kirchnerismo era tan fuerte que no había nada en su camino que asomara capaz de detenerlo.

Pero el poder, como toda relación social, se desgasta. Se termina. Agota.

El Tribunal Oral Federal 2 condenó ayer a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por el delito de administración fraudulenta, pero no por asociación ilícita, como había reclamado el fiscal Diego Luciani, que también había pedido el doble de años de cárcel.

Ayer fue un día especial para el país. No es la primera vez que una persona con paso por la Casa Rosada tiene que arreglar cuentas con la Justicia, pero sí es un deseo muy marcado en buena parte del electorado. En diez años el kirchnerismo supo rifar una aprobación del 54%, terminando en una condena por administración fraudulenta a su principal figura política.

Quizás el mayor pecado del kirchnerismo a la hora de sostener su poder fue su intensidad para la construcción. Tanta ideología los fue aislando del resto de la clase política, convirtiéndolos en los indeseables. Si a eso se le agrega la incapacidad para la conducción económica, con un marcado descenso de la calidad de vida de la gente, el combo es simple. La gente se cansó, retirándole el apoyo.

Según los jueces Jorge GoriniRodrigo Giménez Uriburu Andrés Basso, la expresidenta fue la líder de una organización criminal que durante sus dos mandatos presidenciales se dedicó a recaudar fondos a través de coimas y sobornos en la contratación de la obra pública de la provincia de Santa Cruz. Ocho años seguidos de quedarse con plata de todos los contribuyentes, sin hacer las obras y disfrutándola como propia.

A lo largo de todo el proceso Cristina trató de zafar de la condena a través de los mecanismos de los que se valieron durante tantos años para resolver las cuentas con la justicia. Presionaron a los jueces, denunciaron complots y confabulaciones en contra de ella -y por propiedad transitiva, en contra del pueblo-, amenazaron con ocupar la calle, tejieron conjeturas sobre operaciones mediáticas, desprestigiaron a título personal a todos los que acusaban y a los que debían juzgar.

Pero no entendieron que pasó el tiempo y no son más los de hace una década. Hoy no hay premio por ayudarla, a la vez que el peronismo parece haber entendido que -con la virtual certeza de una derrota electoral el año que viene- le conviene aprovechar la decisión de la justicia para limpiar el escenario y prepararlo para que alguien más tome la posta.

La vicepresidenta no irá presa en el corto plazo. Habrá distintas etapas de apelación que dilatarán el cumplimiento efectivo de la pena, que se estirará o se comprimirá según su voluntad de entender que fuerzas más potentes que ella han decidido jubilarla. Menem lo entendió, bajó la cabeza y se alineó con el kirchnerismo. Dejó el orgullo y usufructuó las relaciones de lealtad que había sabido construir hasta entonces. Se murió lejos de la cárcel, olvidado salvo para votar en el Senado.

Lo preocupante es lo que puede venir hacia adelante en un fin de año complejo. El poder de fuego siempre estuvo en manos de Cristina y ella será la que decida si se va a atar a derecho o si va a salir a destruir todo.

César Milani, investigado por su supuesto rol como represor durante la dictadura, jefe del Ejército en el gobierno de Cristina, con el manejo de la rama de inteligencia militar, puesta al servicio del gobierno tras la pelea de CFK con la AFI, aseguró por twitter que no hay salida pacífica a este conflicto.

Es como si no hubiesen gobernado: no quieren sostener la democracia ni la división de poderes ni siquiera en un plano discursivo. Aborrecen que se controle el poder y que existan límites al uso que se puede hacer del Estado. Ojalá trate de (y pueda) ser candidata el año que viene.

Mi tío siempre dice algo que me parece particularmente cierto, incluso repitiéndose con otros actores distintos. Si se terminó el período de gobiernos militares en Argentina fue por lo brutal de la última experiencia, pero eso no podría haber ocurrido si no llegaban a la situación de tener absolutamente todo el poder del Estado para ellos. Cuando lo tuvieron demostraron que no les correspondía. Recién ahí la gente dijo Nunca Más.

Con el kirchnerismo está pasando algo parecido. Tuvieron absolutamente todo el poder. Tuvieron superávits gemelos, los mejores términos de intercambio de la historia, medios de comunicación afines, una Justicia que los salvó muchísimas veces, empresarios que los financiaron y se favorecieron con su gobierno, las universidades legitimaron sus políticas, los sindicatos no hacían paro, los movimientos sociales no les hacían piquetes…

Tuvieron todo el poder y demostraron que no lo podían manejar. En diez años exactos pasamos de su intento de doblegar a los medios para ser dueños de todo (en lugar de hacerse socios, como siempre indicó el manual respecto a todas las corporaciones) a esta novedosa realidad en la que, como tituló Diego Cabot, se juzga al poder cuando es poder. Quizás el país haya encontrado un nuevo consenso a partir del cual recuperar la confianza en el futuro.