La liberación del romanticismo

Las emotivas repercusiones que hubo en Argentina tras la noticia del fallecimiento de Pablo Milanés, ocurrido en Madrid a los 79 años, tienen que ver en muchos casos con la asociación directa entre sus creaciones más conocidas y el recuerdo de los años de la recuperación democrática.

J.C. Maraddón

Aunque el compromiso político de la generación que forjó su participación con el advenimiento de la democracia en 1983 fue mucho menos virulento que sus antecesores de los setenta, hubo durante la primavera alfonsinista un clima de efervescencia que alimentaba expectativas de grandes cambios sociales. La recuperación de espacios como los sindicatos y los centros de estudiantes, que habían sufrido la cruel represión de la dictadura, se complementó con la afiliación masiva que se registraba en los partidos, un termómetro de cuál era el ánimo que predominaba entre los jóvenes en aquella primera mitad de la década del ochenta.

El activismo en defensa de los derechos humanos y el reclamo por el castigo a los responsables del genocidio desatado por el régimen militar, era otro condimento de esa politización que pretendía recuperar en poco tiempo el terreno perdido durante el periodo iniciado en marzo de 1976. Mientras el gobierno de la Unión Cívica Radical desandaba una frágil transición que se veía acechada por el poder en las sombras, se levantaban voces que pugnaban por una profundización de las reivindicaciones y que criticaban a Raúl Alfonsín por actuar con tibieza ante el temor de que las Fuerzas Armadas reaccionaran a la vieja usanza.

Las expresiones culturales se hacían eco de esa atmósfera que lo envolvía todo y que fomentaba aquello que había caído bajo la censura y que ahora despertaba esa curiosidad propia de lo prohibido. Fue entonces que se produjo una especie de destape a la criolla, que instaba a poner en circulación publicaciones y películas con contenido erótico, a las que los dictadores habían impuesto límites durante su mandato. La apertura de salas “condicionadas” y la profusión de un humor más escandaloso en la televisión, fueron otros de los síntomas de esa liberación de costumbres que se estaba respirando.

Por supuesto, también se expandió la tendencia a apreciar aquellas manifestaciones artísticas “con mensaje”, como se mencionaba entonces a lo que propendiera a despertar una conciencia ideológica que había pasado a ser clandestina a partir del golpe de estado. En la música, se valoraron los esfuerzos de quienes agitaban esas ideas en sus letras, además de sostener la coherencia con esos postulados en sus declaraciones a la prensa y en su vida cotidiana. Y se buscaron modelos de esa clase de artistas en el exterior, para tomarlos como referencia de una manera de hacer las cosas que parecían preferir las mayorías.

Es esa la Argentina en la que se tornaron populares las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, dos conspicuos representantes de la Nueva Trova Cubana, cuyo repertorio venía siendo traficado en las sombras, hasta que el relajamiento del cerrojo posibilitó que se editaran sus discos y que, finalmente arribaran en persona a nuestro país, para presentarse en grandes estadios y para acompañar a figuras locales (como Mercedes Sosa) que hacían de anfitriones de esa dupla que aportó momentos inolvidables de la banda de sonido ochentosa en esta región del planeta, donde se transformaron en personalidades de culto.

Las emotivas repercusiones que sobrevinieron tras la noticia del fallecimiento de Pablo Milanés, ocurrido en Madrid a los 79 años, tienen que ver en muchos casos con la asociación directa entre sus creaciones más conocidas y esa época en que su interpretación era obligatoria en cualquier peña que se preciara de tal. Cultor de un romanticismo no exento de prédica revolucionaria, Milanés formó parte de aquel paisaje delineado por la sociedad argentina durante la recomposición institucional de un país que todavía soñaba con un futuro utópico, y no había caído en el escepticismo que esparció tras la crisis de 2001.