Elitismo competitivo en los chats filtrados

El entramado de relaciones que se destapó con los supuestos chats entre personajes de la justicia, las empresas y los medios nos hace reflexionar sobre las élites en política.

Por Javier Boher

Joseph Schumpeter ha sido uno de los pensadores más importantes para la ciencia política. Economista como base, pensó la relación entre el capitalismo, el socialismo y la democracia durante la primera mitad del siglo XX, reflexionando también sobre los procesos de representación política. Es, sin embargo, menos reconocido que lo que debería.

Encuadrado dentro de la corriente elitista, su enfoque sobre la distribución del poder podía ubicarse en los preceptos básicos de dicha escuela: el poder está concentrado en unos pocos -que disfrutan de los beneficios de su posición- y la dominación es inevitable. Así, nunca se puede romper ese ciclo según el cual un puñado de personas gobierna sobre las masas, incluso ante la ilusión democrática del voto.

La teoría schumpeteriana parte de la premisa de que la competencia en las democracias representativas liberales es una competencia entre élites, grupos privilegiados que buscan acceder al poder a través de la legitimidad que les da el sufragio universal. Así, no existe -ni puede existir- una verdadera democracia según el ideal socialista, sino que siempre se tratará de elegir un entramado de relaciones de poder por sobre otro.

La idea de Schumpeter es que esa competencia entre élites es una forma de garantizar una estabilidad institucional que permite resolver conflictos a través de canales que encauzan los intereses de esas élites en disputa. No es un mecanismo de autogobierno, sino un mecanismo de asignación del poder en pocas manos.

Así, la competencia entre grupos termina siendo una ilusión. Una de las críticas que recibió respecto a esta postura es que, existiendo apenas un par de grupos que compiten por el poder, no existe tal cosa como una competencia real, sino un oligopolio político en el que oficialismo y oposición pertenecen a un mismo grupo con poca variabilidad.

La introducción precedente hace referencia a la situación de los chats que trascendieron el domingo y que supuestamente hablan de un entramado de favores y amiguismo entre el poder político, funcionarios judiciales, empresarios y hombres de medios.

No pretendo aquí poner el foco sobre la veracidad o no de los mismos (que puede ser atacado desde distintas ópticas) sino sobre la posible existencia de un entramado como ese. La pregunta, en todo caso, debería ser sobre por qué cabría suponer que tal cosa no existe, o por qué cabría suponer que no existe algo similar del otro lado de la grieta.

La actividad política requiere, necesariamente, de relaciones interpersonales. Por más que algunos quieran creer que pueden pensar sistemas políticos haciendo abstracción de las personas que integran la sociedad, eso es llanamente imposible. Atrás quedaron las pretensiones fundacionales de los pensadores hasta el siglo XIX. Hoy sólo nos queda interpretar los hechos para tratar de entenderlos.

Si Schumpeter está en lo cierto, la tensión que se ve es entre dos élites distintas que están recurriendo a todo lo que tienen a mano para resolver una disputa en el tiempo que falta hasta que las urnas doten de legitimidad a una sobre otra. Cada una de ellas tiene su propio sistema de relaciones que la sostienen y le dan fuerza, haciendo pie en distintos núcleo de poder dentro de la sociedad.

Por un lado, en la denuncia que obligó al presidente a salir a hablar, se refleja una posible alianza en los sospechosos de siempre para el polo “progresista”. Grandes empresas (que financian), funcionarios judiciales (que manipulan la justicia), gente de los medio (que crea el clima de opinión) y dirigentes políticos (que buscan conducir). Es, más o menos, lo que resulta cuando el elitismo se cruza con el marxismo, defendiendo la premisa de que se puede pensar en un nuevo mundo sin esas redes de poderosos buscando acceder al gobierno.

Eso es imposible, porque del otro lado también hay redes de poderosos con el mismo objetivo, pero con justificaciones diferentes. Cuántas veces habremos escuchado sobre los lazos entre empresarios (que financian), sindicalistas y piqueteros (que evitan o incentivan los estallidos sociales), medios de comunicación (que legitiman) y políticos (que quieren conducir).

Cada una de esas alianzas tiene intereses que defender y se va a valer de las herramientas a su alcance para hacerlo, tratando de defender una visión política que la haga sobresalir ara alcanzar el favor de las masas que dan un baño de legitimidad.

Por supuesto que cada alianza es mucho más grande que eso. Todas las funciones deben ser cubiertas de igual modo, aunque pudiese haber diferencias en el peso que tiene cada sector hacia adentro de sus coaliciones. Hay empresarios, funcionarios judiciales, hombres de medios y dirigentes sociales en cada uno de los bandos, todos tratando de que su espacio se imponga sobre el otro.

Ciertamente la democracia como idea no sale favorecida cuando se hacen evidentes esos entramados de corrupción y favoritismo. Sin embargo, son parte constitutiva de la misma, porque las negociaciones políticas son así. En lo personal creo que hay que limitarlos y reducirlos lo más posible, lo que se consigue con más política, no con menos.

Hace varios años, a raíz de un conflicto en un área completamente alejada de la política partidaria, me dijeron una cosa absolutamente cierta. “Trenza va a haber siempre. Simplemente hay que tratar de que no le sirva solamente a los que están arriba”.

Hacer que la trenza no favorezca solamente a los de arriba es el rol que le asignó Schumpeter a los que eligen entre esos bandos en pugna.