Músicas y guitarreras de América del Sur (1823-1826)

Un arco de mujeres interpretando música para los viajeros y visitantes, se encuentra en las crónicas de las postas campesinas o de las ciudades, incluso religiosas de conventos chilenos.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Es una historia poco feliz sobre una joven guitarrera la que nos transmite el inglés Robert Proctor, un agente de crédito que llegó a Buenos Aires en 1823. Proctor fue un extranjero en medio del tumulto de los años de la emancipación, que atravesó la pampa y las sierras, llegó a la Cordillera, pasó a Chile y luego fue hacia el Perú. En una visita al valle de Huarmey, en la Costa central del Perú, tomó nota del canto de una joven campesina, y de la situación en la que ella vivía. Una noche se juntó a tomar el té con el cura del lugar, sobre quien escribe el inglés:
“No obstante su aspecto respetable, tuve buen motivo para saber que, en punto de moralidad, no era superior a la mayor parte de los de su profesión en el Perú, vivía públicamente con una preciosa muchacha, interesante, dotada de voz dulce, que nos entretuvo con la siguiente canción, acompañada, como es usual, con guitarra.”
Aquí Proctor reproduce las coplas del canto de la joven, que representan un diálogo entre la cantora y su corazón. Cada copla alterna la voz de ella con la respuesta del corazón, inmutable en su sentimiento. Copiamos algunas, como muestra: «Corazón, ¿por qué pretendes / con ese traidor estar? / Si él no te tiene amor, / deja, corazón, de amar.» Y responde el corazón: «Pretendo porque lo quise / con él a perseverar, / y aunque él me sea traicionero / yo siempre lo he de amar.» Una copla final, con su respuesta: «Hartos consejos te doy / queriéndote consolar: / ten presente sus traiciones / deja, corazón, de amar.» «En vano son tus consejos / no los quiero ni escuchar; / ciego estoy en su belleza, / no puedo dejar de amar.»
La canción pareció trasuntar el propio sentimiento de la joven, según anotó Proctor al cerrar su crónica sobre aquella visita:
“Estaba evidentemente lejos de ser feliz sin más sociedad que el cura, y había un delicado lamento en su tono y maneras, que despertaba hondísima simpatía; nada pude saber de su historia. Nos preparó té conduciéndose con mucha gracia natural; pero noté en el cura un modo autoritario muy ofensivo para ella.”

Un giro diferente aporta Giuseppe Sallusti al tema en su Historia de las Misiones Apostólicas en Chile, , en 1823 junto a una comitiva enviada por la Santa Sede, en la cual viajaba el futuro papa Pío IX, entonces canónigo Giovanni Maria Mastai-Ferretti. Sallusti relata las visitas a los conventos de monja en Santiago de Chile, y allí se destaca la aparición de la guitarra y el violín, tocadas por monjas o por jóvenes educandas:
“Las Monjas de San Agustín fueron las primeras que visitamos por disposición de Monseñor Obispo Rodríguez, que quiso dirigirnos y acompañarnos, en la visita de todos los Monasterios. (…) Su número es de ochenta Profesas, cada una de las cuales tiene una o más jóvenes que la sirven y viven día y noche con ella; por lo que el Monasterio de las Agustinas cuenta más de quinientas individuas, entre profesas, novicias, educandas y jóvenes de servicio. (…) Después que Monseñor hubo allí celebrado la Misa, las Monjas lo introdujeron en el Monasterio. Allí se dio un suntuoso refresco, durante el cual algunas Monjas formaron una especie de coro, tocando en él, unas el violín y otras la guitarra, fueron cantadas con tales instrumentos canciones y cosas análogas; y, en fin, después de un hermoso vals, con el son festivo de un Saltarello, fue terminada la visita en la alegría del Señor.”
También hay músicas entre las Monjas Recoletas de Santa Clara, llamadas comúnmente de la Victoria, en Santiago, quienes dieron al Vicario Apostólico y a todo su séquito, durante una visita: 
“Uno de los mejores refrescos, dispuesto con magnífico surtido de licores y dulces de todas clases. Durante el suntuoso refresco, divirtieron a los dos Prelados y a toda la comitiva con escogidos trozos de música, acompañados de violines y de la guitarra francesa, tocada divinamente por una de sus educandas; y fue terminada la agradable fiesta con un gracioso intervalo de música italiana, compuesta por el célebre Rossini.”

En abril de 1825, un anglosajón ha cruzado las Pampas y se encuentra ya próximo a la ciudad de Salta, en el Noroeste argentino. El capitán Joseph Andrews iba atraído por la riqueza minera sudamericana cuyas noticias desataban una fiebre especulativa en la bolsa de Londres. Una breve cita da cuenta de su encuentro con mujeres guitarreras campesinas.
“El camino de Cobos hasta unas tres leguas antes de Salta es muy malo y rugoso, lleno de grietas y piedras sueltas, con muchas pequeñas colinas que subir y bajar. Tras siete leguas de ardua marcha llegamos a Lagunillas, una casa de posta así llamada por su situación entre dos lagos, en los que pudimos observar una gran cantidad y variedad de aves silvestres. Aquí pudimos gozar de un alojamiento bastante bueno y por la noche nos visitó un grupo de mujeres de un pueblo cercano, quienes nos agasajaron con sus cantos y tocando la guitarra.”

Entre 1825 y 1826, el capitán e ingeniero inglés Francis Bond Head iba a toda marcha rumbo a Buenos Aires cuando se detiene en una posta cuyo nombre no menciona, y que ya había visitado. Tal vez fuera una posta cordobesa o santafecina. Allí, cuenta:
“…Extendí mi apero en el suelo, ya que la casa de posta estaba llena de pulgas y vinchucas. La gente había regresado del río y la cena se estaba preparando, cuando un joven caballero escocés que se me había adelantado en el camino, y con el que habíamos recorrido juntos algunas etapas, me invito a cantar con las jóvenes de la posta, me dijo que eran muy guapas. Yo las conocía bastante bien, pues había pasado varias veces, pero estaba demasiado cansado para cantar o bailar: sin embargo, teniendo afición por la música, corrí mi montura y poncho muy cerca de la fiesta, y tan pronto como hube comido un poco de carne, me acosté de nuevo. Mientras el delicioso aire fresco soplaba sobre mi rostro, me quedé dormido justo cuando cantaban las ninfas muy bellamente uno de los tristes del Perú, acompañándose con una guitarra.”