Para eso sí tenés plata

La decisión de renovar el avión presidencial parece una burla en medio de tanto ajuste.

Por Javier Boher
@cacoboher

Ser padre es una suma de experiencias que es difícil compartir con el que no tiene descendencia. Es imposible hacerle entender ciertas cosas a los que no tienen ese tipo de relación, que además va cambiando conforme a todos van creciendo. Cada niño es distinto y cada año es diferente.

Sin embargo, hay algunas constantes que permiten hacer algunas observaciones comunes a todos. Todos los niños nos hacen renegar cuando tienen fiebre, todos se quieren sacar las medias, todos rechazan algún tipo de comida y tienen fanatismo desmedido por otra. Todos, siempre, nos hacen algún planteo porque no les compramos lo que quieren.

Todos los padres han escuchado alguna vez -para los hijos un poco más creciditos- la expresión que sirve de título a la nota (aunque, en rigor de verdad, es más fácil escuchársela a la pareja). Esa es la respuesta habitual para esa situación, cuando mezclan ironía, enojo y frustración por ver que sus prioridades no coinciden con las de quien hace finalmente la compra a su antojo.

Eso mismo se podría decirle al presidente ahora que decidió que era fundamental renovar el avión presidencial. Ocupando un cargo desde el que no ejerce el poder, parece dispuesto a disfrutar las bondades de tener una chequera fondeada por los impuestos de todos sus compatriotas. Ante la posibilidad de darse una buena vida, elige la doctrina de “los gatos” que viajaban con Ricardo Fort: si viene de arriba hay que disfrutarla sin culpa.

La novela del avión presidencial es larguísima. Hay decenas de anécdotas desde la época de Menem, como que le gustaba bañarse con la puerta abierta, aunque se inundara el resto de los cuartos y se arruinaran las alfombras. Están las sucesivas renovaciones, siempre a costa de los contribuyentes, solamente por cuestiones estéticas.

Macri trató de cambiarlo, pero no pudo. Finalmente Alberto arrancó el proceso, tras siete años de que el vehículo esté arrumbándose por estar desactualizado. Mientras tanto, volaba en aviones alquilados dándose una vida propia de un país que funciona, nada que ver con las condiciones generales de la economía nacional.

Hace unos días, al ser consultada sobre esto, la portavoz presidencial Gabriela Cerruti dijo que los presidentes no pueden volar en aviones de línea. ¿Habrá sentido que le estaba hablando a nenes que todavía creen en Papá Noel?.

La escena fue increíble, porque podía verse en la expresión de su cara que sabía que estaba diciendo una mentira que nadie creía. Es como en la escena de Escuela de Rock, cuando el profesor trucho le dice a los padres de sus alumnos que no puede hablar de lo que pasaba en el aula por existir algo llamado “confidencialidad maestro-alumno”.

Es fácil entender la incomodidad de la vocera, habida cuenta de que no es fácil militar un gasto como el del cambio del avión presidencial en un contexto de recorte de fondos para educación, salud, salud reproductiva o vivienda. Es como si todo fuese superfluo menos los privilegios de los representantes, cuando el sentido común indica que es exactamente al revés.

No vamos a ponernos a hacer números acá sobre cuántas computadoras del Conectar Igualdad se podrían comprar con los 22 millones de dólares que cuesta el nuevo avión, pero es de imaginar que serían muchas máquinas (igual, con un cálculo rápido, sabemos que serían casi 100.000).

Claramente es mucho menos que lo que gasta el Banco Central para mantener el tipo de cambio artificialmente bajo para ayudar a los empresarios amigos que pagan las campañas electorales: si no fuese por la segunda edición del dólar soja, el Central habría vendido 1.000 millones de dólares en noviembre. Cerró alrededor de 700 millones abajo, unos 30 aviones como el que van a comprar ahora.

No suena a tanto por un avión, sabiendo que Aerolíneas Argentinas tiene un déficit anual equivalente a 20 de esas naves.

La constante es la desaprensión con la que gastan los fondos públicos. Nunca reparan en el origen de ese dinero. No piensan en la cantidad de trabajo -trabajo de verdad, no empleo público- que hay detrás de esos lujos.

Algunas veces parece necesario ponerse en el lugar de los hijos para hacer el comentario que sirve de título a la nota. ¿Para eso sí tenés plata? Hay problemas para el ingreso de medicamentos, al punto que un diputado nacional, ex ministro de la nación, con todos sus contactos y privilegios, tiene problemas para conseguir el medicamento para su hijo. ¿Qué le queda al resto, a los que tienen que ir a hacer cola al hospital público para ver si consiguen que les den lo que necesitan?.

Todos los gastos del Estado parecen alejados de las necesidades reales de la gente, como el cotillón mundialista que pidió el PAMI, mientras los jubilados tienen problemas para que les hagan los tratamientos (como los oncológicos, que empiezan con drogas prestadas que después tienen que reponer cuando finalmente les llegan las órdenes del PAMI).

Los hijos crecen, y en ese crecer hay maduración. Los planteos no son los mismos, pero las expectativas que ponen en los padres tampoco. En algún momento les cae la ficha que el padre que promete y no cumple no va a cumplir nunca. Entienden que el que les dice que no hay plata, pero se la gasta en lujos para él, en realidad no los prioriza.

No son pocos los que observan, atónitos, cómo se gastan la plata en cosas que no necesita nadie. Quizás haya allí un germen de maduración para este pueblo tan aniñado.