En 2023 la inflación volvería a golpear más a los más pobres

Los trabajadores informales pierden frente a la suba de los precios y, además, se sumaría una suba de la carne que podría ser morigerada por las políticas del Gobierno para controlar los valores de los alimentos, pero no alcanzaría para equipar.

La inflación se aceleró notablemente en 2022: acumuló cerca de 80% hasta octubre, número no visto en 30 años. De cara a 2023 un informe privado prevé que se profundice la tendencia: los sectores formales amparados por paritarias seguirían encontrándose en una mejor posición  que los trabajadores informales ante la posibilidad de ir ajustando sus ingresos más en línea con la inflación.

Además, producto de la sequía y de un precio de la carne vacuna que podría comenzar a revertir su rezago en los primeros meses del año que viene, los riesgos para los hogares de menores ingresos sobre un aumento de los alimentos por encima del promedio siguen latentes.

Si bien esta tendencia podría verse morigerada parcialmente por la puesta en marcha del programa “Precios Justos”-con mayor incidencia en el consumo masivo, y especialmente en alimentos procesados-, esperamos que se mantengan las demandas sociales por ingresos que el mercado laboral no llega a solventar y que persista el efecto “trabajador adicional” frente a una inflación que continuará en registros elevados.

Las conclusiones son de la consultora Ecolatina que describe que, si bien en todos los deciles existió una pérdida real del poder adquisitivo, la dinámica no fue homogénea. Hasta septiembre, la caída real de los ingresos laborales rondó 1% en la mitad más rica de la población, pero fue de 3% en promedio en la mitad más vulnerable. Estas diferencias se agudizan al comparar los extremos entre los más pobres dentro de los pobres y los más ricos dentro de los ricos.

La marcada diferencia entre la evolución de los ingresos laborales puede explicarse porque la estructura del empleo varía notablemente por decil: los sectores de ingresos más altos, protegidos en mayor medida por las paritarias (en tanto cuentan con más empleos formales), están en ventaja respecto a aquellos que dependen del trabajo informal y el cuentapropismo -9 de cada 10 empleos para el 10% de menores ingresos tienen lugar bajo estas modalidades- potenciando el efecto redistributivo regresivo del proceso inflacionario actual.

La aceleración inflacionaria de comienzos de año fue seguida rápidamente por las paritarias -con heterogeneidad a su interior- que, dada la estructura del empleo mencionada, terminó favoreciendo en mayor medida a los sectores más pudientes. El costo fue alimentar uno de los mecanismos de propagación de la inflación más relevante, sosteniendo elevada la inercia del proceso y colaborando a erosionar las condiciones de aquellos que están fuera de la formalidad.

En el mismo periodo, los precios de los alimentos subieron por encima del nivel general. Entre enero y septiembre, el rubro de alimentos y bebidas trepó 69,5%, superando por en 3,4 p.p. al promedio (66,1%). Esta dinámica tuvo su correlato asimismo en el valor de las canastas básicas, que en idéntico lapso crecieron 72% (CBA) y 68% (CBT).

Esta evolución se vio reflejada -levemente- en la distribución de la inflación por decil de ingreso: mientras que en el 10% más rico de la población el avance de los precios promedió el 65,8%, en el 10% más pobre fue 1,6 puntos mayor (67,4%).

En síntesis, los sectores de menores ingresos estuvieron relativamente más golpeados producto de la dinámica que adoptó la aceleración de precios, y también fueron los que peor performance tuvieron respecto a la evolución de sus salarios.

Sin embargo, el ingreso total real por hogar creció en los deciles más bajos en el primer semestre, tendencia que Ecolatina estima que se mantiene fundamentalmente por dos factores: la evolución de los ingresos no laborales y el efecto “trabajador adicional”.

Lo primero es que, ante la marcada aceleración inflacionaria, se implementaron diversos estímulos por parte del Gobierno. Teniendo en cuenta que los ingresos no laborales tienen una mayor relevancia en los ingresos de los sectores de menores recursos (30% del total en estos hogares), estas medidas buscaron paliar el efecto del mayor deterioro del salario de los deciles más bajos.

El “trabajador adicional” apunta a que, en contextos en los que el salario pierde poder adquisitivo, más miembros del hogar que antes no estaban en el mercado laboral se vuelcan a la búsqueda para suplir el deterioro de los ingresos. En consecuencia, los ingresos totales por hogar tienden a aumentar.