La integración o el apocalipsis

Además de entretenernos con la comidilla del divorcio entre el príncipe Carlos y Lady Di, la quinta temporada de la serie “The Crown”, estrenada en Netflix, se sumerge en la problemática del cambio de época, tan propia de esos años noventa en que transcurren los diez episodios.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

La perspectiva del inicio de un nuevo milenio puso a los años noventa en el papel de bisagra, que facilitaría o impediría que se abriera la puerta a ese futuro que tan profusamente había sido imaginado por la mente de los artistas, y que en ese momento se presentaba como inminente. Más allá de los espasmos sociales que se habían producido en la década del sesenta y que alteraron de una vez y para siempre la escala de valores predominante en la sociedad, fue el final del siglo veinte el que precipitó una catarata de innovaciones que casi no iba a dejar nada en pie.

El avance de la telefonía celular y el desarrollo masivo de internet, permitían avistar el advenimiento de una era en que las comunicaciones se harían cada vez más fluidas y el acceso a la información se multiplicaría hasta ponerse al alcance de quienes hasta ese momento no tenían conocimiento de ella. Y si bien muy pocos en ese entonces podían siquiera imaginar hasta dónde iban a llegar las cosas, estaba claro que los soportes digitales y el universo virtual iban a terminar acaparando la circulación de contenidos y también, por qué no, de muchas mercancías.

Frente a esa perspectiva a la vez fascinante y peligrosa, se levantaban voces que promovían una aceptación de las novedades sin ningún tipo de condicionamientos, bajo la simple razón de que oponerse a ese devenir equivalía a perder el tren de la historia. Otros, por el contrario, se aferraban a las antiguas instituciones como resguardo de supuestas cuestiones esenciales a las que jaqueaba una renovación tan radical como la que se estaba produciendo. En el escenario cultural, la defensa de lo analógico, de las publicaciones en papel y del cine proyectado en salas se tornó una causa que congregaba a legiones de entusiastas.

El panorama se parecía bastante al descripto por Umberto Eco, cuando advirtió casi 60 años atrás, en su libro “Apocalípticos e integrados”, sobre las consecuencias que estaban acarreando los medios masivos de comunicación. Tres décadas después, las argumentaciones opuestas se repetían, esta vez para auspiciar o denostar la incorporación de elementos que, bajo la excusa de facilitarle la vida a la gente, sacudían la existencia cotidiana de millones de personas. Desde este presente que atravesamos, podemos asegurar sin dudarlo que nada volvió a ser lo que era una vez que se traspuso esa frontera entre aquel mundo y el actual.

Además de entretenernos con la comidilla de la separación entre el príncipe Carlos y Lady Di, la quinta temporada de la serie “The Crown”, estrenada en Netflix en noviembre, está atravesada por esta problemática tan propia de ese periodo finisecular en el que transcurren los diez episodios. Un heredero del trono cuya ansiedad no lo deja esperar a que sea su turno para implementar esas actualizaciones que él pregona para la institución monárquica, y una soberana que se niega a aceptar que debe modernizarse, porque justamente considera que entre sus deberes está el de ser una especie de reserva moral de la nación.

Cada uno posee, además, razones íntimas para sostener su posicionamiento. Carlos necesita que le concedan el permiso para divorciarse de Diana y para legitimar su vínculo con Camilla Parker Bowles, algo que requiere de una puesta al día de las normativas de la Casa Real. E Isabel II es consciente de que mientras más ceda ante los aires renovadores, menor será la cuota de poder que conserve. Una puja de intereses que “The Crown” circunscribe a la realeza británica, pero que bien puede hacerse extensiva a otros ámbitos más prosaicos en aquella misma época.