El humor político es la forma más elevada de análisis político

En tiempos tan aciagos, reírse de los políticos es un acto necesario para mantener la cordura y evitar sucumbir a la desesperanza que transmiten los analistas más solemnes.

Por Javier Boher
@cacoboher

No es normal la cantidad de política que consumimos los argentinos. Estamos todo el tiempo viendo que pasó, qué dicen, qué hacen o qué se rumorea sobre los políticos. Nos acordamos de acuerdos o alianzas prehistóricas, candidaturas fallidas e incluso parejas.

Sin embargo, eso no es necesariamente bueno, pese a que cabría suponer que un pueblo tan pendiente de los pormenores de la política le anda contando las costillas a su clase dirigente. Es que, como decía el General Perón, somos un pueblo muy politizado, pero con poca cultura política.

La mayoría de la gente no entiende las diferencias entre los tres poderes o los tres niveles de gobierno. No sabe la diferencia entre senadores, diputados o legisladores. Es más, casi nadie puede decir más de seis nombres de diputados de los nueve que tenemos. Si leyó esa oración sin reparar en que en realidad tenemos 18, probablemente su situación es peor de lo que imagina.

Tal vez es por eso que es difícil ser analista político. La gente cree que sabe, pero la realidad los desmiente. Viven con pasión, lo que los hace inmunes a las lecturas un poco más desapasionadas u objetivas (que igualmente siempre tienen un sesgo inevitable).

Con lo que pasa algo parecido es con el humor. Se puede saber una gran cantidad de chistes, pero eso solo no alcanza para que una persona pueda hacer reír a otra. Se pueden hacer chistes más elaborados o más procaces, pero eso solo no nos va a sacar una carcajada. Les Luthiers o Jorge Corona (por mencionar dos casos en las antípodas) pueden hacer reír por algo que va más allá del guión, que es lo más difícil: saben a quién y cómo le hablan, manejando los tiempos.

En la conjunción de esas dos actividades difíciles está el humor político, tal vez la forma más compleja de análisis político y de humor. ¿Cómo se hace reír a alguien que no comulga con las mismas ideas que se traslucen en el chiste?¿Cómo se consigue que la broma impacte como la posibilidad de autocrítica en lugar de sentirse como una ofensa o un ataque?.

Los fanáticos no saben reírse, salvo del humor que se asemeja más a un patoteo a un ser débil que a la chicana al poderoso, pese a que siempre la segunda es la única que propicia el cambio social y desalienta la tiranía conservadora de la mayoría.

De chico recuerdo que en la televisión y en las radios había humor político. La revista Humor, Canal K (a mis seis años me llamaban la atención los títeres), Tato Bores, Peor es Nada. Así fui aprendiendo que la política es una parte más en la vida.

Recuerdo cuando hace varios años, en una entrevista, el Flaco Pailos dijo que se había hecho difícil hacer humor político. La gente se enojaba si se criticaba a los políticos. Tal vez por eso trato de reírme y de hacer reír, porque no hay que dejar lugar a la solemnidad en cosas tan importantes.

Ariel Tarico es un imitador que está en un canal de noticias de cable y que es, hoy por hoy, el mejor de todos. Él decidió comunicar lo que hace nuestra clase dirigente a través de la risa, tal vez la forma más elevada que puede adquirir el análisis político.

Durante muchos años casi no hubo humoristas que se arriesguen con la política. La mayoría pierde la gracia porque no sabe leer el pulso de la gente, sino que defiende consignas. El humorista político es un ser cínico, pero en su sentido filosófico: irreverente, desfachatado, dispuesto a cuestionar lo dado y a reírse de lo serio.

Tal vez por eso es tan difícil.