Músicas y guitarreras de América del Sur

Al revisar viejos documentos en busca de información sobre las guitarreras criollas cordobesas de la colonia y el período criollo, no es difícil hallar escenas musicales de otras provincias y también en países vecinos. Era amplia la tradición de las prácticas musicales femeninas.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

“Zamacueca”, Ilustración del libro “Sud-Amerique, séjours et voyages”, 1879

Las prácticas y costumbres musicales de las mujeres coloniales y criollas, y de las damas y señoritas de las clases dominantes, tenían caracteres diferentes. Las jóvenes citadinas por lo general estudiaban la guitarra con maestros, lo mismo que el piano. La guitarrera rural, por su parte, rasgaba en uno o dos tonos el instrumento para acompañar el baile y el canto. También son previsiblemente diversos los repertorios. Las crónicas mismas retratan de manera más vívida la musicalidad educada y popular del mil setecientos y el mil ochocientos.

Antoine Joseph Pernety (alquimista, bibliotecario, escritor y monje benedictino francés) había notado en el siglo XVIII la excelencia musical que demostraban en la guitarra y otros instrumentos las mujeres de Montevideo, y las comparó con las mujeres francesas de su época: “Las mujeres durante toda la mañana se sientan en bancos en sus zaguanes, los pies apoyados sobre una estera de caña cubierta por una manta tejida. Se divierten tocando la guitarra».

Pernety, además de describir juzgó también las costumbres que veía de las mujeres en sus casas: “Aunque se cubren con un velo en lugares públicos, viven dentro de casa con tanta libertad, por decir lo menos, como las mujeres hacen en Francia; reciben compañía como en Francia; y no se hacen de rogar para bailar, cantar o tocar el arpa, la guitarra o la mandolina. En este sentido son mucho más dispuestas que las francesas. Cuando no están ocupadas bailando, se sientan continuamente en los bancos ya mencionados, que a veces ubican en las puertas de las casas. A los hombres no se les permite sentarse entre ellas, a menos que sean invitados, lo que se considera un gesto de gran familiaridad.”

Al siglo siguiente, en 1812, encontramos un cuadro observado en Chile, por el viajero francés Julien Mellet. Se refiere sobre todo a la mujer chilena popular, en los festejos patrios u otras ocasiones, tocando y cantando. Por ejemplo, en el valle del Aconcagua, con una población de 5.000 habitantes dice Mellet que “Las mujeres son muy atractivas; gustan mucho de tocar la guitarra, de cantar y bailar; pero también tienen la mala costumbre de beber aguardiente y de fumar.”

Y más adelante dice, referido a Santiago, que “las mujeres son encantadoras, de muy alegre carácter. Aunque por naturaleza son hermosas, han adoptado la moda de pintarse, moda que siguen estrictamente. Cantan acompañándose muy bien con la guitarra, instrumento que hombres y mujeres tocan con bastante gusto. Son inclinadas al tocado y se visten con elegancia; son amables a pesar de la altivez que les sienta de maravilla.” Las vivencias son otras, también las clases sociales, pero no se modifica el derecho del cronista a juzgar negativamente ciertas costumbres de las mujeres con quienes se cruzaba.

Y sin salirnos de ese privilegio de reinar en su texto y juzgar a las mujeres, vamos a un par de citas de John Miers, un escocés interesado en el negocio minero, quien viajaba con su mujer, Annie, embarazada, hacia Chile en 1819. Los cuadros que aporta mencionan y juzgan la música, y no menos a quienes la rasguean o la entonan. En una parada que debieron realizar en la provincia de Buenos Aires, las mujeres criollas y campesinas le dedican su música a la pareja. El viajero anota en su cuaderno: “En la bienvenida que nos brindaron hubo mucho humor agradable, pero era necesario estar incesantemente en guardia contra sus continuos intentos de robar algo. Mostraban un gran disfrute en tocar la guitarra, acompañando sus rudas canzonetas moriscas con sus voces, entonando versos en parte improvisados. Esta es, como pude comprobar luego, una práctica común en toda la América Española, en la que el criollo toma el nombre de sus visitantes, y alguna circunstancia conectada con ellos para de algún modo entrelazarlos con sus canciones, que son expresión para el baile, para el amor y los tiernos sentimientos.”

Annie y John Miers prosiguen su viaje y luego de atravesar Córdoba y San Luis llegan a Mendoza, donde se presenta el problema de hacer arreglar una pieza del coche en que marchaban. Por ese motivo, cuenta Miers, “fui varias veces en el curso del día al herrero; mis visitas servían de poco; el sujeto no podía ser despegado de sus diversiones vespertinas, que consistían en fumar cigarros con dos mujeres de aspecto miserable, todas en cuclillas sobre el suelo desnudo de la habitación, tocando la guitarra, o acompañándose en sus canzonetas sarracenas menores, que gritan con discordancia nasal. Esto, de hecho, con los debidos intervalos de sueño, constituye el modo habitual de pasar el tiempo. Ningún incentivo posible era capaz de impulsarlo a trabajar esa noche, pero prometió realizar el trabajo antes del primer rayo del sol. Nosotros, para evitar pulgas, o peores alimañas, preferimos dormir, como de costumbre, en el coche.”

En septiembre de 1820 Peter Schmidtmayer, viajero inglés de origen suizo, banquero de profesión y filántropo según el ideario de la Ilustración, se detuvo en Santiago de Chile, en cuya plaza pública se estaba celebrando una feria por la fecha patria. Escribe Schmidtmayer: “Como en otros países, en este tipo de ocasiones, se destacaban la comida y la bebida. Los entretenimientos principales consistían en juegos en los que se apostaba una suma de dinero para ganar alguno de los artículos que había de premio. Los hombres en general rodeaban los locales donde se hacía este juego, mientras que las mujeres, sentadas a los lados en casetas construidas con ramas, escuchaban a una cantora con un arpa o una guitarra. También algunos hombres escuchaban, cerca de la entrada, o desde arriba del caballo durante horas enteras las canciones.” Destaca también Schmidtmayer “el baile y el zapateo que se realiza frente a las enramadas más grandes, donde una mujer golpea en el cuerpo del arpa bordoneando el ritmo de la melodía que se toca y se canta. En la enramada más chica, la canción se acompaña con la guitarra.”