Metal sin fronteras

Pocos días antes del partido que enfrentará hoy a Argentina y Polonia, dos grupos de aquel país que practican el rock más duro estuvieron presentándose en la ciudad de Buenos Aires, con una convocatoria inusitada de fanáticos argentinos que les reconocen su prestigio.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

La caída de la llamada Cortina de Hierro entre finales de los años ochenta y comienzos de los noventa produjo un terremoto geopolítico de cuyos reordenamientos es una rémora el conflicto que actualmente enfrenta a Rusia con Ucrania, entre otros episodios  bélicos que se han desatado en los últimos 30 años en esa región. De hecho, esos acontecimientos marcaron el epílogo de la Guerra Fría, que había sido predominante en el escenario internacional después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos y la Unión Soviética como protagonistas de un enfrentamiento que se escenificaba casi siempre en territorios de la periferia del planeta.

Entre las consecuencias de esa debacle de las repúblicas socialistas, también hubo repercusiones culturales que se hicieron sentir, como era lógico de esperar frente a un cambio tan radical en las condiciones de vida de los artistas de esos países. Hasta ese momento, sus contactos con Occidente se habían dado de manera clandestina y azarosa, en tanto que a partir de entonces el flujo de intercambios se tornó dinámico y así fue como empezaron a aflorar movimientos que habían quedado soterrados y que empezaron a darse a conocer y entraron en el circuito global.

En Polonia, por ejemplo, emergió una escena de heavy metal que canalizaba en su aspereza el sentimiento de una juventud que sentía a la vez curiosidad y temor ante el avance del capitalismo en sociedades que habían transcurrido décadas bajo una economía comunista. La banda Pior Wiwzareck , que venía desde 1983 agitando contra la corriente la bandera del death metal, alcanzó notoriedad más allá de las fronteras en los años noventa y sorprendió a los críticos, que se atrevieron a ubicarlos a la par de exponentes ingleses y estadounidenses del género. Detrás de esos pioneros, fueron muchos los intérpretes polacos que se encolumnaron.

Tan poderoso ha sido el fervor metalero registrado en Polonia, que algunos de los más grandes referentes angloparlantes decidieron rendir tributo a ese fenómeno y encabezaron en 2010 el festival Sonisphere en Varsovia, en cuyo escenario se reunieron los Big Four: Metallica, Megadeth, Slayer y Anthrax. Fue la primera vez en la historia que estas cuatro formaciones compartieron una grilla, y ocurrió en la capital de esa nación de una tradición musical frondosa, donde pasaron años sin conexión con las tendencias de moda, a raíz de la división tajante que separaba un sistema del otro.

Tanto tiempo después de aquellas críticas jornadas que alteraron el pulso de la sociedad polaca, dos grupos de ese origen que practican el rock más duro estuvieron presentándose en la ciudad de Buenos Aires hace unos días, con una convocatoria inusitada de fanáticos que les reconocen su prestigio: Arch Enemy y Behemoth. En el espectáculo que brindaron en el Teatro Flores de la avenida Rivadavia, estrecharon su contacto con los seguidores porteños que han sabido cosechar y no tuvieron problema en agitar una camiseta de nuestra selección de fútbol, poco antes de que los seleccionados de Argentina y Polonia se enfrenten en una instancia crucial del Mundial de Qatar.

Así como en su momento la música pudo unir dos universos que aparentaban estar en las antípodas y que sometían a la humanidad a la amenaza de una hecatombe nuclear, es la pasión rockera la que afianzó los lazos de dos países que quizás no tengan demasiadas similitudes, pero que al menos tienen en común, entre otras cosas, el mismo gusto por el sonido heavy. Si bien en la cancha los jugadores de cada equipo se transforman en adversarios, fuera de ese contexto existen lazos más fuertes que cualquier puja deportiva.