Un invento que no ha sido rebatido

La semana pasada, Moris cumplió 80 años y fue objeto de homenajes varios, entre los que se contaron artículos que repasaban sus hazañas y que sintetizaban una biografía rebosante de detalles curiosos, que lo destacan como uno de los pioneros del rock en idioma español.

J.C. Maraddón

Cuando los pioneros del rock nacional salieron a componer y cantar en castellano canciones de ese género que era el más escuchado por los jóvenes en el hemisferio norte, deben haber tenido la sensación de que estaban inventando algo completamente nuevo y que por eso su música no era comprensible para cualquiera. Por supuesto, tomaron la influencia de lo que venía del mercado anglosajón, pero casi sin querer lo dotaron de un toque muy particular, que llevó a que el público lo adoptara como propio una vez que se abrieron los canales de difusión necesarios para que esas voces tuvieran alcance masivo.

Con el tiempo, quedó en claro que ese repertorio inicial, cuyas ínfulas se percibían rupturistas, en realidad destilaba mucho de inspiración tanguera y folklórica, precisamente aquellos estilos contra los que el rocanrol argentino quería presentar batalla y ofrecerse como una instancia superadora. Pero era lógico que ese sustrato estuviese presente en lo que cantaban los “extraños del pelo largo”, porque era lo que habían escuchado desde su más tierna infancia en sus hogares y no había forma de que semejante bagaje no dejase su huella en los artistas que abrieron el camino del rock en español, luego tan frecuentado.

Es de suponer que quienes encararon esa tarea sólo buscaban expresar lo que sentían y que usaron el formato rockero porque era el que mejor les cabía a partir de los discos que escuchaban y de la forma en que vivían. Pero a medida que el asunto fue creciendo, tomaron conciencia de que su propuesta empezaba a tener consistencia. Ya no se trataría solo de chicas y muchachos bohemios, que en su hipismo rasgaban una guitarra para hacerse oír, sino que sus inquietudes cobraban la forma de un verdadero movimiento artístico, con similitudes al de otras regiones del planeta y también con características específicas.

Hace más de medio siglo de eso y es muy probable que desde entonces no haya habido un fenómeno musical cuyos protagonistas tuvieran la conciencia firme de que estaban engendrando algo novedoso; de que estaban sentando las bases de una manera distinta de combinar música y poesía y, por ende, avanzaban en una dirección que nadie había seguido antes. Se trata entonces de una generación venerada, por ese raro mérito que después se volvió difícil de emular, porque quienes arrancaban su carrera ya no partían de cero, sino que contaban con una tradición a la cual aferrarse.

Mauricio Birabent, al que desde mediados de los años sesenta se lo conoce como Moris, es uno de los ilustres integrantes de esa camada que dio pie al nacimiento de un género del que todavía hay intérpretes que se reclaman como sus exponentes. Por su edad, ejerció como una especie de liderazgo en eso de procrear un estilo que se apropiase de la sensibilidad rockera y la adaptase al uso nostro. Y en sus primeras canciones, es muy fácil apreciar cómo se funden la canción de protesta con la emoción tanguera, sin que esta insólita mixtura sea forzada.

La semana pasada, Moris cumplió 80 años y fue objeto de homenajes varios, entre los que se contaron artículos que repasaban sus hazañas y que sintetizaban una biografía rebosante de detalles curiosos. Pero quizás, más allá de sus evidentes aportes a la cultura argentina, lo que transforma a este cantautor en una referencia por demás valiosa es haber contribuido a cimentar un cambio de rumbo musical de una envergadura como no ha vuelto a ver desde entonces en la Argentina. Debe ser muy fuerte para él saber que eso que inventaron a mediados del siglo pasado, aún no ha sido del todo rebatido.