Juicios que quebraron el silencio

Fragmentos de discursos indígenas criticando aspectos repudiables de la conquista y afirmando la propia identidad de los vencidos, se filtraron como un soplo de verdad en textos que referían la épica del invasor, o la piedad de los misioneros.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Enfrentamiento contra los españoles, del libro de Guaman Poma de Ayala, 1615.

Las diversas etnias asentadas en los territorios conquistados tuvieron inmediata claridad acerca de lo que representaban los invasores españoles. Durante el siglo XVI, quienes parecían ir de paso pronto levantaron fuertes para asentarse en una tierra y disputársela a los nativos. Durante el siglo XVII las ciudades más nuevas cumplían ya su primer siglo de fundadas. El derrotero de los invasores siempre encontró resistencias en los pueblos hostiles, con quienes los propios españoles no ahorraron crueldades. Muchos originarios poseían un discurso claro para manifestarse a respecto, cuando el idioma se los permitía.
Pero lo dicho con la boca debía saltar de allí al recuerdo y del recuerdo al papel, para adquirir alguna cualidad histórica. Ese traslado de lo dicho a lo escrito es un espacio donde aparece lo literario en su labor histórica, y eso es todo con lo que contamos. Relatos legados por nativos, por cronistas, por historiadores. Su grado de verdad o de realidad es algo que los lectores y las lectoras deben juzgar. En los casos siguientes, tal vez no sea difícil sentirse tocado por el discurso resistente, dicho con la frente alta, criticando aspectos repudiables de la conquista, afirmando la propia identidad étnica, como un soplo de verdad filtrado en textos que cuentan la épica del invasor desde su misma orilla, rebajando siempre al pueblo doblegado, maltratado, esclavizado, salvo honrosas excepciones.
Se lee en la Historia real y fantástica del Nuevo Mundo, de Horacio J. Becco, la siguiente cita referida a 1541, de tres autores que a su vez la tomaron cada uno sucesivamente del anterior, igual que lo hacemos nosotros:
“Ricardo Herren, quien a su vez cita a Charles Hudson, dice que cuando Hernando de Soto y los restos de su expedición andaban por el territorio del Mississippi, un guerrero les gritó desde su canoa algo que uno de los nativos esclavos tradujo: «Si nosotros tuviésemos canoas tan grandes como las vuestras, os seguiríamos hasta vuestras tierras y las conquistaríamos, para demostraros que somos tan hombres como vosotros».
Siguiendo esa idea y ese ejemplo, se pueden sumar dos citas dignas de figurar por su misma intensidad entre las alocuciones airadas dirigidas por indígenas a algunos conquistadores, o a misioneros. Como en el caso anterior, estas confirman -y sin duda deben existir muchas otras- unos chispazos del discurso de los vencidos que se filtró pese al dispositivo negador.
Esto se hace evidente en las palabras de unos nativos con que se habían encontrado Francisco de Mendoza y los suyos en su incursión hacia el Plata. Así lo relata la crónica de Diego Fernández del año 1546:
“Vieron por el río muchos indios en canoas, y algunas de ellas se llegaron a la orilla, saludaron a los Cristianos y preguntaron por el capitán, en lengua española. Francisco de Mendoza se puso luego a la lengua del agua y, al verlo, dijo un Cacique ladino: «Muy mozo eres para capitán», y volviendo el rostro a los demás Cristianos, les dijo: «Dónde vais ladrones desuella-caras, malos Cristianos, robando todo el mundo; los otros Cristianos, buenos son. Vosotros sois bellacos; los otros decir a nosotros daca pescado, toma tijeras, daca maíz, toma bonete, toma chaquira; y vosotros, daca comida, daca indios, daca todo y toma lanzada; anda, anda para bellacos.» Y con estas palabras y otras tales, los indios les daban la baya, saludándolos de esta suerte. Los conquistadores con buenas palabras los persuadían a que saltasen en tierra, haciéndoles grandes salvas y promesas: pero jamás lo quisieron hacer, ni darles indio para guía, ni otra cosa alguna.”
En ese episodio queda en claro que los originarios habían aprendido temprano el carácter violento y el ansia de sometimiento que traían los españoles. Conociendo sus mentiras, no estaban dispuestos a dejarse engañar tan fácilmente, ni a recibir “piedritas de colores” ni, mucho menos, lanzazos, explotación, el exterminio.
Hacia fines del siglo siguiente y vinculada con la tarea evangelizadora que se desplegó activamente en toda América, hallamos otra cita que completa esta antología brevísima. La relación del padre Lucas Cavallero refiere su historia y la de otros misioneros jesuitas que fundaron la primera misión de indios pampas en 1691, en el sur de Córdoba, sobre la orilla sur del río Cuarto. Uno de ellos, Cavallero, en su manuscrito espléndido, dejó su recuento de esa experiencia que tuvo sombras trágicas.
El padre Cavallero había ido a la ciudad de Córdoba junto a cuatro caciques indígenas de los pueblos generalizadamente llamados “pampas”, para lograr acercamientos más sólidos. Pero la visita resultó un fracaso. Al volver al campamento, allí habían ocurrido hechos trágicos. Un poderoso hechicero habría causado numerosos males y había sido torturado y degollado por los indios. Dado el mal clima que reinaba, el padre Lucas, en un intento por convencerlos, les habló y dio pie a una respuesta antológica, poco común en una literatura que ignoró por tantos siglos “el alma” de los indios:
“…Predicándoles que sino guardasen la Ley de Dios no se salvarían, decían: «¿Qué dice esta Ley?» Y como les dijese que vivir de suerte que tuviesen uso de los sacramentos, para lo cual era necesario vivir en pueblo y lugar determinado, no fornicar, no hurtar, etc.… respondían: «¿Qué sacerdotes tienen esos españoles que por esos ríos que ni tienen iglesia, ni oyen misa? … ¿No fornicar? Los mismos españoles nos vienen a comprar las chinas de mejor cara por un raso. ¿No hurtar? También nos suelen hurtar los españoles nuestros caballos, como nosotros los suyos.»
Tras esto, tuvo lugar el declive de lo hasta allí conseguido por los misioneros. Los caciques y sus pueblos abandonaron la reducción, lo que el padre Cavallero adjudicó a demonios que, según le contaron algunos nativos, les causaban muchos males, hacían incendios, levantaban torbellinos, “entraban en una india a la cual hacían hablar varias lenguas y cosas muy dignas de tales huéspedes”.