Memoria económica

El gobierno está atrapado en su fracaso, pero también en su incapacidad de pensar soluciones reales y probadas a los problemas actuales. La fantasía es mala consejera.

Por Javier Boher
@cacoboher

Ayer me crucé un twit de alguien que decía algo así como que ver a Cavallo le traía a la memoria que el ex ministro le había robado los ahorros. Es curiosa la forma en la que recordamos, porque eso no es cierto. Sin embargo, está guardado en la memoria.

Nuestros recuerdos pueden parecernos muy vivos, pero siempre entran en algún tipo de nebulosa que los va volviendo difusos, donde las pequeñas variaciones que les vamos agregando (con o sin intención) paulatinamente se van incorporando al recuerdo.

Cavallo fue el autor del corralito, aquella medida que impedía retirar del banco más de 250 dólares semanales. Es increíble que hoy el salario mínimo es alrededor del 80% de esa suma y que el salario promedio anda más o menos por ahí. La gente no podía hacerse de los dólares físicos, pero podía usarlos para operaciones que no implicaran el uso de billetes.

Ciertamente había temor por los ahorros, de los que no se podía disponer libremente en su forma física. Algunos, comprometidos con la idea de que la economía se arreglaba saliendo de la convertibilidad (el mismo Cavallo había deslizado que había que buscar otro modelo más flexible, pero la política estaba enamorada de lo que ganaba elecciones) presionaron con la idea de que el Estado se iba a quedar con todos los ahorros de una vida.

Crisis de 2001 mediante, con sus intrigas palaciegas y presidentes entrados por una ventana, Eduardo Duhalde le tiró una changa fuerte a Jorge Remes Lenicov y llegó la pesificación asimétrica. Ahora sí el gobierno se hacía de los dólares de los ciudadanos para pagar la fiesta de lo políticos, lo mismo que se repite sistemáticamente desde que empezaron a manejar la economía como si fuese un negocio de barrio, con una caja chica para pagar el delivery porque no tienen ganas de cocinar y ahorrarse unos mangos.

Los medios hicieron lo suyo, ayudando a la runfla de confiscadores a cargar el peso de la crisis sobre los que se había ido echados, que bastante mérito habían hecho para ellos. Sin embargo, la vara no fue la misma y esa carta blanca los habilitó a las tropelías posteriores.

Ahora, 20 años después de aquellos eventos, la situación sigue casi como entonces. El tipo de cambio está atrasado y favorece la sangría de dólares, la deuda sigue creciendo porque la política se resiste a ajustarse y los medios eligen mirar el mundial y pensar en las banderitas en lugar de poner el foco en lo importante.

Ciertamente la gente está cansada de las pálidas, pero no por eso hay que evitar lo que duele. No se trata de mortificarse, sino de mortificar a los responsables de la situación socioeconómica actual para que empiecen a tomar otros rumbos.

Ayer el dólar blue volvió a tocar un valor simbólico, el de los $320, que era el valor que tenía cuando llegó Massa a ungirse en superhéroe. El ministro salvador no pudo ni salvarle la changa al hijo, y sus alquimias monetarias no pueden evitar lo que se empieza a ver: los mercados saben que la situación es insostenible y prefieren resguardarse frente a lo que viene.

La deuda en pesos es cada vez mayor, pero los canjes ya no funcionan. Los dólares especiales son un incentivo para que los productores vendan, pero eso genera más presión sobre el tipo de cambio. Las empresas extranjeras se siguen yendo y la actividad económica global se sigue resintiendo (con China imponiendo su Estado policial con la excusa del Covid y enfriando la actividad en otros países).

En ese contexto, ni en el equipo de Massa se cuidan con las formas. Gabriel Rubinstein, el viceministro de economía, dijo la semana pasada dos de esas cosas que hay que evitar: devaluación y rodrigazo. Ayer Massa hizo lo propio, al hablar de la devaluación, que no es parte del escenario que ellos esperan y demás. Pero ya no se puede esquivar el bulto.

Emmanuel Álvarez Agis, uno de los kirchneristas “racionales” que levantan los medios a cada rato -por algún motivo inexplicable dentro de los marcos de la honestidad, por una falta de mérito absoluta como para desempeñar ese rol de oráculo económico- enunció el que para él sería un buen plan económico para salir de esta situación. Es increíble que siquiera se anime a decir eso públicamente.

En primer lugar, devaluaría la moneda. Eso es algo que muchos creen que solucionaría el problema, pero la realidad de 15 años viviendo con inflación dice que todo está indexado, no como a la salida de la convertibilidad. Así, nada se licuaría tanto como cree, solamente los salarios.

Para eso, obviamente, plantea subir los salarios por encima de la devaluación. Para qué devaluamos, entonces?¿para licuar las deudas de los que jugaron a la timba y a la imprevisión? Como siempre, digamos. La otra medida es subir las tarifas por encima de lo que se suben los salarios, que se complementaría con subir las retenciones.

Nada de esto funcionaría sin un buen congelamiento de precios, uno de esos que el gobierno no viene intentando desde hace años. Hasta le podría poner “precios justos”, que no se le ha ocurrido a nadie una jugada tan innovadora y arriesgada.

Probablemente en la universidad hagan cursos de género, igualdad, macramé y sahumerios en lugar de estudiar historia económica argentina, porque eso es el ABC del Rodrigazo, que terminó con una inflación galopante que no se cortó durante más de una década, pasando por peronistas, miliares y radicales.

La memoria es selectiva, difusa, poco fiable. Eso sí, algunas experiencias traumáticas quedan registradas a fuego. Si los militares no volvieron más tras su gobierno de sangre y violencia y los radicales no pueden ganar una presidencial después de la hiper y el 2001, que se preparen los compañeros que creen que con un plan como ese van a conseguir otra cosa que desesperación, miseria y bronca.