La mancha que sigue salpicando

La serie documental “Los hombres que vendieron la Copa del Mundo”, de HBO Max, despliega los entretelones de la designación de Qatar como sede del certamen que se desarrolla en estos días y que sirve para maquillar un régimen sobre el que pesan denuncias por violaciones de los derechos humanos.

J.C. Maraddón

Desde el domingo pasado, está en marcha una nueva edición de la Copa del Mundo, el espectáculo que cada cuatro años magnetiza a la afición global, en una apuesta que va muchísimo más allá de lo deportivo y que moviliza millones en inversión, pero mucho más reporta en ganancias. En la segunda mitad del siglo pasado, cuando el balompié se incorporó al negocio del entretenimiento, este tipo de certámenes empezó a crecer en infraestructura, hasta transformarse en una vidriera universal. La televisión, que entonces era la gran novedad, obró el milagro de que los partidos llegasen a todos los hogares del planeta.

Fue en esa evolución que se instauraron las mascotas, los show musicales de apertura y la participación de sponsors que, al asentar sus publicidades al costado del campo de juego, eran vistos por los incontables espectadores que seguían el certamen por la pantalla de su televisor. La aparición de figuras extraordinarias como Pelé y Diego Maradona, condimentaron ese caldo con sus gambetas y aportaron la cuota de heroicidad necesaria para motivar a los consumidores, justamente lo que hacía falta para completar el círculo virtuoso de una convocatoria infalible.

Si desde un principio los mundiales fueron utilizados como muestrario de las virtudes de determinados países o sistemas políticos, la entronización de estos eventos como la gran cita del deporte acentuó las ambiciones de algunos líderes estatales, que se disputaban la organización de la Copa con una ferocidad desvergonzada. La geopolítica se erigió en un factor de importancia superlativa en la elección de las sedes, junto a los intereses económicos que ya tenían dimensiones monstruosas. Lejos habían quedado los tiempos en que lo esencial era lo que sucedía en la cancha tras la pitada inicial.

Mucho tuvo que ver la FIFA en esta reconversión del fútbol, como organismo rector de la práctica a nivel internacional y, por ende, como entidad responsable de las decisiones vinculadas a las sucesivas copas del mundo. La prolongada estadía en el poder de algunos de sus presidentes, como el inglés Stanley Rous, el brasileño Joao Havelange y el suizo Joseph Blatter, hizo que estos dirigentes establecieran su propio sistema de premios y castigos, y se sintieran poco menos que dueños de la actividad futbolística, como si cualquier cosa que allí ocurriese fuera un coto personal sobre el que no podía haber cuestionamientos.

Más allá de que esas manipulaciones arbitrarias venían de años atrás, el anuncio en 2010 de que Rusia recibiría el campeonato ecuménico en 2018 y de que Qatar lo haría en 2022, desató una polémica que llegó a los estrados judiciales, por la sospecha fundada de que había existido el pago de sobornos. En las acusaciones no se aportaron pruebas contra Blatter, quien fue reelecto en su cargo en 2015, pero debió renunciar poco después debido a que de las investigaciones surgía que al menos había sido complaciente con los miembros de la FIFA que aceptaban pagos espurios para torcer su voto.

La miniserie documental “Los hombres que vendieron la Copa del Mundo”, disponible en HBO Max, despliega en apenas dos episodios los entretelones de la designación de Qatar como sede del certamen que se está desarrollando por estos días y que sirve, entre otras cosas, para maquillar un régimen sobre el que pesan denuncias por violaciones de los derechos humanos. No sólo es oportuno ver esta producción para conocer por qué Qatar fue beneficiado, sino también para entender cuánto tuvo que ver en el desmantelamiento de la red de coimas Estados Unidos, no tan casualmente un país que también aspiraba a albergar este mundial… y que será, en parte, la sede del próximo.