Anulo mufa

La idea según la cual tal o cual persona puede ser la responsable de la mala suerte de un colectivo mayor es increíblemente estúpida.

Por Javier Boher
@cacoboher

El argentino es un pueblo extraño. A lo largo del siglo XX se pudo ver a sí mismo como un pueblo más culto que sus vecinos, no solo en lo que hace a los contenidos, sino en lo que hace a la racionalidad frente a la tradición (para usar la dicotomía weberiana en pleno). El argentino era un pueblo que abrazaba las innovaciones, el progreso y la idea de futuro.

Ciertamente eso no era algo extendido en todo el territorio, en el que quedaba una periferia en la que persistían las tradiciones más alejadas del iluminismo. En esos lugares de la Argentina profunda se fue incubando lo que hoy parece estar progresivamente imponiéndose como modo de vida: la creencia y sostenimiento de ideas irracionales como si fuesen verdades probadas, usándolas como fundamento de la acción política o las políticas públicas.

No podemos saber muy bien de dónde viene esto ni cuáles son sus fundamentos, pero es algo que cada vez adquiere más protagonismo. Quizás la provincialización de la educación permitió que las realidades de esas comunidades marginales se convirtieran en el eje de la educación en cada distrito, pero es imposible saberlo. Poco a poco el misticismo se fue apoderando del discurso público, a contramano de lo que cabría esperar.

El deporte en general, y el mundial de fútbol en particular, sacan los peores rasgos en las personas, que necesitan creer en algo más poderoso que la preparación o la suerte. Como buen correlato del movimiento antimeritocracia, la idea de que no se puede hacer nada que contravenga lo que deciden las fuerzas del universo es una postura que ha calado cada vez con más fuerza.

En muchos casos eso es apenas una combinación de envidia -por los que pudieron ir-, resentimiento -por algún privilegio que facilitó que alguien llegue sin mayor esfuerzo- y mediocridad -porque no tienen ningún rasgo que los hubiese podido hacer estar ahí- que empujan a algunos a catalogar a otras personas como si fuesen yeta, mufa, mala suerte.

Algunos de los apuntados cargan con el mote desde hace años, por mérito propio y por prejuicios antiquísimos, tal el caso de Martín Liberman, que combinó malos pronósticos con una cabellera colorada. En otros casos la etiqueta les llega por no pertenecer al estereotipo del futbolero, como pueden ser los influencers que están en Qatar, mujeres y hombres que han pateado menos pelotas de fútbol que el medio-humano que pusieron en la ceremonia de apertura.

Ninguno de ellos merece ser catalogado de mufa, porque es francamente imposible que la presencia de tal o cual argentino genere un evento cósmico tan grande como para afectar las posibilidades de triunfo de la selección. Si tal cosa fuese cierta, definitivamente estaríamos en presencia de alguna clase de divinidad.

Lo que se puso en marcha anteayer con el ex presidente Macri fue hasta dónde puede llegar el uso político de ese primitivismo ritual. Todos nos hemos reído y hemos compartido memes sobre su presencia en la cancha y su papel en la derrota de la selección, pero sin comprar todo el paquete.

Sin embargo, algunos realmente consideran mufa al hoy dirigente de la Fundación FIFA, lo que sirvió, en estos dos días, para ver cómo se construye el odio irracional hacia alguien (que también existe hacia la vicepresidenta, pero por otros medios y con otros contenidos).

La estrategia de deshumanización es una de las más antiguas en el lenguaje de la comunicación política. Se trata de despojar al antagonista de todo rasgo de humanidad, con el fin de evitar la posibilidad de reconocer en él algo de lo que podemos tener nosotros. Así es más fácil odiar, porque no se desprecia a un igual, sino a un ser inferior.

En el caso de Macri, poner las culpas de un fracaso que aún no se ha concretado (algún fanático de las estadísticas descubrió que la última vez que una selección argentina de fútbol de cualquier nivel arrancó perdiendo en un mundial fue en Países Bajos 2005, con Messi de capitán, que terminó con el título de aquella selección sub 20) en el máximo responsable político del gobierno anterior es una forma de tratar de hacerlo cargo de todos los males presentes.

¿Cómo no va a estar mal el país si la gobernó este tipo yeta durante cuatro años? Para el amante del oscurantismo nada tiene que ver la pésima gestión económica, la indecisión política o los privilegios de los que llevan casi tres años gobernando contradiciendo todas las máximas que pretenden imponer al común de los mortales.

Esa idea es defendida con fervor por los que necesitan aferrarse a la fe en un proceso político que racionalmente sabemos que está agotado. Es un último intento desesperado de desacreditar a un político y, por transferencia, a todos los que lo siguen. Vuelvo sobre aquello de que también se hace -por otros medios- con la vicepresidenta y sus seguidores.

No existen las personas que lleven con ellas la mala suerte a todos lados, porque el deporte es mucho de entrenamiento y también un poco de suerte, aunque, como dijo De Vicenzo, “cuanto más me entreno, más suerte tengo”.

Pese a ello, elegimos creer que ciertos ritos, ciertas personas, ciertos lugares, tienen un poder especial. Lo que nos dan -todas ellas- es seguridad o temor en nosotros y en nuestras capacidades, pero nada más. Porque, a fin de cuentas, en la cancha se ven los pingos.

Igual, por las dudas, anulo mufa.