Gestión imposible

Los cruces entre Guzmán, Massa y el resto del Frente de Todos dejan en evidencia el caos administrativo que tiene un gobierno de una coalición mal pensada.

Por Javier Boher

El momento de Argentina es muy complicado, y no precisamente por el resultado del debut en la Copa del Mundo. La política viene hace rato dando la nota por no estar a la altura de las exigencias, aunque -en rigor de verdad- viene haciendo el papel que más o menos todos esperábamos cuando ganaron las elecciones en 2019.

Hasta ahora el manejo económico del equipo de Massa es una combinación de pragmatismo y suerte, por el deseo de todos de que el país no colapse definitivamente. Los intentos por contener la inflación llegan de la mano de enfriar la economía cerrando importaciones y extremando los cepos a todo lo que pueda ser regulado, así como también confiando en que regular lo que no se puede va a tener resultados positivos.

Ese caos de políticas públicas (con tres ministros de economía en el año, cuatro secretarios de Comercio Interior y enroques varios en todas las carteras) no es inocuo. Cada cambio sobre la marcha es un retroceso para la previsibilidad, lo que dificulta aún más la salida del aprieto en el que se encuentran el gobierno y la sociedad en su conjunto.

El viernes volvió a hablar Martín Guzmán. Lo hizo en tono de despecho, dolido por el trato que había recibido por parte del gobierno que integró hasta julio y por el que apostó buena parte de su carrera (aunque es sabido que los economistas que pasan por el ministerio luego vuelven a las cátedras y ganan mucho más dinero a partir de ese puntito en su currículum).

En diálogo con Alejandro Fantino dijo que Cristina Kirchner fue de gran ayuda en la negociación con los acreedores privados, pero que se corrió para el acuerdo con el FMI. Negó haber ocultado información sobre el acuerdo al resto del gobierno y cargó contra Máximo Kirchner: “Actuó como un chico caprichoso y eso a la Argentina le generó un costo importante”.

Después agregó que “la vicepresidenta de la nación, que es su madre, le otorgó un poder a alguien que no está suficientemente capacitado para ejercerlo de forma responsable. Esa fue la dinámica de ese momento”. Básicamente dijo lo que todos saben, pero eligen callar: manejan el país como si fuese un bien patrimonial, no un Estado con ciudadanos. No saben y no pueden; no quieren hacerse cargo de eso.

Fue tal el enojo con Guzmán que todos salieron a contestar, pero hubo algo particularmente llamativo en la intervención del domingo, en una entrevista para la emisora Futurock, del actual ministro de economía, Sergio Massa. Allí, casi tan lengua floja como el hijo que se tuvo que volver de Qatar, el hombre fuerte del gobierno desnudó la imposibilidad absoluta de que ese rejunte de egos y voluntades pueda ser medianamente funcional.

“Cuando el acuerdo llegó al Congreso, Guzmán decía que, si no se aprobaba como él decía, se caía. Tuve una reunión con el equipo técnico del Fondo y les pregunté si efectivamente era así y me dijeron que no, que era mentira, que no necesitaban que el texto fuera exactamente como se había mandado al Congreso y que, en la medida que el Congreso aprobara el acuerdo, era importante para el acuerdo”, relató Massa.

Massa también se quejó de que “en ese momento (era presidente de la Cámara de Diputados) yo no tenía mayor nivel de información y no hubo un flujo de información, no hubo una explicación. No hubo un ida y vuelta, por lo menos que yo haya recibido y que permitiera analizar o colaborar en el mejor acuerdo posible para la Argentina.

Hubo un manejo con tanta discreción del ministro que generó que el ministro terminara explicando de un día para el otro como iba a ser el acuerdo”.

La sinceridad de Massa es absoluta. ¿Por qué él, presidente de la Cámara de Diputados, tendría que haber sabido de los pormenores del acuerdo que se estaba negociando con el FMI?. Claramente es uno de los socios de la coalición, acaso el que hoy tiene la mayor responsabilidad de gobierno ante la existencia de un presidente etéreo, pero eso no lo hace acreedor de algún derecho especial de negociación.

Así, reconoce haber hablado con el equipo del Fondo y creerle a ellos antes que al ministro de su gobierno que estaba llevando adelante las negociaciones para resolver una situación compleja. ¿Cómo se supone que alguien gestione correctamente algo de su área si alguien con otras responsabilidades funcionales está metiendo sus narices en lo que no le corresponde?¿cómo podemos saber que Massa no aprovechó esa influencia para limar a Guzmán o para propiciar la corrida cambiaria que solamente puede beneficiar a los amigos que viven entongados con el Estado y le financian las campañas?.

Es imposible gestionar algo cuando no se confía en las personas que se elige para ello. Nadie puede intervenir en todos los ámbito, sea por tiempo como por conocimiento. Si encima en el gobierno los que quieren controlar todo son personas poco leídas, poco viajadas, soberbias y paranoicas, las posibilidades de éxito son prácticamente nulas.

El caso Guzmán expone los límites del modelo elegido por el kirchnerismo para hacerse cargo de la cosa pública. Quizás el modelo de Juntos por el Cambio -en el que nombraban gerentes, textual, para que se hagan cargo de las cosas- no sea el ideal, pero al menos parecía haber alguna idea de administración que iba más allá de la voluntad de una familia provinciana y resentida. Acá es todo improvisación e intrigas palaciegas, un crossover entre un culebrón de la siesta y un policial de Netflix.

Queda un año largo por delante, poco más del 25% del mandato de un presidente que ya no existe, de una vicepresidenta complicada en la justicia y de un ministro que en cualquier momento puede caer por los mismos manejos que lo pusieron ahí. Hoy el gobierno sobrevive solamente porque Massa se pensó desde siempre a él mismo como red de seguridad desde que empezó a serrucharle el piso a Guzmán.

Ahora, si decide pegar el portazo… ¿hay red debajo de Massa?.