Distintas cualidades, diferentes virtudes

La muerte de Jesús Quintero actúa como un vector de nostalgia por esa época en que la entrevista era un valor en sí misma. En sus roles de “El loco de la colina” y “El perro verde”, este comunicador español se permitía dejar hablar, manejar los silencios y avanzar con lentitud.

J.C. Maraddón

Si bien no ha declinado su utilización como género periodístico, la entrevista ha ido variando en su concepción hasta convertirse muchas veces en una especie de compulsa entre dos personas que intentan demostrarse cuán inteligentes y perspicaces son el uno al otro. En vez de encuadrarse como un diálogo en el que uno pregunta y el otro responde, se establece allí una competencia de la que ambos quieren proclamarse vencedores y hacen todo lo posible por poner evidencia su superioridad, aunque tras de ese objetivo pueda suceder que uno de los dos quede en ridículo y el producto pierda seriedad.

No es sencillo determinar cuándo fue que el asunto se salió de madre, pero cabe sospechar que el proceso pudo haberse iniciado en los programas deportivos o en los de chimentos, donde ahora reinan los paneles de encendidas discusiones que sólo llevan a agresiones mutuas y amenazas de demanda judicial. De allí tal vez se desplazó hacia algunos ciclos de política, cuyos conductores realizan ingentes esfuerzos o bien para empujar a que sus circunstanciales interlocutores pisen el palito, o bien para hacerlos aparecer como brillantes talentos de la dialéctica, según la conveniencia de la línea editorial en cuestión.

En el caso de las celebridades, lo que se procura al someterlas a un cuestionario es adivinar sus intimidades y hacerlas exhibir sus sentimientos, pero no para conocer a fondo su personalidad, sino para obtener como resultado un título sensacionalista o un segmento de audio o video que posea el potencial de viralizarse de inmediato en redes. Si ese tipo de elementos no afloran, el reportaje será un fracaso porque no moverá la aguja del rating ni suscitará una aglomeración de clics al ser subido a la web, síntomas claros de que no se han alcanzado los objetivos de mínima que se exigen hoy.

Adormecidos como estamos por estos formatos que imperan en los medios, hemos empezado a olvidar que alguna vez no hubo tanto apuro para sacar a los invitados esa frase con destino de meme, ni para humillarlo en el intercambio de palabrerío, en una derrota que será consagrada como trending topic. Era un pasado en el que la dinámica no era tan frenética, por lo que había espacio para detenerse en algún tema interesante, sin que hubiese urgencia por pasar al siguiente. El fantasma del scrolleo no acechaba aún y tan sólo el zapping generaba cierto temor en los mandos jerárquicos.

Por eso la muerte de Jesús Quintero actúa como un vector de nostalgia por esa época en que la entrevista era un valor en sí misma. En sus roles de “El loco de la colina” y “El perro verde”, este comunicador español se permitía dejar hablar, manejar los silencios y avanzar con lentitud, tres deslices que en estos días no tienen cabida. Para los segundos de atención que insumen los videos de Instagram o TikTok, distenderse y pensar lo que se va a decir es una alternativa inconcebible, cuyas consecuencias deberían ser letales para la popularidad del usuario en cuestión.

Son dos momentos disímiles de la historia, en los que se valoran distintas cualidades y se consagran diferentes virtudes. En aquellos años de la movida española y de la primavera democrática argentina, el estilo de Jesús Quintero encajaba a la perfección con las intenciones de una audiencia reflexiva y paciente. En este presente sin pausas que a duras penas contiene sus ansiedades, aquellas conversaciones que embriagaron a oyentes y televidentes constituyen una pieza arqueológica que reluce por su carácter de genuina, pero que carece de una vigencia que alimente la expectativa de que recobre vigencia.