Creer o reventar

Otra vez el Suoem avisa que va a hacer de las suyas, con el mismo oscurantismo de siempre.

Por Javier Boher
@cacoboher

Si de algo se queja el cordobés promedio en la ciudad capital es de la mala atención de la municipalidad cuando empiezan los problemas sindicales. Corrijo: se quejan de cómo recrudecen los problemas de atención cuando hay malestar entre los trabajadores.

A este tema ya lo hemos abordado en otras ocasiones. Los empleados públicos de la municipalidad de Córdoba tienen ingresos que los ubican dentro del 10% más rico del país, salarios incluso superiores a carreras que requieren formación técnica sólida, sea investigación, control de calidad o dirección de obras de infraestructura que ponen en riesgo la vida de las miles de personas que las usarán.

Pese a que sus ingresos los ponen muy por encima de los $80.000 promedio que gana un operario industrial por 44 horas semanales con un descanso de 15 minutos en el medio, ellos se sienten la reencarnación de Tosco y el sindicalismo clasista y combativo de los ‘60 y ‘70. Quieren render fuego la ciudad por los derechos de los obreros, pero viviendo y poniendo el lomo como los patrones contra los que dicen pelear.

A esto lo hemos tratado tantas veces que no vale la pena volver. Por eso podemos concentrarnos en algo que ayer fue furor en las redes sociales. Leonardo Guevara, movilero de Radio Mitre, compartió un video bastante curioso antes de la movilización del SUOEM. En el mismo se veía cómo una empleada municipal hacía una cruz de sal para evitar la lluvia y conseguir que Rubén Daniele pudiera dirigirse a la multitud de rechonchos empleados adictos a los hidratos de carbono.

Creer o reventar, el gualicho funcionó. La lluvia se demoró y el histórico líder gremial pudo hacer su tradicional show de juegos de palabras y amenazas veladas al orden público. Quizás evitaron la tormenta, pero no pudieron evitar que la gente los tome aún menos en serio que hasta ahora.

Definitivamente las creencias personales son intocables y cada uno puede creer en lo que quiera, pero esto expuso con claridad el pensamiento anticientífico que impera en buena parte del plantel de empleados públicos municipales. El misticismo no puede ser parte de la administración pública; si entra solamente puede asegurar problemas.

Por supuesto que esto no es exclusivo de los empleados municipales, sino que es una muestra de la absoluta falta de mérito que orienta la toma de decisiones en el sector público y la asignación de tareas en una burocracia rentada pero poco profesional. Algunos memoriosos pueden recordar cuando la mujer de Daniel Giacomino, ejerciendo su cargo de Secretaria de Educación municipal le repartía agua bendita a las directoras de escuela y les pedía que se encomienden a dios. Nepotismo, misticismo, ritualismo y -por sobre todas las cosas- una mediocridad alarmante.

Esos parecen ser los únicos laureles necesarios para encargarse de ejecutar las órdenes que emanan del poder ejecutivo municipal, los únicos que eventualmente rinden cuentas ante los vecinos. Es increíble que teniendo una fuerza laboral tan poco ilustrada (pero fuertemente cohesionada, vale la pena aclarar) algunos crean que se puede recuperar la ciudad haciendo crecer el Estado municipal.

En el medio hay que aguantarse a una empleada municipal que hace una cruz de sal para evitar la lluvia, cosa que de funcionar revelaría el mismo accionar de siempre: “no importa que toda la provincia necesite algo, nuestros privilegios están antes que el bien común”. El misticismo al servicio de los intereses particulares.

La cruz de sal es un recordatorio de que siempre hay un dejo de oscurantismo en profesiones grises y anodinas como las vinculadas a la administración pública. No importa cuánto brillo se pongan los políticos en los dientes para que sus sonrisas comuniquen claridad: esa sombra burocrática les va a empañar todos los esfuerzos.

El misticismo gremial hace que no se puedan cuestionar los dogmas que sostienen todo un relato político que a esta altura del partido se han probado errados. Ayer un funcionario municipal, en el aire de Radio Mitre, discutía sobre qué proporción del gasto municipal debía destinarse a sueldos, como si se pudiera establecer un valor único que deba mantenerse siempre inalterado, mezclando eso con la estabilidad del empleo público consagrada en el artículo 14 bis.

Todo lo que hace a las críticas y apreciaciones sobre el funcionamiento del empleo público cae siempre en el mismo lugar: acusaciones de odio de clase y de sentimientos antiobreristas, afirmaciones sobre cuánto se necesita al Estado para asegurar el orden y sobre lo malo y desalmado que es el mercado.

No se los puede culpar por organizarse, incluso de esa manera medieval y oscurantista, porque en este país ya se sabe que el que no llora, no mama. Pero tal vez podrían tratar de evitar ensañarse con todos los que los señalan y se ríen de ello como mecanismo de defensa para lidiar con un gremio que los tiene de rehén.

Como con la cruz de sal, todo se reduce a creer o reventar.

Ya se sabe que si uno no cree en que el Suoem tiene que tener vía libre para romper todo, lo revientan por gorila.

Si uno no cree que los municipales deban traer perjuicios económicos a los comerciantes del centro que costean sus sueldos propios del decil más acomodado de la sociedad, lo revientan por apoyar las patronales.

Si uno no cree que la falta de renovación en un sindicato es una herramienta a favor de los trabajadores, lo revientan por antiobrero.

Con el Suoem siempre es creer o reventar. Hay que creer que ellos son los buenos (y tratarlos como tales) para que no revienten todo en todos lados.