La víctima perfecta

El director de origen australiano Andrew Dominik buscó el amparo de un libro publicado por Joyce Carol Oates en 2000 para elaborar el guion de “Blonde”, un (quizás demasiado) extenso largometraje biográfico sobre Marilyn Monroe que está disponible en Netflix desde hace una semana.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

La cronología ha determinado que en este 2022 coincida el estreno (con pocos meses de diferencia) de dos biopics que se pavonean de exponer las ajetreadas vidas de dos auténticos íconos del siglo veinte, sobre los que se pensaba que ya no había vuelta de tuerca posible. Tanto Elvis Presley como Marilyn Monroe marcaron a fuego la pasada centuria, y sus poses icónicas se han multiplicado a través de la fotografía y el cine, transformándolos en postales de un tiempo de grandes cambios sociales y culturales, que sobrevino a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como la potencia que resguardaba los valores de Occidente. Quizás no sea tan azarosa esta simultaneidad en el desembarco de ambas biografías fílmicas: los paradigmas construidos desde esas celebridades indómitas empiezan a ser derribados y es probable que haya una cuota de nostalgia por ellos en el ambiente, como representantes de una época que ha pasado a ser antigua. El rocanrol que procreó Presley asiste a una evidente declinación en su reinado, en tanto que el prototipo femenino de sex symbol que encarnó Monroe, se derrite al calor de un empoderamiento que reniega de bellezas hegemónicas supeditadas a la aprobación de los hombres.

En su elogiado (aunque no exento de polémicas) abordaje del mito del máximo ídolo rockero, el filme “Elvis”, el australiano Baz Luhrmann eligió el formato del musical, que es el que mejor le ha sentado en su carrera, para contar las peripecias de un artista que, precisamente, cambió de raíz el panorama de la música. Y, en un gesto audaz e insólito, ubicó como narrador al mánager Tom Parker, a quien el relato oficial siempre señaló como un personaje maldito, pero al que nadie le puede restar trascendencia en cuanto a su modo de moldear la carrera de su protegido.

A esa originalidad de Luhrman, se le puede oponer el trabajo de Andrew Dominik, también oriundo de Australia, quien buscó el amparo de un libro publicado por Joyce Carol Oates en 2000 para elaborar el guion de “Blonde”, un extenso largometraje que está disponible en Netflix desde hace una semana. Así como el texto original aplicaba elementos de ficción al repaso de los acontecimientos fundamentales en la existencia de Marilyn Monroe, Dominik plantea una perspectiva de alto impacto que pareciera adentrarnos en la mente de la estrella de Hollywood, aunque como tantos otros termina regodeándose con su cuerpo.

La destacable actuación de Ana de Armas en el rol protagónico, cuya presencia omnímoda le exige un despliegue constante, no consigue sacarnos en ese callejón en el que nos introduce el director, con su pretensión de mostrarnos cómo una bomba sexual es manipulada, violentada y atormentada por el aparato de la industria del entretenimiento y por el sistema político de esos años. En esa pintura de su personalidad, sólo aflora el anhelo por conocer a ese padre al que nunca vio, y quedan de lado todas las herramientas a las que ella apeló para torcer un destino que parecía inexorable.

SI a Baz Luhrmann muchos no le perdonaron las blasfemias de su “Elvis”, a Andrew Dominik lo han linchado por esta “Blonde” que, para colmo, se toma casi tres horas para detallar un martirologio en el que no se le reserva a Marilyn mayor mérito que el de ser la víctima perfecta. Algunos recursos cinematográficos interesantes se mezclan con descarados golpes bajos en esta película que no aporta gran cosa sobre lo ya sabido y que, pretendiendo rescatar su figura, no hace sino seguir alimentando la mitología de una diva inmortal a cuya tragedia todavía es posible encontrarle aristas de actualidad.