Tan moderno y tan antiguo

El documental de Claudio Koremblit “Gustavo Leguizamón: creando la tierra”, que se vio a través de la Televisión Pública hace algunos días, se extiende en datos biográficos pero mucho más en la trascendencia del legado de este pianista salteño que engalanó a nuestro folklore.

J.C. Maraddón

Que la palabra folklore remita a nuestra música nativa y a la vez provenga del inglés, da cuenta de la imposibilidad de definir un género musical que no esté permeado por influencias externas o que no haya sufrido constantes mutaciones desde su origen. Sin embargo, durante mucho tiempo se insistió en separar lo foráneo de lo autóctono, aunque no resultase para nada sencillo encontrar algo verdaderamente representativo de esta categoría, que más bien se fue moldeando de acuerdo a los caprichos de quienes se autoproclamaban como capacitados para emitir juicios que encapsularan en celdas estancas las producciones musicales del país.

Los que con mayor seriedad emprendieron la búsqueda de esos sonidos ancestrales, procuraron tomar muestras auténticas según el testimonio de quienes conservaron el legado y, en caso de ser necesario, interpretar esas piezas respetando al máximo la versión primigenia. Era un trabajo antropológico al que algunos artistas se dedicaron por enteros y que nos posibilitó conocer las prácticas sonoras de los pueblos originarios y los derivados que, a partir de estas, se entreveraron con el bagaje cultural de los colonizadores para dar nacimiento a estilos híbridos a los que más tarde se los pudo haber señalado como esenciales.

De esa paleta de colores se nutrieron los folkloristas que entre principios y mediados del siglo veinte construyeron un repertorio al que se le atribuían cualidades gauchas, aunque en ciertos casos estuviesen impregnados de matices andinos o incluso de aportes de la forzada inmigración africana. Aplicando arreglos sutiles que dotaban a esas canciones de una forma más acorde con el gusto urbano, se transformaron en referentes de la tradición campestre, sobre todo cuando la industrialización mudó del interior hacia las grandes ciudades a millones de personas que pensaban que desplazándose a los suburbios iban a mejorar sus condiciones de vida.

En el devenir de esos procesos, las composiciones folklóricas que servían para la danza y para la expresión de emociones profundas, se tornaron más elaboradas y evolucionaron hasta incorporar mayor instrumentación y complejizar la vocalización. En cuanto al mensaje, hubo un esmero en la utilización de recursos poéticos y, adentrada la década del sesenta, se acentuó el contenido político, que se ponía a tono con el espíritu revolucionario de la época. La temática social cobró un auge inaudito y los recitales pasaron a ser la caja de resonancia de las luchas que parecían embanderar a los sectores postergados de la sociedad.

Por esos mismos años, un abogado y profesor salteño, que se desempeñaba con apreciada ductilidad en el manejo del piano, formó una antológica dupla autoral con el poeta Manuel J. Castilla, que fue la responsable de algunas de las obras más conocidas del cancionero argentino, grabadas por las figuras mejor conceptuadas del folklore. Gustavo “Cuchi” Leguizamón, ese pianista que disfrutaba de los clásicos, del jazz y de la MPB brasileña, se propuso devolver a su esencia esos sones criollos, en una tarea descollante que lo destaca entre todos aquellos que puedan haber hecho su aporte con idéntico propósito.

El documental de Claudio Koremblit “Gustavo Leguizamón: creando la tierra”, que se vio a través de la Televisión Pública hace algunos días, se extiende en datos biográficos pero mucho más en la trascendencia de su legado, que a 105 años de su nacimiento y a 22 de su muerte crece cada vez más a medida que pasa el tiempo. En su afán de no traicionar la cuerda bailable de aquellas corrientes originales, las dotó de una sonoridad tan moderna como antigua, hasta conformar un abordaje único que ha inscripto su nombre entre los artistas fundamentales de la música nacional.