La vergüenza de los adultescentes.

El fenómeno de los adultos que no entienden el pasó del tiempo es uno de los flagelos más grande de un país empantanado.

Por Javier Boher
@cacoboher
¡Buen día, amigo lector! Otra semana más en el proceso de desmantelamiento del país y una menos para que el kirchnerismo vuelva al centro de estudiantes de sociales del que no debería haber salido. Quizás haya demasiado optimismo en esa afirmación, pero es mejor eso que seguir flagelándose por cada error de un gobierno que ha hecho un culto del yerro.
No sé usted, pero me da la sensación de que ninguno en este país se da cuenta del paso del tiempo. Eso de estar viviendo con las agujas del reloj clavadas en el mismo cuadrante día tras día nos dificulta ver a Cronos pasándonos Lord Cheselin por las canas. Un país de adolescentes de cincuenta años que no entienden de qué va la vida adulta.
No se enoje conmigo, estimado, porque es una cosa que se ve a simple vista. Conductores televisivos que se tatúan los brazos y se clavan unos chupines ajustados para que nadie hable del botox, señoras que posan en paños menores como cuando eran señoritas hace más de un cuarto de siglo, todos haciéndose los transgresores cuando deberían ser los que pongan los límites. «Qué amargo que sos, Boher», estarán pensando los que se sienten aludidos. Es que si nadie pone límites, ¿puede existir la rebeldía?.
Se me ocurrió escribir sobre esto mientras veía el lío de las tomas de escuelas en Buenos Aires, algo importante pero más alejado de nosotros que ver nieve en Navidad. Que los chicos hagan lío es lo más normal del mundo. Que una minoría de ellos joda al resto también es normal. Lo anormal son los viejos que pretenden darles la razón como si ellos todavía tuviesen que rendir alguna materia en diciembre.
«Lo que no se trota de joven se galopa de viejo», decía mi tío. Cada vez me parece más cierto, estimado. Todos los que querían contestarle al profesor después de ver The Wall, pero que no se animaban ni a decir «acá» en lugar de «presente» cuando tomaban lista, están arengando a que un puñado de adolescentes se arriesgue a perder el año para que ellos puedan sentir lo que no se animaban a hacer cuando estaban en la secundaria. Van a fondo porque no son los que ponen la trucha, básicamente.
Todo parece una tomada de pelo, estimado. No sé si usted se cruzó por ahí el vídeo, pero el vicedirector de una de esas escuelas salió a defender la toma. Entiendo que se quiera hacer el profe piola, pero si se es la autoridad no se puede tener disforia de rol: ellos son la norma, no pueden andar alentando la toma. Es como que el juez aliente una usurpación de un terreno o que el comisario defienda los arrebatos, claramente no correspondería.
El tipo tiró en su arenga, mientras se sentía en una toma de la París de 1968, que «la comunidad educativa va a salir a luchar cada vez que toquen a un estudiante o docente. Se va a bancar a todos los que quieran estudiar en una educación justa, libre, soberana y para todos». Después de lo de ‘justa, libre y soberana’ eso debería tener un gran octógono negro que diga «alto contenido de peronismo», especialmente por su tendencia a poner etiquetas peyorativas a los que no les caen bien
El término que se usa para designar a este tipo de gente es «adultescente», adultos que se sienten adolescentes. En realidad no sé cuál es el término correcto, pero ese se usa habitualmente. Todos quieren ser adolescentes, sin responsabilidades y con ganas de salir de joda. Pero son los que deberían estar poniendo límites y dando motivos para que los más jóvenes se rebelen. No importa que se hagan los pendejos escuchando trap y usando términos que les quedan más extraños que Cristina comiendo locro en bandeja de plástico, ellos son viejos y deberían ser los garantes del orden.
Imagine, estimado, que a sus dos años su hijo mete los dedos en el enchufe y usted va al lado y lo felicita para que siga así y defienda su derecho a conducir electricidad como jabalina de cobre. Esa criatura no pasa los dedos de una mano para decir la edad antes de sufrir las consecuencias de un acto como ese.
¿Por qué esto debería ser distinto? Uno no extraña los tiempos en los que los padres le hacían peinarse, ajustarse la corbata o levantarse temprano para no faltar ni siquiera cuando sabía que le iban a poner un uno en un examen, pero de ahí aprendió mucho más que a cantar la Aurora. Aprendimos, entre otras cosas, dónde están los límites, que le ponemos a nuestros hijos.
Siendo sinceros, estimado, a todos nos gustó vivir esos años, pero estos -incluso los últimos, más duros que pionono de alfombra- son mejores, porque somos mucho más conscientes de lo que va la vida. Entendemos a nuestros padres y abuelos, que por lo que nos enseñaron son una fuente de consulta permanente. Nos enseñaron que tener alrededor de 50, ser gobernador de una provincia y decirse juventud es una vergüenza.
En esa fuente interminable de inspiración que son Los Simpson hay un diálogo imperdible entre el abuelo y Homero. Después de que este último se hace el rebelde, el abuelo le contesta: «Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que tengo no es onda. Y la onda de onda me parece muy mala onda. ¡Y te va a pasar a ti!».
Por más que se quieran hacer los jóvenes en onda, son viejos a los que ya se les pasaron esos años. Es una lástima que no los hayan aprovechado: nos ahorrarían verlos haciendo el ridículo.
Tenga buena semana.