La mordacidad de la vieja guardia

Como confirmación de que no logran conectar con los tiempos que corren, Molotov acaba de subir a las plataformas “Quiten el trap”, una flamante canción en la que vuelven a las andadas, defenestrando el oficio de los artistas urbanos y elevando al rocanrol por encima de esa tendencia.

J.C. Maraddón

Así como en los ochenta se había consagrado el rock nacional argentino, los noventa fueron el momento en que esa masividad se extendió a los rockeros de todo el continente y los intérpretes que cantaban en español pasaron a ser el foco de la atención de la industria. No llamó la atención entonces que fueran las bandas mexicanas las que copasen la parada, porque se trataba de un mercado enorme y porque su cercanía con Miami los situaba en el radar de las empresas multinacionales que por esos años todavía manejaban el negocio de la música y digitaban sus vaivenes.

En 1997 se produjo del debut discográfico de Molotov, una formación oriunda de México que muy pronto iba a ocupar un sitial privilegiado en el rock latinoamericano, con una propuesta muy potente que contaba con letras irónicas y deslenguadas. Haciéndose cargo del rol de chicos malos que se animan a ir más lejos que el resto, parafrasearon una producción de Maná al denominar su primer álbum “¿Dónde jugarán las niñas?” y pusieron al descubierto su homofobia en el tema “Puto”, por más que luego le quisieron adjudicar a esa expresión un sentido distinto al que resulta evidente de solo escucharlos interpretarla.

Por supuesto, semejantes antecedentes, sumados a su costumbre de hacer subir chicas del público al escenario para que se quiten la ropa, los sitúa muy lejos de los paradigmas de conducta actuales y muy cerca de una cancelación que ya se insinuaba en sus inicios. Nadie podría pensar que un estilo como el que ellos practicaban podría tener vigencia en estos días, en los que no sólo se condena ese tipo de mensajes, sino que además ha pasado de moda la corriente sonora en la que ellos militaban, con guitarras distorsionadas y gargantas que vociferaban en un tono más bien aguardentoso.

De hecho, en su etapa más reciente, el país en el que mejor recepción han tenido es Rusia, donde grabaron un álbum en vivo y participaron activamente del Mundial 2018, para el que compusieron una canción de aliento al seleccionado azteca. Aunque lanzaron varios discos en directo, recopilaciones y un MTV “Unplugged”, en los últimos 15 años han publicado un solo disco de estudio, “Agua maldita”, que apareció en 2014. Desde entonces, su material nuevo ha consistido en unos pocos singles, el último de los cuales había sido editado en abril de este año con el título de “No olvidamos”.

Como confirmación de que no logran conectar con los tiempos que corren, ahora acaban de subir a las plataformas “Quiten el trap”, una flamante pieza de su repertorio en la que vuelven a las andadas, defenestrando el oficio de los llamados artistas urbanos y elevando al rocanrol por encima de esa tendencia. En su crítica mordaz, emplean herramientas típicas de los traperos, como el autotune, y proclaman “que muera el reguetón”, lo que ha desatado una controversia a la que se sumaron voces que salen en defensa de las figuras juveniles, en tanto califican a los Molotov de “intolerantes”.

Lo paradójico en su actitud es que aquel grupo que irrumpió 25 años atrás con ínfulas irreverentes, se presente hoy con un discurso conservador que niega entidad a lo novedoso y reivindica patrones musicales anclados en el siglo veinte. Pero además, Molotov, que actuó en Buenos Aires el viernes pasado, parece estar utilizando la estrategia de vampirizar la fama de aquello que denigra, una técnica de marketing que expone su desesperación por haber quedado fuera de foco y por no estar en sintonía con el gusto de los centennials, cuyo favoritismo por el género urbano se fortalece ante estos arrestos de resistencia de la vieja guardia rockera.