La locura de ir hasta el fondo

Al cumplirse el cincuentenario del fallecimiento de Alejandra Pizarnik, desde la Biblioteca Córdoba se programaron tres jornadas de actividades alusivas, de las que participó -entre otros- Fernando Noy, amigo de la malograda poeta en sus últimos años de vida y difusor de su legado.

J.C. Maraddón

Los años sesenta fueron un periodo de desenfreno y bohemia al que ciertos críticos asimilaron a la etapa romántica de comienzos del siglo diecinueve, cuando los artistas abonaron causas apasionadas y emprendieron aventuras que llevaban su existencia al límite. Aquel modelo del poeta desmesurado que se entregaba a experimentos vitales en los que ponía en riesgo su vida, gozó siempre de buena prensa y, adaptado a la modernidad, se mimetizó con el estilo de vida de las estrellas de rock, que eran idolatradas por sus méritos musicales pero también por protagonizar acciones extremas tanto arriba del escenario como debajo de él.

El estado de locura, que era considerado como el más inspirador en aquel romanticismo primigenio, se alimentó entre los rockeros con una carga de cuestionamiento al status quo, que derivó en su idealización. Y para sacarse de quicio, algunos apelaron a recursos externos, como los alucinógenos, que abrían “las puertas de la percepción” y desplegaban imágenes que tornaban más fértiles sus aptitudes creativas. Fue permanente en esos años el coqueteo con lo irracional, en respuesta a una sociedad de consumo que estructuraba las conductas para la que la adquisición de un status más elevado fuese la mayor ambición de los ciudadanos.

Sin embargo, en su afán por llegar a las fronteras de la conciencia, el juego se puso demasiado peligroso y quedaron en el camino no pocas víctimas, que en caso de no encontrar la muerte como destino, pasaron a orbitar en la esfera de los tratamientos psiquiátricos. El ejemplo de Syd Barret, uno de los fundadores de Pink Floyd, es quizá el que se ha usado con mayor frecuencia como paradigma de un derrotero que partió con rumbo a la psicodelia, pero que lo arrojó hacia una demencia en la que se perdieron sus ansias de triunfar en la música.

La ruptura de esquemas no se circunscribió a la grey del rock, sino que abarcó otros estilos sonoros y se expandió hacia todos los géneros artísticos, incluyendo la literatura. De hecho, los escritores de la generación beat habían sido los pioneros de esa contracultura que encontró su voz en el rocanrol y que por esa vía distribuyó su influencia en todo el planeta. Aunque confinada al sur del sur, Argentina no pudo ser insensible a ese pulso global y replicó aquella insanía creadora que imperaba en el hemisferio norte, dotándola de aristas locales que le imprimieron una riqueza única.

En medio de esa furia universal, la presencia entre nosotros de la poeta Alejandra Pizarnik constituyó una gema invaluable que podía inscribirse en la genealogía de la mejor tradición lírica nacional, pero que se cargaba con el espíritu de la época y emergía de genuinas patologías mentales para derramar sus textos embriagadores. Su deceso por sobredosis a los 36 años la asoció aún más con la tragedia de esa generación que no midió las consecuencias de sus actos a la hora de producir obras de arte. Y alrededor de su figura maldita se forjó un mito que pervive en la actualidad.

Al cumplirse el cincuentenario de su fallecimiento, desde la Biblioteca Córdoba se programaron tres jornadas alusivas, de las que participó -entre otros- Fernando Noy, amigo de Pizarnik en sus últimos años de vida y difusor de su legado. En las vísperas de la apertura de la Feria del Libro, que quedó inaugurada ayer, la evocación de una de las insignias de la literatura argentina contemporánea implica, además, el recupero de una etapa en la que enloquecer era patrimonio de los artistas. Ahora que el desvarío inconducente nos abruma a todos, amerita revalidar aquellos tiempos en que los trastornos de la psiquis se canalizaban a través de la poesía.