Visto y oído por Fray Reginaldo (Cuarta parte)

Concluye la transcripción de párrafos de la “Descripción Colonial” del padre Reginaldo de Lizárraga, de fines del siglo XVI, con algunas referencias a la existencia de nativos gigantes en el sur de América.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Retrato de Fray Reginado de Lizárraga, siglo XVI.

Ya fueron citadas unas palabras de Fray Reginaldo Lizárraga referidas a la ciudad de Córdoba, en el Capítulo LXVI, donde se afirmaba que “tres leguas de la cibdad, el rio abajo, en la barranca de él, se han hallado sepulturas de gigantes, como en Tarija.” La comparación con la ciudad del sur boliviano concierne a lo dicho en un capítulo previo sobre esta: “Hállanse en este valle a la ribera y barrancas del río sepulturas de gigantes, muchos huesos, cabezas y muelas, que, si no se ve, no se puede creer cuán grandes eran”. Afirmaba luego el autor que un padre dominico había recibido “una muela de un gigante que le habían enviado desde la ciudad de Córdoba del reino de Tucumán, de la cual diremos en su lugar, y un artejo de un dedo, el de en medio de los tres que en cada dedo tenemos, y acabada la lección nos pusimos a ver qué tan grande sería la cabeza donde había de haber tantas muelas, tantos colmillos y dientes, y la quijada cuán grande, y la figuramos como una grande adarga, y a proporción con el artejo figuramos la mano, y parecía cosa increíble, con ser demostración; oí decir más a este nuestro religioso, que las muelas y dientes estaban de tal manera duros, que se sacaba dellas lumbre como de pedernal”.

Como complemento a esas menciones sobre gigantes, Lizárraga agregará noticias que abonan la tradición de la que derivan las designaciones de Patagonia y de patagones. El propio Hernando de Magallanes fue señalado como el creador del toponímico “patagón” por el cronista Antonio Pigafetta que viajaba en su expedición, en el siglo XVI temprano. Las referencias a la estatura de los habitantes magallánicos y a sus huellas enormes es muy abundante en las crónicas de los siglos XVI a XVIII, y el nombre de la región en los mapas más antiguos se conoció alternadamente como Tierra de los Gigantes, Tierra de los Patagones y Patagonia.
Las noticias que obtuvo Lizárraga le fueron transmitidas en Córdoba, por un tal Montemayor, vecino de la ciudad, al relatarle las peripecias vividas por él en ocasión de su arribo a estas tierras. Montemayor había llegado en 1583, entre los numerosos soldados españoles ocupantes de las naves que traían al conquistador Alonso de Sotomayor y Valmediano, a tomar su cargo de gobernador del Reino de Chile. Allí iba también Pedro Sarmiento de Gamboa, explorador del Estrecho de Magallanes, de regreso de España y dispuesto a asentarse y poblar aquel remoto lugar.
El exsoldado narró al fraile dominico -respondiendo a preguntas de este- las circunstancias de su arribo que ilustran las enormes dificultades de aquellos viajes, y los recorridos de los recién llegados por tierras muchas veces inexploradas. El general de esa armada era Álvaro Flores de Valdés cuyo navío, según el relato de Montemayor citado por Lizárraga, “destrozado de la mar, sin poder embocar por el Estrecho, volvió a Buenos Aires y allí echó en tierra a don Alonso de Sotomayor con casi 400 hombres, para Chile. El capitán Pedro Sarmiento quedó con dos navíos para proseguir su viaje en ellos, y este Montemayor”. Es decir que el vecino de Córdoba que narraba los hechos fue de los que permanecieron al sur en las dos naves de Pedro Sarmiento de Gamboa. Esas embarcaciones intentaron entrar al Estrecho de Magallanes:
“Prosiguiendo, pues, su viaje, para hacer lo que había prometido (Pedro Sarmiento) a Su Majestad, de poblar en el Estrecho y hacer fuerzas donde pusiese artillería para que los enemigos ingleses no pasasen sin echarlos a fondo -que es imposible, porque lo más angosto del Estrecho es de tres leguas- embarcaron con viento muy próspero, pero a la mitad del Estrecho les dio un Sur tan desatinado que les compelió cazar a popa y volver a arribar, pero no arribó más que la nao donde iba el capitán Sarmiento: la otra era mejor velera, iba delante, y en una ensenada se metió y guareció del (viento) Sur; la capitana, digamos, arribó hasta tornar a desembocar en la mar del Norte por donde había entrado, y llegó al puerto donde había salido a la boca del Estrecho.”
Tras esperar unos días la aparición de la otra nave, se mandó a un grupo de “25 o 30 soldados arcabuceros ir en busca della, entre los cuales iba Montemayor”. El relato de esa expedición por el informante de Lizárraga contiene referencias a originarios gigantes, vistos por los arcabuceros:
“Tomaron la costa en la mano, y a una o dos jornadas salieron a ellos trece indios vestidos de blanco, manta y camiseta, con sus arcos y flechas; el cabello largo, criznejado (trenzado), y en las criznejas flechas largas, y los arcos grandes; ellos poco menos que gigantes, tanto y medio de más cuerpo que nosotros, uno de los cuales tomó una flecha y metiósela por la boca casi la mitad; sacóla y a vueltas unos cuajarones de sangre, que entre ellos debe ser valentía; el capitán Sarmiento, enfadado y asqueroso de aquello, hizo un ademán que los indios entendieron era de menosprecio; los dejó; pasó adelante en busca de su navío la costa adelante, unas veces por la playa, otras metiéndose la tierra adentro media legua y una, y por camino de la gente que allí vive, donde hallaban huella de pies grandes como de aquellos indios, y de otros como los deste reino.”
A un ataque de esos nativos, lograron los españoles ponerse a salvo con un oportuno disparo de arcabuz. Al proseguir apenas encontraron restos de naufragios, así como huesos y calaveras de españoles en una precaria vivienda derruida por originarios: «de donde colegimos que algunos cristianos se recogieron allí y los indios los tuvieron cercados, y murieron todos, o de hambre, o de sed, o de lo uno y lo otro», en palabras de Montemayor.
Más tarde, el grupo de soldados pudo eventualmente regresar a su nave y de allí se decidió tomar rumbo “al Brasil, donde algunos soldados se quedaron, no pudiendo sufrir la condición del capitán Pedro Sarmiento, y entre ellos este soldado Montemayor, y de allí se vino a Buenos Aires, y dende a Córdoba, donde vive casado y honrado.”