Poner en orden lo inadmisible

La serie de HBO “El ensayo”, que adopta el formato de un documental conducido por el actor y animador canadiense Nathan Fielder, en verdad se trata más bien de una comedia que disfraza como fidedignas escenas que bordean el absurdo, donde se reflejan síntomas de la alienación actual.

J.C. Maraddón

Tal vez no haya nada menos previsible que la conducta humana, y por eso las más recientes técnicas de marketing se han entregado a la tarea de desarrollar algoritmos que intenten traducir al lenguaje binario algo tan complejo como nuestro comportamiento cotidiano. En su evolución, ciencias como la psicología y la sociología han procurado encontrar allí algunos patrones que sirvan para trazar leyes y teorías universales, pero admiten que no hay chance de concebir fórmulas que predigan con exactitud cómo responderá una persona ante determinada situación, por mucho que se haya estudiado su historial tanto en ámbito privado como en el público.

A la par de la elaboración de tecnologías capaces de aunque más no sea aproximarse a este objetivo, también ha experimentado un ostensible auge la práctica del coaching, mediante el cual se entrena a los individuos para determinado desempeño, que casi siempre tiene que ver con roles de liderazgo. Desde funcionarios políticos hasta dirigentes empresarios contratan este tipo de asesoramiento con tal de mejorar su performance, pero especialmente los mueve la necesidad de alcanzar el éxito y de convencer al resto de que están dotados de cualidades sobresalientes, que los convierten en los más aptos para determinada función.

Se supone que la combinación de estos dos métodos, el provisto por la maquinaria técnica y el suministrado por vía de un “coach ontológico”, debería dar como resultado un direccionamiento preciso hacia el cual se van a dirigir las decisiones que tomemos y las actitudes que expongamos ante la realidad. Sin embargo, de ninguna manera están garantizadas al cien por ciento las probabilidades de que este camino nos conduzca a buen término, porque existen factores que surgen de modo espontáneo y una cantidad inmensa de variables que escapan de cualquier control y que pueden torcer aquello que según nuestros cálculos era inevitable.

Por eso, el margen de error jamás se reduce a cero y el temor a equivocarse está presente en todas las circunstancias, por más que nos sintamos convencidos de que tenemos un absoluto manejo de la situación. La razón y el corazón mantienen un vínculo intrincado en el que pareciera imposible hallar demasiadas constantes, si bien llevamos siglos de aplicación del conocimiento científico que han propiciado un notorio avance en la configuración de verdades que funcionan a la perfección en el plano de lo descriptivo, pero que no suelen ser tan precisas si las llevamos a lo predictivo.

Sobre este péndulo se para la serie de HBO “El ensayo”, que adopta el formato de un documental, aunque en verdad se trata más bien de una comedia que disfraza como fidedignas escenas que bordean el absurdo. El actor y animador canadiense Nathan Fielder aparece aquí como el mentor de un meticuloso proyecto, que se propone averiguar si es factible preparar a la gente para enfrentar situaciones de vida complicadas, simplemente ensayando hasta lograr el objetivo de poder encararlas y sacarlas adelante. En seis episodios, Fielder pone a prueba sus hipótesis, a la vez que afina su metodología a medida que va sumando desafíos.

El perfeccionismo que lo obsesiona y la infraestructura que es capaz de poner al servicio de su propósito, tornan inverosímil lo que estamos viendo, pero al mismo tiempo generan una insana curiosidad por saber hasta dónde se atreverá a llevar su plan, más allá de lo insignificante (o bizarro) que sea el problema a resolver. Síntomas tan propios de la alienación actual como el terror al fracaso y la necesidad de alguna certidumbre, saltan al primer plano en “El ensayo”, que en vez de mostrar a una Marie Kondo poniendo orden en las viviendas, nos exhibe a un Nathan Fielder tratando de ordenar lo inadmisible.