La tensión en la CGT se proyecta sobre la intervención cordobesa

La “casi-renuncia” de Pablo Moyano a la CGT desnudó las profundas diferencias que existen en el seno de la central y expuso la debilidad relativa del kirchnerismo en un tablero gremial que sigue siendo dominado por el albertismo. El escenario deja pocos fundamentos a una intervención que postula, como norte, la unidad.

Por Felipe Osman

La cena organizada por el presidente Alberto Fernández en la Quinta de Olivos, a la que asistieron Héctor Daer (Sanidad) y Carlos Acuña (Estaciones de Servicio), entre otros, y de la que quedó marginado el tercer triunviro de la CGT, Pablo Moyano (Camioneros), llevó la tensión que existe en la central a su cénit.

A la mañana Moyano ya había prometido renunciar a su puesto en el triunvirato de la central. Pasado el mediodía avisaba que se reuniría con sus compañeros del Fresimona (Frente Sindical para el Modelo Nacional) en la sede de Camioneros para delinear los términos de su renuncia. Durante la siesta se prolongó un sospechoso silencio de radio. Y entrada la tarde se supo que el heredero del clan Moyano se había echado atrás.

El hijo de Hugo Moyano no consiguió el acompañamiento de los sindicatos que se encolumnan en el Fresimona. Ni el de su padre, que hasta habría dado a entender que, frente a la renuncia de Pablo, podría designar a otro integrante de Camioneros en su reemplazo, evitando la ruptura de la central.

El gremialismo cordobés siguió de cerca la evolución de estos acontecimientos. A decir verdad, una ruptura de la CGT Nacional entusiasmaba a los sindicatos desterrados de la Regional. Si ese hubiera sido el desenlace, la intervención se habría quedado con pocos argumentos.

Primero, porque el motivo central por el cual los gremios alineados dentro del Movimiento de los Trabajadores de Córdoba (MTC) de Pablo Chacón negaron legitimidad a la elección que llevó a José Pihen a un nuevo mandato al frente de la CGT Córdoba fue que la normalización de las regionales debía darse sólo después de que la CGT Nacional quedara normalizada. Partida esta, aquel presupuesto hubiera desaparecido otra vez.

Segundo, porque la comisión normalizadora instituida por Horacio Otero confía en que, más temprano que tarde, la mayoría de los sindicatos federados se unan a la central por respeto al encuadramiento de sus federaciones. Sin un encuadramiento amplio de esas federaciones en la CGT Nacional, las referencias nacionales de difuminaban para los sindicatos cordobeses.

Ahora bien, la ruptura no se produjo. O, mejor aún, no se produjo en lo formal. Aun así, sí existen efectos que se irradian hacia la regionales del interior.

El ala combativa de la CGT, de estrechos lazos con el kirchnerismo duro, dejó ayer constancia de su debilidad.

Los sindicatos que Pablo Moyano pretendía arriar en su desplante contra los “Gordos” y los “Independientes” no acompañaron su jugada. Y hay una explicación.

Alberto Fernández, a través de su ministro de Trabajo, Claudio Moroni, ha mantenido a la Superintendencia de Salud, principal fuente de financiamiento de las obras sociales, a resguardo de los planes reformistas del cristinismo. El tablero gremial es, quizá, el único escenario en el cual el presidente mantiene preeminencia sobre la presidenta el Senado. Y los sindicatos más distantes del kirchnerismo le agradecen sus deferencias.

Peleando ahora en retroceso, los gremios k han evidenciado su debilidad, a la vez que han hecho patentes las profundas diferencias que existen en el seno de la CGT Nacional, que casi estalla ayer por la tarde.

La intervención cordobesa es propulsada por la secretaría del Interior, en manos de Abel Furlán (UOM), de estrechos lazos con el kirchnerismo. Es posible que las acciones de Furlán sean ahora seguidas todavía más de cerca por sus compañeros albertistas, predominantes en los puestos de mando de la CGT.

Finalmente, la “unidad”, esa premisa básica que contenía la resolución que mandó a normalizar las regionales del interior, parece ahora devaluada. A fin de cuentas, una CGT balcanizada en los hechos, más allá de las formas, difícilmente tenga la autoridad para demandar unidad en las regionales.