El que avisa no traiciona

Las turbulencias de la vida bajo el ocaso kirchnerista son una muestra de lo que cabe esperar para los años por venir.

Por Javier Boher
@cacoboher
Nuestra normalidad es tan anormal que ya no nos damos cuenta. Hay una búsqueda permanente de esquivar las pálidas que nos rodean cada vez que giramos la cabeza en cualquier dirección, sintiendo -al mismo tiempo- que no falta nada para que el agua suba más allá del cuello y nos tape del todo.
Alguna vez hemos escrito sobre la anomia, el concepto con el que Emile Durkheim trató de explicar uno de los rasgos más negativos de la modernidad. La falta de normas que regulen la vida social es un problema que va complicando el panorama, contagiando a todas las áreas esa ausencia de objetivos comunitarios.
Prácticamente cualquier encuesta da por sentado que el kirchnerismo está imposibilitado de reelegir. No hay dirigentes del espacio de gobierno que tengan menos del 60% de imagen negativa, a la vez que no pueden ganarle casi a ningún nombre que enfrenten en el ballotage. Están en un ocaso triste, pobre y anárquico, un ocaso al que nos han arrastrado con ellos.
Aunque las noticias políticas giran casi siempre alrededor de las necesidades de Buenos Aires y su periferia -que concentra a la mayor parte del electorado nacional y alberga todas las instituciones del gobierno federal- en el resto del país las cosas no funcionan mucho mejor. Las consecuencias directas de las malas políticas que se toman en Buenos Aires se sienten en toda la geografía nacional, tiñendo la política local con los matices de lo que pasa en el centro de toma de decisiones.
Esta semana parecen haberse acumulado un sinnúmero de fracasos políticos, sociales y económicos que, sin embargo, no pueden leerse solamente como una consecuencia de incapacidad en la gestión, sino también como un aviso de los años que le esperan al país. El kirchnerismo se las está ingeniando para decirnos, a su manera, que es casi imposible que los próximos años sean medianamente estables.
En los últimos días del mes nos encontramos en un escenario desolador: en la Patagonia hubo un ataque incendiario a un puesto de Gendarmería, en provincia de Buenos Aires cerraron por tiempo indeterminado las fábricas de neumáticos por un conflicto gremial que arrastró también a la principal fábrica de automóviles del país, una patota de Camioneros entró a una empresa de logística y golpeó al encargado y a algunos empleados, los alumnos porteños tomaron algún colegio sin pensar en el año y medio de virtualidad que complicó su formación escolar, un paro en Ezeiza y aeroparque dejó sin vuelos al principal centro aéreo del país…
La lista sigue si ampliamos el foco, ya que en cada provincia hay paros o protestas de docentes, médicos o estatales. Todos en «pie de lucha» o en «estado de alerta» por el fracaso del gobierno que todos ayudaron a poner en el poder. Fue la apuesta de aquellos sectores que creyeron que un pasado idealizado podía reeditarse a pesar de condicionantes reales que indicaban lo contrario.
El escenario de cara al año que viene se presenta en extremo delicado, con conflictos en todos los frentes y una necedad política que empuja a pensar en el mensaje que pretende transmitir el Frente de Todos. «Quien avisa no traiciona», reza el dicho que bien podría estar detrás del caos ordenado que administra el kirchnerismo: aquellos que decidan hacerse cargo de la situación están prevenidos sobre cuál será la situación económica, social y política que les tocará recibir.
En todos los grandes conflictos está el kirchnerismo en los dos lados del mostrador, sosteniendo el gordito y la manguera al mismo tiempo, mientras la gente pide que las cachiporras resuelvan los tantos para facilitar la convivencia. No se puede construir una sociedad pacífica y próspera si no se ejercen decididamente las funciones reguladoras de la sociedad que le corresponden al Estado. No importa cuánto lo griten los utópicos libertarios, el Estado es un orden externo que se necesita para resolver problemas propios de la convivencia.
El kirchnerismo se sabe en retirada y va avisando cuál puede ser su rol en el futuro después de las elecciones. Casi no quedan incentivos para una votación política que evite el estallido hoy, habida cuenta de que sólo sería patearlo para mañana. Por eso el entuerto de los neumáticos debería preocupar al gobierno, porque no puede controlar ese tipo de situaciones como cuando los gremios peronistas están en la misma situación. Algún trotskista recitará su mantra de que «cuanto peor, mejor».
2022 está entrando en su cuarto trimestre sin alegrías, y no hay mundial que pueda revertir un año entero de malas noticias o asegurar la paz de los ocho meses posteriores. Con un plan económico que se trata exclusivamente de evitar cruzar la barrera psicológica de un 100% de inflación interanual, con problemas de abastecimiento, con conflictos laborales y con una retórica de lucha como si no fuesen responsables de esto, el kirchnerismo está poniendo al corriente a todos sobre qué cabe esperar de ellos a partir del año que viene. El que avisa no traiciona.