Las PASO, nuevamente objetivo político de un oficialismo languideciente

Otra vez un oficialismo con malos números se sube a la idea -errada- de que eliminar las PASO se convertirá en un rápido aliado para ganar las elecciones.

Por Javier Boher
@cacoboher

Las elecciones son una parte central de la vida democrática, de allí la importancia de cuidarlas. No se trata solamente de proteger que se realice el acto eleccionario cada determinada cantidad de tiempo, sino también de respetar la voluntad popular y el espíritu que de ella emana.

Como cada vez que asoma una nueva elección para los oficialismos languidecientes, el apuro por cambiar las reglas de juego irrumpe con fuerza en el debate público. Nadie quiere perder, y nadie quiere perder por mucho.

Desde estas páginas hemos defendido la existencia de las PASO con los más diversos argumentos. Algunas veces también se propusieron modificaciones para mejorar su rol, fortaleciendo los puntos altos y limando las amenazas para la legitimidad de los gobiernos.

Esta vez el análisis será un poco más político, más centrado en los posibles escenarios de negociación que podrían resultar en y de la derogación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias.

El esfuerzo del oficialismo es el mismo que el de todos los oficialismos que quieren evitar que se conozca el peso real de cada espacio político. El año pasado era la pandemia y para el año que viene el argumento es el del costo, pero todos saben que se trata solamente del riesgo de quedar expuestos en su debilidad.

Es por eso que distintos espacios están tratando de eliminarlas, aunque -tal como escribió Pablo Esteban Dávila hace un tiempo- en algunos distritos cómo Córdoba son un sueño que ordenaría las internas y la oferta electoral.

Algunos lo hacen desde la racionalidad más pura, mientras que otros no son capaces de hacer un cálculo político sencillo.

Los libertarios de Milei, por ejemplo, insisten en su cruzada en contra del gasto público dando a entender que se pondrían hombro con hombro junto al kirchnerismo para derogar las PASO. En su visión corta de la política creen que dividirán a Juntos por el Cambio y quedarán como primera opción opositora, en una muestra de exceso de confianza propia de su inexperiencia.

En lugar de negociar sus dos votos en un Congreso muy dividido, entregarían su aval por cuestiones estrictamente ideológicas, más o menos como tantas veces lo hace el Frente de Izquierda y los Trabajadores. No pueden negociar ni con oficialismo ni con oposición, señalando que quieren que se termine la casta pero apoyando un cambio de norma que favorecería a la misma.

Cada espacio está pensando qué acciones serían de su conveniencia. En ese sentido se puede ver cómo, poco a poco, José Luis Espert se ha ido diferenciando de Javier Milei tratando de representar a un libertarianismo más cuerdo y menos impulsivo.

La movida del calvo economista no es inocente. Su moderación en las formas es un mecanismo para tratar de concentrar una mayor intención de voto en las márgenes de JxC, entendiendo que hay gente que desconfía de las «palomas» pero que no quiere irse tan al extremo como para apoyar a un antisistema sin partido como Milei. Casi seguramente Espert tratará de llegar a algún acuerdo con los cambiemitas para aportar sus dos votos a la continuidad de las PASO a cambio de la posibilidad de participar en las internas.

Por el lado del peronismo esto podría permitir el surgimiento de una nueva variante que de otra forma sería derrotada en las urnas por el kirchnerismo. Algunos saben que nadie le gana una interna al kirchnerismo, salvo que pueda presentarse por fuera del peronismo formal. Es lo que pasó en Córdoba con la elección en la que Tomás Méndez casi gana la intendencia de la ciudad, llevándose una buena parte de los votos porque el kirchnerismo formal se hundió con Giacomino.

Las PASO han sido un factor ordenador de la oferta electoral, forzando la concentración de la representación en dos grandes coaliciones y reduciendo el peso de las terceras fuerzas. Eliminarlas nos llevaría, casi con certeza, a un juego similar al de 2003, con una dispersión elevada de la oferta electoral que fragmentaría la representación parlamentaria y dejaría una pelea entre fuerzas enanas.

Un nuevo 2003 presentaría, además, un nuevo problema: no existen grandes consensos entre los partidos políticos de hoy, o al menos es mayor la proporción de partidos que pretenden subvertir el sistema (empezando por liberales y libertarios en todas sus variantes). Las PASO fuerzan la creación de acuerdos, mientras que las elecciones completamente abiertas son un incentivo a la dispersión de las fuerzas.

Pensando en 2023, los pocos elementos que se pueden pasar en limpio deberían servir al oficialismo para darse cuenta de que eliminar las primarias amenaza su propia supervivencia. Ocho de cada diez quieren a Cristina presa, mientras que siete de cada diez quieren que se abra en algún grado la economía. Esos números son demasiado bajos como para creer que para ganar les alcanza con partir a la oposición. Necesitan un poco más que destruir lo que hay para construir una opción ganadora. Porque cuando todo se reduce a fragmentos, el que junte más pedazos va a ser el que termine teniendo más peso.