Visto y oído por Fray Reginaldo (Tercera parte)

Se siguen tomando referencias de la “Descripción breve” escrita por Fray Reginaldo de Lizárraga aproximadamente en 1605, sobre recorridos que incluyeron a la ciudad de Córdoba en el último cuarto del siglo XVI.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Cuatro sobrevivientes Charrúas exhibidos en Francia en 1833. Ilustración de Arthur Oslow.

El padre Lizárraga tuvo su primer contacto con Córdoba al entrar en el Tucumán hacia fines de la década de 1580. En esta ciudad dice haber visto buenos caballos, luego de que Buenos Aires quedara despoblada, tras su primera fundación: “No pudieron los españoles traer consigo particularmente los caballos y yeguas sin que dejasen algunos”. El apunte del fraile dominico señala que este habría sido el origen de la multiplicación de la raza equina en las llanuras pampeanas: “Este ganado se ha multiplicado tanto en aquellos llanos que a los chapetones (españoles recién llegados) les parece montañas de árboles, y así cuando caminan y no hay un arbolillo tamaño como el dedo paralelo, viendo las manadas dicen: ¿Pues aquella no es montaña? vamos allá a cortar leña, y son las manadas de los caballos y yeguas. Salen a caza dellos como a venados; están gordos, que al primer apretón quedan estancados; a los que son potros atan, doman y hácenlos caballos; he visto en Córdoba muy buenos caballos destos.”

Un episodio reseñado por Lizárraga más adelante, se dio en el camino de Santiago del Estero a Córdoba. Más que de un suceso propio de ese viaje, se trata de una narración que el dominico oyó de boca de un muchacho a quien recogió y trajo consigo hasta Córdoba, debido a su mal estado y pobreza. El joven le dio noticias de los pueblos charrúas (Lizárraga les llama “charrucas” en su manuscrito) entre quienes había vivido por años, y que el fraile distingue de los pueblos que los primeros cronistas del continente sudamericano llamaban “chiriguana”, pueblos asentados entre el sur de la actual Bolivia y el oeste paraguayo. También menciona el relato a Juan Ortiz de Zárate, adelantado, capitán general y gobernador del Río de La Plata, quien fracasó en poblar los territorios que se extendían entre Charcas y Asunción. Así prosigue la narración del joven respecto a su vida y a su suerte, mientras marchaban junto al fraile por el camino hacia Córdoba:

“De la otra parte del rio hay una provincia de indios llamados Charrucas, no muy bárbara en algunas cosas; son hombres que guardan palabra y quieren se le guarde. Traen continuamente guerra con otros indios comarcanos Chiriguanas, aunque no caribes, y la guerra es sobre las comidas. Los Chiriguanas no labran la tierra, sino cuando están maduras las sementeras júntanse en cantidad, y con mujeres e hijos cogen lo que no sembraron. Los Charrucas, de un navío que dio la costa en la cual habitan, cautivaron a dos españoles, uno ya hombre y otro muchacho, que con su padre venía, de edad de ocho años. Los demás todos perecieron en la costa y se perdieron con los demás navíos en que venía por marqués Juan Ortiz de Zárate, de una tierra que prometió descubrir muy poblada al rey Felipe Segundo, de inmortal memoria, el cual antes que cumpliese lo prometido murió cerca de Buenos Aires en una isla llamada Santa Caterina, por lo cual no cumplió lo prometido, ni cumpliera, por no haber las poblaciones que imaginaba.”

Los charrúa, pues, admitieron entre los suyos a las dos personas rescatadas del naufragio, un hombre y un niño. El niño de entonces era precisamente el joven que le transmitía su relato al padre Lizárraga:

“El muchacho arriba dicho, ya hombre de 22 años, poco más, me dijo lo que referiré, al cual hallé quince leguas de Santiago del Estero, cuando yo iba a Córdoba, y le llevé conmigo dándole de comer y caballo hasta aquella cibdad. El pobre muchacho cautivo servía a su amo de traerle leña, agua, trabajar en la chácara (de los charrúas) y en lo que le mandaba.”

Aclara Lizárraga que, por no recordar el nombre del pueblo mencionado por el joven, decidió llamarlos “chiriguana”:

“Desta suerte sirvió más de catorce años, o pocos menos; me certificó que hasta entonces sus amos convidándole con mujeres, y aun con sus hijas, Nuestro Señor le había hecho merced que con infiel no se había ensuciado ni con otra. Este, viendo el daño que los Chiriguanas (nombraba la nación, que no me acuerdo, por eso los nombro Chiriguanas) hacían, un día que todos los más de los Charrucas estaban muy tristes porque los otros indios les habían llevado las comidas, les dijo que si le daban licencia él vendría a Buenos Aires y pediría favor a los españoles, los cuales lo darían luego, y con ellos se podían vengar y destruir a sus enemigos; sobre esto hubo entre los Charrucas muchos dares y tomares, y los más eran de parecer (que) no le diesen licencia; finalmente se la dieron y él les dio su palabra de volver a su amo pasado el invierno, porque estaba desnudo y había de buscar con qué vestirse. Salió a Buenos Aires; trató con el capitán y el Cabildo a lo que venía; prometiéronle al tiempo favor, y con esto despachó a dos indios que con él vinieron, tornando a dar su palabra que con los españoles o sin ellos, teniendo salud, no dejaría de volver. En Buenos Aires no halló cómo vestirse; venía a Santiago del Estero a buscar limosna para su vestido, y encontrándole yo le persuadí se volviese conmigo, pues sabia el camino, que yo le ayudaría de mi pobreza y le haría la costa; hízolo así, y vino conmigo hasta Córdoba, y es cierto que le persuadía yo, si no había jurado (decía que no) que se quedase por acá, y siempre me dijo no dejaría de volver, o con los españoles, o sin ellos, porque entre aquellos indios es gran falta faltar la palabra, y más porque a los de Buenos Aires les convenia tener amistad con los Charrucas, y desde Córdoba en la primera ocasión se volvió; lo que ha subcedido no lo sé, y preguntándole de cosas particulares de aquellos indios, me decía que los viejos de cuando en cuando junctaban los mozos y les avisaban no hiciesen agravio ni mal a nadie, no fuesen holgazanes y viviesen de su trabajo.”

Una última información de boca del joven afirmaba que los charrúas, si bien rechazaban el adulterio, aceptaban una forma consentida del mismo: “Conciértanse con el marido, y fácilmente da licencia a su mujer que vaya a servir por tantos días al que se la pide.”