Flequillo que no sólo era un peinado

Fallecido el jueves pasado a los 97 años, Carlitos Balá recibió el sentido adiós de muchos que lo admiraron cuando niños y que conservan el recuerdo de sus ciclos en la pantalla chica, en la que comenzó a triunfar no mucho tiempo después de que los Beatles conquistaran el mundo.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Promediando el siglo pasado, tan estructuradas eran las normas del buen vestir que cualquier modificación en las apariencias representaba una afrenta imperdonable. Por eso, cuando los jóvenes emprendieron su rebelión, lo hicieron en un principio a través de ese tipo de accesorios, que no sólo enervaban a los mayores, sino que además les permitían identificarse entre pares. Era muy difícil que alguien usara una campera de cuero o unos pantalones blue jean, de no ser un renegado que osaba escuchar y bailar el rocanrol, esa música a la que los predicadores acusaban de diabólica y que por eso mismo adoraban los adolescentes.

En determinado momento, las nuevas pautas se trasladaron al peinado, que en el caso de los varones hasta entonces casi no admitía variantes en cuanto a su estilo. El jopo peinado con fijador puede haber sido el primer signo de revuelta, sobre todo usado por los auténticos íconos de aquella época, como James Dean o Elvis Presley. Esos rockeros de los cincuenta pusieron al pelo en la primera línea de fuego y desafiaron lo establecido con ese simple detalle que para algunos podía ser una mera cuestión de coquetería masculina, pero que en esa coyuntura era un arma de combate.

Tal vez el más polémico en ese sentido haya sido el flequillo, popularizado por los Beatles a comienzos de los sesenta, que en poco tiempo se erigió en un estandarte de la renovación sonora que iba a experimentar el planeta. Como en un principio había sido propio del cabello de las mujeres, su utilización por los muchachos causaba una repulsa entre los sectores más recalcitrantes, que ponían el eje en la probable confusión entre chicos y chicas si todos se cortaban el pelo de esa manera. Cuando además los músicos empezaron a lucir largas melenas, la distancia generacional se ensanchó aún más.

Los cronistas de la Beatlemanía suelen adjudicarle a la fotógrafa alemana Astrid Kirchherr, fallecida en 2020, la idea de que los cuatro de Liverpool dejasen caer el pelo sobre su frente, cuando les tomó esas legendarias fotos que hoy son piezas de museo. Ellos, que habían ido a tocar en sórdidos clubes de Hamburgo, establecieron contacto con jóvenes artistas de esa ciudad, que los anoticiaron de hacia dónde se encaminaban las vanguardias. Al parecer, de allí proviene el look que luego adoptaron millones de muchachos en el mundo, como símbolo de una renovación que empezaba por el aspecto, para luego adentrarse en causas más profundas.

Justo hacia 1965, poco después de que los Beatles conquistaran Estados Unidos y desde allí expandieran su fama hacia todos los continentes, un comediante de radio y televisión arrancaba con un ciclo de humor en Canal 13: “El flequillo de Balá”. No podía ser más actual la utilización de ese recurso capilar que, con el paso de las décadas, sería la marca registrada de ese actor que iba a animar los programas infantiles más vistos de la TV y que se convertiría en el ídolo de varias generaciones que crecieron repitiendo sus muletillas.

Fallecido el jueves pasado a los 97 años, Carlitos Balá recibió el sentido adiós de muchos que lo admiraron cuando niños y que conservan el recuerdo de sus ciclos en la pantalla chica. Ahora que todo aquello ya es historia, quizás cabe suponer que esa apariencia de flequilludo no fue un elemento ingenuo en la construcción de su personaje. Porque al peinarse de ese modo, se inscribía en el imaginario colectivo como parte de esa novedad global que sembraba desconfianza en los adultos, pero que despertaba entre los niños una complicidad a la que Balá alimentaba con su particular histrionismo.