La Corte y la epopeya de una causa perdida

Puede parecer un acto de supremo egotismo impulsar una reforma de la Corte en un contexto como el argentino, pero nunca debe soslayarse el papel de lo simbólico dentro del imaginario político. A lo largo de la historia líderes poderosos continuaron luchando por causas inútiles con el apoyo de sus fanáticos. ¿O alguien se imagina alguna épica en aceptar que jueces y fiscales hagan su trabajo sin denunciar persecuciones, lawfare y demás tonterías?

Por: Pablo Esteban Dávila

Recomienda el viejo adagio militar: nunca des batallas que no puedas ganar. Es un aforismo razonable. Sin embargo, no siempre es tenido en cuenta por los eventuales beligerantes.

Esto es lo que sucede con el intento del kirchnerismo por ampliar la composición de la Corte Suprema a quince miembros. Se trata de una causa perdida, se mire por donde se mire. Esta vez la aritmética le juega en contra, como también lo hace la política.

Déjese de lado, en esta ocasión, los fundamentos del Frente de Todos para impulsar la ampliación del máximo tribunal. Prescíndase, asimismo, de la indignación (o del regocijo) que causa el escuchar los discursos oficialistas que fundan tal pretensión. Dese por probado, si se quiere, que esta iniciativa solo pretende garantizar la impunidad de la vicepresidenta. Todas estas son cuestiones que apelan al sentido más primordial del poder y que, como tales, difícilmente puedan racionalizarse.

Esta dificultad se desvanece, sin embargo, cuando se analizan los números que deberían apuntalar el éxito de semejante proyecto. Así, se tiene que el Senado tal vez lo apruebe y que Diputados tal vez lo rechace. Como la Constitución requiere la ratificación de ambas cámaras para que una iniciativa se transforme en ley, la mentada ampliación de la Corte parece transitar una vía muerta.

Como se sabe, en el Senado los números son favorables a Cristina. Las últimas legislativas no lograron afectar la mayoría con la que el peronismo cuenta desde hace décadas, aunque la oposición avanzó sorprendentemente. Aun así, anoche parecía que el Frente de Todos se saldría con la suya. La novedad más importante fue que la senadora Alejandra Vigo, esposa y alter ego del gobernador Juan Schiaretti, anunció que ni siquiera participaría de la sesión convocada al efecto, en una clara muestra de rechazo.

Es en la cámara baja donde aparecen las complicaciones. Allí el Frente de Todos se encuentra en desventaja. No cuenta con el número suficiente para formar quórum y, aunque lo tuviera, tampoco dispone de los diputados necesarios para aprobar lo que quiera. Son 118 diputados los que revisten en su bloque contra 116 de Juntos por el Cambio más una veintena de legisladores de otros partidos, lo que supone la necesidad de sumar aliados de circunstancia para cada tema en particular. Y estos, previsiblemente, ahora evalúan con creciente detalle el impacto político de eventuales apoyos hacia el oficialismo. Nadie quiere quedar pegado en causas impopulares cuando se avecina un año crucial para la supervivencia electoral.

La oposición, siempre ávida de asuntos para diferenciarse, juzga que este tema es de altísima relevancia institucional, por lo que está dispuesta a presentar una dura pelea. Sus caciques hacen cuentas y advierten que se encuentran a las puertas de infringir otra severa derrota al gobierno y se restriegan las manos ante la oportunidad. Solo deben evitar que algún quintacolumnista, del que por ahora no se tiene noticias, les amargue esta chance. A diferencia del Senado, aquí la influencia de Cristina se cotiza cada vez más menos.

Estos cálculos son de dominio público y profetizan lo que se intuye, esto es, que la Corte quedará conformada exactamente como lo está hoy. Al final el oficialismo, desoyendo el proverbio, habrá dado un combate fútil, a sabiendas que ya estaba perdido. Será un yerro que, de efectivamente producirse, no afirmará nada bueno de su habilidad ni de su astucia contribuyendo, de paso, a magnificar a sus opositores.

No obstante, y suponiendo un giro imprevisto, considérese por un momento que el kirchnerismo lograse superar los obstáculos en Diputados y aprobara esta ley. Es de imaginar la satisfacción que le produciría, especialmente al considerar la grave crisis económica que vive el país y los indisimulables conflictos intestinos que lo atormentan. Aunque, puesto en perspectiva, no dejaría de ser una victoria pírrica, que escasamente podría usufructuarse.

Tampoco es complejo, en esta situación, deducir el porqué. Una corte de quince miembros necesitaría, tomando en cuenta la actual integración, nombrar al menos once nuevos cortesanos. Como la Constitución requiere dos tercios del Senado para aprobar los pliegos de cada uno de ellos, se advierte que este número sería imposible de lograr con la actual morfología de la Cámara Alta. Por más ejercicios de imaginación que se hagan, no existen chances de modificar este hecho.

Esto significa que el oficialismo no solo las tiene difíciles para sacar la ley, sino que, aun aprobándola, luego no podría sortear la mayoría calificada que impone la Carta Magna. Otra vez: está librando una batalla que no puede ganar y, para agravar las cosas, pagando un costo enorme por la porfía.

¿Porqué, entonces, insistir en algo que está perdido? Al menos por dos razones: para demostrar que la iniciativa continúa en manos de Cristina y, debido a precisamente a ello, para ratificar que ella es la jefa. Es, ante todo, un mensaje más hacia adentro de la coalición de gobierno que hacia afuera, toda vez que es improbable que la sociedad pueda sentir algún tipo de solidaridad frente a un proyecto que ni le interesa ni juzga necesario.

Puede parecer un acto de supremo egotismo impulsar este tipo de cosas en un contexto como el argentino, pero nunca debe soslayarse el papel de lo simbólico dentro del imaginario político. A lo largo de la historia líderes poderosos promovieron asuntos difíciles de comprender o continuaron luchando por causas inútiles con el apoyo de sus fanáticos. Quizá por tales empeños continuaron siendo los conductores. ¿O alguien se imagina alguna épica en aceptar que jueces y fiscales hagan su trabajo sin denunciar persecuciones, lawfare y demás tonterías?

La política requiere algún sentido, no necesariamente racional. Mucha gente ha padecido y muerto por cuestiones sin lógica tales como la raza, la religión o conspiraciones quiméricas. Un líder se define por la capacidad de llenar las mentes y los corazones de sus seguidores con contenidos que solo a él le pertenecen y que, dado el arte de la conducción, les son aceptados a pie juntillas. Por añadidura, luchar por la redención de Cristina, como parece ser este el caso, ocupa el vacío dejado por la intrascendencia de Alberto y de su gestión. Dispuestos al combate, siempre será mejor para el kirchnerismo inmolarse por ella antes que por el presidente, aunque el resultado sea el mismo en cualquiera de las dos opciones.