El sindicalismo clasista y el juego de suma cero

El conflicto en la industria del neumático nos da la pauta de que la intransigencia del sindicalismo clasista es una amenaza al diálogo maduro y constructivo.

Por Javier Boher
@cacoboher

Hace apenas unos días, tras el ataque a la vicepresidenta, leí una nota en la que el autor decía que estamos en una época difícil para la democracia. No se trata solamente de ataques institucionales o raptos autoritarios de algunos que tienen miedo, sino de algo mucho más elemental. El autor veía que se está muriendo el debate.

El debate es una pieza central en la política y en la vida cotidiana, que no tiene que ver con hablar a los gritos en un estudio de televisión para tratar de que no te corten para pasar un chivo de una pomada antihemorroidal. El debate es esencialmente un diálogo, aunque con un ida y vuelta distinto que el que se puede producir en un intercambio amistoso entre dos personas que coinciden en lo central de su pensamiento.

El debate, para ser fructífero, necesita de un supuesto que cada vez se cumple menos. Es que, incluso cuando se defienden posturas diametralmente opuestas, uno tiene que dejar un margen de duda para permitirse aceptar que el otro puede tener razón y que lo que defendemos podría llegar a estar equivocado. El debate es una forma de aprendizaje.

Hay una frase en un viejo libro de ajedrez que plantea que uno de los pilares para mejorar en el juego y hacerse más inteligente es jugar contra jugadores más inteligentes que uno. Esa máxima vale para todos los ámbitos de la vida. A partir de esa premisa, en un debate podemos encontrar gente que nos ayude a descubrir elementos en el funcionamiento del mundo que hasta ese momento hubiesen permanecido ocultos ante nuestros ojos, pero pare eso debemos aceptar que quizás el otro tenga razón y nosotros no.

Ahora bien, si esa premisa es cierta, lo opuesto también debe de serlo: mientras más bruto nuestro oponente, más brutos nos volvemos. Quizás no sea exactamente así, pero en lugar de buscar nuevas estrategias o novedosos argumentos, nos confiamos en la capacidad de vencer sin mayor esfuerzo a nuestros ocasionales contendientes.

De esa manera, convencidos de que siempre tenemos la razón, eliminando la posibilidad de que pudiésemos estar equivocados, el debate desaparece y todo se reduce a un mero griterío para ver quién tiene una capacidad pulmonar o vocal mayor. Todo se deteriora: el debate, la práctica democrática y la democracia en sí.

Esta semana recrudeció el conflicto entre el sindicato de los trabajadores de la industria del neumático y las empresas que contratan a esos trabajadores. También se conoció que finalmente, después de dos meses de bloqueos a su planta láctea, una mediana empresa de un pueblo de 550 habitantes despidió a los trabajadores que impedían el correcto desenvolvimiento de sus actividades. Todo eso es una señal de que el diálogo y el debate cada vez valen menos.

En el primero de estos casos, el sindicato (SUTNA) decidió incluso tomar una oficina en el Ministerio de Trabajo y cortar la calle porque no se reconocen sus demandas. Desde que empezó el conflicto lograron detener la producción de neumáticos en poco más de un 20% de lo que se produce anualmente, una cantidad que plantea cuánto tiempo más puede funcionar una empresa que produce un quinto menos de lo que corresponde y que además no puede comercializar sus productos libremente por los bloqueos del gremio.

La situación es insostenible, llevando a que los precios de las cubiertas se han casi cuadruplicado en apenas un año, con el costo extra que significa para el bolsillo de los trabajadores y empresas argentinas que dependen de ello.

El centro de la cuestión es en qué momento el Estado va a hacer algo para destrabar un conflicto que sólo ha escalado a lo largo de los meses y que, de resolverse a favor de los trabajadores, puede contribuir a generar un clima de inestabilidad política en el que las demandas de los sindicatos arrastren a una situación caótica en la que la fuerza prime sobre el diálogo.

El sindicato del neumático está en todo su derecho de pedir mejoras salariales (de hecho la propuesta que han recibido de las patronales es insuficiente, porque no llega a cubrir ni la mitad de la inflación prevista para el año), pero también debe entender que quizás algunas de sus otras demandas son sencillamente imposibles de cumplir.

Acá entra la madurez de los que conducen los destinos de las organizaciones políticas. ¿En qué punto se debe definir un límite a la acción política?¿En la intransigencia?¿En las consecuencias negativas para los que pretende representar?¿En los daños ocasionados al resto de la sociedad, que no forma parte pero sufre las consecuencias?.

El sindicato del neumático ha redoblado la apuesta porque en su horizonte no está el burgués derecho a tratar de vivir materialmente mejor, sino el utópico deseo de una sociedad sin clases en la que los trabajadores sean dueños de la fábrica. Están en todo su derecho de perseguir ese objetivo político, pero ¿saben los trabajadores qué puede pasar con sus puestos de trabajo si prosperan esas demandas?.

Hoy el conflicto obedece, básicamente, a que nadie quiere escuchar al otro y aceptar que quizás está equivocado. Nadie tiene voluntad de resignar nada en la negociación, creyendo que se trata de un juego de suma cero en el que solamente se puede ganar si el otro pierde.

Pero no.

La democracia no es un juego de suma cero, sino uno de suma positiva, en el que todos los que participan de los intercambios, las negociaciones, los debates o el diálogo tienen que estar dispuestos a ceder en sus deseos entendiendo que haciéndolo estarían mejor que como están. Quizás no ganarían todo lo que quieren, pero ganando algo pueden permitir que el otro también lo haga, y a partir de allí sentar las bases para ganar más. Pero para eso primero hay que aceptar que uno puede no tener la razón.