Para tararear con los ojos cerrados

En 1970, como parte del disco “Bridge Over Troubled Water”, el dúo Simon & Garfunkel grabó una versión de la melodía más conocida de la zarzuela peruana “El Cóndor Pasa”, con la letra en inglés y los arreglos del argentino Jorge Milchberg, fallecido hace algunos días a los 93 años.

J.C. Maraddón

En los países de habla hispana, en la segunda mitad del siglo diecinueve cobró gran auge el género de la zarzuela, que llevaba algunas centurias ya de vigencia en España pero que ese momento se expandió también en América y dio lugar a la aparición de adaptaciones locales de ese formato. Asociada desde sus orígenes con puestas en escena musicales (que tenían partes instrumentales y partes cantadas), se la asimiló en su apogeo a la opereta, aunque en realidad poseía características propias que se arraigaban en la tradición ibérica y que desde allí fluyeron hacia los territorios que alguna vez fueron colonias.

Desde que su duración se acotó a una hora, el género se tornó sumamente popular, en una época en la que los grandes medios de entretenimiento audiovisuales modernos como el cine o la televisión todavía no habían impuesto su reinado. Es así como el florecimiento de la zarzuela se produjo en las primeras décadas del siglo veinte, cuando se estrenaron algunos de sus títulos más renombrados, como por ejemplo “Doña Francisquita”, que estaba basada en un texto original de Lope de Vega y que fue calificada como “comedia lírica”, para subrayar el vínculo existente con el por entonces aclamado espectáculo de la ópera.

La presencia de la zarzuela en la Argentina de aquella época es preeminente, a tal punto que se la considera el origen de tendencias escénicas locales como el sainete y hasta el teatro de revistas. Tan temprano como en abril de 1894 llegó al teatro Rivadavia de Buenos Aires “La verbena de la paloma”, cuyo éxito fue tan rotundo que, además de las funciones con el elenco oficial venido desde España, comenzó a ser representada en simultáneo en diferentes salas por otros intérpretes, lo que derivó en un fenómeno de una popularidad en todo el país desconocido hasta entonces.

Lo mismo que ocurría por aquí, acontecía en Cuba y Venezuela, donde arribaban con enorme suceso compañías españolas y a su paso sembraban la influencia sobre los artistas americanos que encontraban allí la fuente de inspiración para futuros emprendimientos propios. En Lima, sin ir más lejos, sobre música del peruano Daniel Alomía Robles y libretos de su compatriota Julio de La Paz, debutó en 1913 “El cóndor pasa…”, una zarzuela ambientada en un emprendimiento minero de los Andes, donde se siguen las desventuras de Ruperto, un trabajador sometido al yugo de una tarea que le consume la vida.

De esa obra, lo que ha sobrevivido en la memoria universal es una melodía que emerge de la música andina, y que es el resultado de las investigaciones que realizó Daniel Alomía Robles sobre los sonidos ancestrales de esa región. El pegadizo tramo de “El cóndor pasa” iba a ser adaptado e interpretado por el charanguista argentino radicado en Francia Jorge Milchberg, quien junto a su grupo Los Incas tocó esa canción en 1965 en un teatro parisino donde también se encontraba el cantante estadounidense Paul Simon. Prendado del tema, el  cantautor folk vislumbró la posibilidad de incorporarlo a su repertorio.

En 1970, como parte de su consagratorio disco “Bridge Over Troubled Water”, el dúo Simon & Garfunkel la grabó bajo el título “El Condor Pasa (If I Could)”, con la letra traducida al inglés pero respetando los arreglos de Milchberg, quien falleció hace algunos días a la edad de 93 años. De un híbrido surgido al mezclar la zarzuela española con los sones de herencia incaica, que luego fue refinado por un instrumentista argentino y grabado por vocalistas de Estados Unidos, surgió ese himno que todos reconocemos y somos capaces de tararear con los ojos cerrados.