Los ajustaditos de la Rosada

El curioso atuendo de la portavoz presidencial nos da una pauta de que finalmente el gobierno ha empezado a reconocerse como una murga.

Por Javier Boher
@cacoboher

En febrero hay un símbolo inequívoco de que uno está en presencia de un kirchnerista: defiende a las murgas. Tal vez por abrazar todas las expresiones del pueblo de manera acrítica es que convirtieron a la práctica de la batucada, el color y los bailes a saltitos en un fetiche que define la pertenencia a los sectores populares de la sociedad.

No todos tenemos la suerte de deleitarnos con bombo, redoblante, pito y tambor, así que preferimos pasar de largo cuando escuchamos un despliegue musical semejante, que no es peor que el espectáculo visual que significa esa gente entrada en años saltando con la cara pintada y con lentejuelas bordadas en la espalda de una levita de acetato.

Pese al decadente espectáculo que brindan -y acá es una cuestión de gustos absolutamente personales, que puede no compartir quien lee- mucha gente disfruta esos momentos de alegría casi primitiva. No es fácil divertirse en Argentina en estos tiempos, así que cualquier cosa que haga feliz a la gente está bien.

Tal vez por eso la vocera presidencial Gabriela Cerruti decidió acompañar al presidente durante su periplo neoyorquino vistiendo lo que parece el traje de un murguero que reivindica al carnaval carioca con la verdeamarela de Brasil o el de un payaso de un circo en el que hasta chocaron todas las motos del globo de la muerte.

El kirchnerismo ha sabido cultivar una estética que ha empeorado significativamente en los últimos años. Su alejamiento de la realidad les impide darse cuenta, siquiera, del papelón que hacen cuando recurren a tales ropajes.

Por ese parecido entre el atuendo de Cerruti y el de un murguero es que me puse a pensar en que este gobierno defendió tanto a las murgas que finalmente se terminó convirtiendo en uno. ¿A quién le correspondería cada lugar en una organización de ese tipo, que sale en carnaval a expresar su alegría para tristeza de los vecinos a los que les es ajeno tal espectáculo?.

Como tal expresión artística me es absolutamente ajena es que he decidido valerme de la bibliografía adecuada para construir una nota como esta: Wikipedia. La enciclopedia colaborativa dice que “Las murgas actuales están integradas por 13 cantantes, un director y la batería de murga compuesta por un bombo, un platillo y un redoblante, los únicos instrumentos permitidos, los cuales no tienen notas. El tono para afinar lo da, con su voz, el director del conjunto, de quien se presume tiene un oído privilegiado”.

Supongo que se imaginará el lector por dónde vamos a empezar, por el director del conjunto que maneja a los restantes miembros con su voz por tener “un oído privilegiado”. Nuestro Bob Dylan ensamblado en Tierra del Fuego es el conductor del conjunto que a sus órdenes parece necesitar a un Pichirica que les diga que son todas Rosalías que van a contramano.

El presidente no está en las mejores condiciones físicas como para ir marcando el ritmo, pese a que si se cae, se levanta, porque lo importante en esta vida es hacer lo que se le canta. En realidad no era así la canción, pero así se ha tomado el director el rumbo de su murga.

Tal vez por eso hay una exconductora que quiere recuperar el lugar central, ya que era conocida por conducir “Los desviadores de la Patagonia”, aunque también apareció en escena el conductor de “Los Renovadores del Tigre” para tratar de que todos puedan marchar al mismo ritmo.

No conozco muy bien cómo funciona el tema de los instrumentos en una murga, pero por el escándalo que hacen los platillos quizás ese sea el lugar de la vocera, que siempre queda bien al frente cuando mete la pata en conferencia de prensa, como cada vez que esquiva preguntas. O peor, cuando se queja de la falta de paridad de género porque el sorteo con el que se reparten las preguntas da que pregunte una mayoría de hombres.

Al bombo, al pulso, lo están marcando entre el ministro de Economía -el que quiere pasar a conducir- y el de Seguridad. Entre la inflación que acelera el ritmo al que se deprecian los pesos, y los delitos que obligan a correr para no ser alcanzado por los delincuentes, son los dos grandes temas que marcan el ritmo al que tiene que marchar todo un gobierno que no sabe muy bien qué hacer.

Los que saltan y bailan le meten un poco de juego, varían un poco las cosas en el medio. Ahí lo podemos tener al Canciller confundiendo banderas, fechas o idiomas, haciendo sus saltos y morisquetas que tienen tan entretenidos a los que ya se ríen por cualquier cosa.

También puede ser que esté la ministra de Salud, que se viste con botas de distinto par para que todos miremos por un segundo ese tipo de payasadas. Ella es la alegría de la fiesta, si una vez incluso llevó a la payasa Filomena para que nos cuente sobre el Covid.

Podríamos pensar en el Secretario de Comercio Matías Tombolini, el mismo que anduvo saltando y tirando piruetas para esquivar el enojo de los kioskeros que no pueden vender figuritas. Como no hay nada más importante el tipo nos divierte con ese tipo de cosas.

Lo verdaderamente importante es que la transformación ya está en marcha. Finalmente han decidido abrazar su verdadera identidad y hacerse cargo de eso que ya está en boca de todos. Son una murga que hace rato actúa como una. Ahora tan sólo empezaron a ponerse la ropa.