Pesadillas que se hacen realidad

Anunciada recién para 2024 la continuación de “El juego del calamar”, a Netflix no se le podía ocurrir peor idea que convocar a participantes de todo el mundo para un reality show inspirado en la serie, que tendrá una recompensa de más de cuatro millones de dólares para el ganador.

J.C. Maraddón

Los reality shows, que coparon con fuerza la audiencia televisiva en los albores de este tercer milenio, encarnaban las peores pesadillas de las sociedades de control, con participantes dispuestos a todo con tal de seguir en carrera, seguidos en detalle por cámaras y micrófonos que hacen las veces de panóptico. El formato no tardó demasiado en hacerse fuerte en la Argentina, donde en el aquel infausto año 2001 desembarcó la franquicia local de “Gran hermano” y distrajo con sus alternativas la atención de millones de televidentes que soportaban el caos de una economía a punto de estallar en mil pedazos.

En general, estos concursos estaban destinados a poner en evidencia las peores cualidades de los seres humanos, como el individualismo, la egolatría y la ambición. De hecho, los triunfadores de estas competencias fomentaban en el público un sentimiento de amor/odio, basado en su perseverancia y en su capacidad para mentir, traicionar y simular. Tal exhibición obscena de atrocidades despertaba el interés de una porción nada despreciable de la población, que se entregaba a esa conducta adictiva de seguir la convivencia de esas personas durante las 24 horas del día, aunque hubiera una sospecha acerca de la existencia de un guion por detrás de lo que se veía en pantalla.

Después de observar la evolución de este tipo de productos, que representan uno de los recursos más bajos entre aquellos a los que ha apelado la TV para no sucumbir, podía inferirse que ya no habría límites para la imaginación y que cualquier cosa era posible dentro de esta modalidad de programas. Los niveles de crueldad y atrevimiento se fueron incrementado durante las últimas dos décadas, porque los espectadores ya no se conformaban con lo que habían visto hasta ese momento y exigían más y más, como los romanos pedían más esclavos arrojados a los leones.

La primera temporada de la serie coreana “El juego del calamar”, que el año pasado tuvo un estreno consagratorio en Netflix, fue más que explícita al respecto, porque en su trama de ficción, a los concursantes que perdían se los castigaba con la muerte. Y los que estaban dispuestos a correr ese riesgo no lo hacían sólo por el ansia de victoria, sino porque necesitaban obtener el premio, consistente en una fortuna en efectivo, para saldar sus deudas. Si no lo conseguían, no les importaba demasiado perecer en el intento, porque seguir vivos significaba prolongar su calvario.

Anunciada recién para 2024 la continuación de la tira, a Netflix no se le podía ocurrir peor estrategia que convocar a participantes de todo el mundo para “El juego del calamar: El desafío”, un reality show de la plataforma de streaming que se escenificará en el Reino Unido y que tendrá una recompensa de más de cuatro millones de dólares para el ganador. El llamado se dio a conocer a través de un video subido a la cuenta de YouTube de Netflix y, como no podía ser de otra manera, cosechó innumerables inscriptos que buscan obtener notoriedad y una retribución económica como premio para su audacia.

Este anuncio no sólo corrobora que la fiebre por esta clase de producciones no se limita a las necesidades de la televisión abierta; también contribuye a derribar la postura crítica y el mensaje de denuncia que ensayaba la serie original en su argumento. La idea de reclutar personas dispuestas a caer abatidas a cambio de una paga generosa, no dejaba de ser una metáfora por demás cruenta acerca de lo alienados que estamos en este mundo que transforma a cada uno de nosotros en partícipe del más salvaje de los reality shows: la supervivencia cotidiana.