Massa quiere cerrar el gobierno

Los rumores de que Massa quiere impulsar un shutdown, como cada vez que en Estados Unidos no aprueban un presupuesto, pasa por alto los condicionantes locales.

Por Javier Boher
@cacoboher

Sergio Massa es un hombre extraño. Después de convertirse en un muerto político tras las legislativas de 2017 decidió sumarse al Frente de Todos para las generales de 2019 y tratar de volver a tener una chance. Hoy es un zombie, un muerto vivo que camina; se mueve como un vivo pero no parece aún haber dejado de estar fenecido.

En sus intentos por recuperar la vitalidad hace todo tipo de pruebas que le permitan dar signos de que no es solo un cadáver menos tieso, sino un ser con voluntad como para recuperar centralidad en la política del espectro peronista. Nadie lo ve kirchnerista, ni siquiera siendo el último chiche superministerial con el que la coalición armada por Cristina Kirchner trata de salvarse del descenso.

En ese sentido Massa muestra otra vez ser un producto de los ‘90, un viejo cuadro de la UceDé que añora los tiempos de la frivolidad menemista y el consumo barato, un liberal engañoso, de los defensores del mercado conchabando a amigos en tongos con Estado. Ese es su perfil, del tipo que en los ‘90 usaba short de jeans cortados y bandana con las barras y estrellas de la bandera norteamericana.

Tal vez por eso le gusta copiar modos y formas propias de la potencia del norte, un circo performativo en el que todos los políticos son actores que quieren sumar más puntos en las encuestas. Es la democracia representativa más vieja del mundo, pero también una en la que los actos que se pueden comunicar le ganaron mucho espacio a la política del hacer.

Ellos saben, desde los tiempos en los que sólo existían imprentas que entregaban diarios a una semana de haber sido impresos, que la opinión pública que se construía a partir de los que se escribía en los medios de comunicación era fundamental para definir el éxito o el fracaso de una política.

Ese convencimiento fue lo que llevó a Jimmy Carter a imponer el primer cierre de gobierno en Estados Unidos. En 1980, con problemas para negociar el presupuesto con los republicanos, el entonces presidente decidió forzar la interpretación de una ley y cerrar todas las dependencias federales no esenciales a los fines de hacer explícito qué significaba que la oposición no apruebe el presupuesto.

Carter quería generar una corriente de opinión pública contraria a lo lejano que se veía el bloqueo parlamentario. Significaba que algunas personas se quedaran sin trabajo (algo que se puede hacer con las flexibles leyes laborales norteamericanas), que se cerraran las atracciones como museos o parques nacionales o que se cortara la televisión pública. Quería que la gente viera qué pasa cuando no hay cooperación.

Hay algunos que han deslizado la posibilidad de que Massa intente ir por un cierre del gobierno si la oposición logra frenar el presupuesto por segundo año consecutivo. La primera vez se resolvió con un decreto, una herramienta a la que no podrían recurrir esta vez (y la que no deberían haber usado tampoco antes, para ser sinceros).

El cierre del gobierno que querría usar Massa es demasiado elevado para la cultura política del ciudadano argentino promedio. ¿Cómo se supone que interprete que le digan que el gobierno interrumpe sus funciones? No hay que jugar con esas cosas, habida cuenta de que no son pocos los que están esperando que el gobierno de los Fernández y compañía se declare en bancarrota y salga del mercado.

Parte de la idea de Massa es presionar a la oposición para que cargue con la responsabilidad de que el Estado deje de prestar servicios. Ahora bien, ¿están seguros de que hay tantas cosas como para que la gente note su ausencia?.

Durante los meses de la cuarentena más larga del mundo los empleados públicos prácticamente no trabajaron, por más que les guste eso de que hacían home office y demás. Casi todos los edificios estaban cerrados y muchos trámites se resolvían sin intervención humana. Así como encerrar a la gente permitió que la naturaleza volviera a florecer, también permitió que la libre organización humana demuestre lo innecesaria de buena parte de la burocracia. Nadie extrañó a los empleados públicos, salvo las panaderías que vieron reducirse drásticamente su producción de criollos para las dependencias del Estado.

Salud, seguridad y educación son provinciales, así que no cerrarían. Las empresas del Estado son autárquicas, así que tampoco deberían cerrar. ¿Quiénes dejarían de ir?¿los mozos de Casa Rosada?¿los ministros de género, ambiente, trabajo, justicia y demás cuentos fantásticos?¿los peluqueros de la primera dama?.

Cerrar el gobierno es lo que espera muchísima gente que está podrida de que se le rían en la cara con los impuestos que le cobran y con los eternos trámites que se necesita para todo. Si Massa consiguiera tal evento, hay que ver cuánta gente estaría dispuesta a reabrirlo después.

La salida a este entuerto debe ser negociada entre oficialismo y oposición. El primero no puede querer imponer un dibujo imposible que les asegure que después el Jefe de Gabinete va a redistribuir partidas a discreción, mientras la segunda debe entender que un quiebre del orden puede perjudicar sus propias chances para 2023 (como demostró al dejar las cosas casi intactas en cuanto a la prórroga de impuestos que se votó la semana pasada).

Cerrar el gobierno sería una parte más de esas puestas en escena de corte norteamericano que tanto le gustan a Massa, un señor medio muerto que trata de demostrarle a todo el mundo que sigue siendo un vivo que aún está vivito y coleando.