Suárez, el sedicioso

EL kirchnerismo insiste con sus referencias a la ruptura del orden constitucional y a la violencia política, pero todo es sobreactuación de gente que no sabe actuar.

Por Javier Boher

¡Buen día, amigo lector! ¿Ya le han designado cuál será su unidad de combate? Que no escuchó nada? Bueno, entonces permítame ponerlo al tanto: de alguna manera terminamos cayendo en una situación como las que Argentina vivía en el siglo XIX: asonadas radicales y riesgo de guerra civil. Créame cuando le digo que acá el tiempo va para atrás.

Resulta que hay algunos tipejos que parecen esperando a que empiecen a volar los chispazos y que esto se vaya al diablo. Le puedo asegurar que, en medio de esta malaria, más de uno debe estar esperando a darle de comer plomo a otros para dejar de comer polenta ellos. Pero no tenga ninguna duda de que nosotros estaríamos del lado que pierda, el de la cordura.

La semana pasada salió Firmenich y salió a decir que la ausencia de contrato social es caldo de cultivo para una guerra civil, y ahí nomás tiró que esto es culpa de la democracia liberal. La única alternativa que se me ocurre a hacer un pacto social que conforme un Estado Civil y que no sea como la democracia liberal lockeana es el absolutismo hobbesiano, con un Leviatán que nos obligue a todos a hacer lo que supone es mejor para todos. Si lo pensamos bien puede ser un poco como los comunismos que tanto le gustan.

El sábado hubo otro que cayó a la fiesta sin avisar, con algunas declaraciones también antipáticas sobre la guerra civil. Fue el exjefe del Ejército y empresario de pancherías, César Milani, el que dijo que se están generando las condiciones para un baño de sangre.

No me quiero poner insistente con las referencias al justicialismo, pero es notable cómo les gusta señalar que el baño de sangre es inminente. Ya se lo escuchamos a estos dos últimos, al zabeca de Banfield, al piquetero papal y a tantos otros que dicen venir por la paz y meten presión para que todo el país se sumerja en el caos. Son como el Gran Hermano, que la Guerra es Paz.

Por suerte no pasa tanto tiempo hasta que nos damos cuenta de que todo es una payasada, el deseo de gente a la que ya se le pasó el cuarto de hora. ¿Cómo nos damos cuenta? Por el hecho de que una diputada decide denunciar por sedición al gobernador mendocino Rodolfo Suárez. Le juro que me encantaría ponerle algún apodo, pero aunque la provincia cuyana es un actor relevante en la política nacional el tipo es menos conocido que el creador del café con leche.

Hace tiempo que venimos renegando con la judicialización de la política, estimado, pero esto es una payasada increíble, especialmente porque la denunciante es diputada nacional por Mendoza y quiere hacer un poquito de política cuyana usando el amplificador de tener una banca en el Congreso Nacional.

Le digo, estimado, que me resulta llamativo que en la denuncia no haya incluido al gobernador de Jujuy. Entiendo que en el racismo de más de un compatriota Jujuy queda en Bolivia, pero la realidad es que está adentro de Argentina, con un gobernador que se quiere sentar a twittear desde el sillón de Rivadavia.

La otra cosa que es simpática es eso de decir que un radical puede querer participar de una asonada, de un acto de sedición en contra de las formas republicanas. A eso lo dejaron allá lejos en los tiempos en los que todavía no había autos en las calles, sino carros tirados por caballos. Quizás me fui muy lejos, pero de los hermanos Kennedy para acá (los que se levantaron en Entre Ríos contra la dictadura de 1930) creo que no quedan más radicales de armas tomar.

Es como dice el dicho, que este país es el único en el que los radicales son moderados.

Imagine por un momento al regimiento cordobés participando de un levantamiento en contra del orden institucional: no hay que mover ni un dedo para frenarlos, porque los radicales cordobeses se agarrarían a tiros entre ellos para ver quién va a ser el que haga declaraciones a la prensa.

A eso se lo estoy exagerando, amigo lector, porque al menos los radicales hacen la mímica de querer cuidar las instituciones. Después te reivindican a un Yrigoyen que era igual de demócrata que los kirchneristas y uno se da cuenta de que se ponen la pilcha para levantar, pero les queda incómoda cuando finalmente les dieron bola.

La verdad, estimado, que esto de creer que alguien más allá del gobierno está queriendo romper el pacto social, desconocer el orden institucional y sumergirnos a todos en un estado fallido es tocar un nuevo extremo de inocencia política. Tanto se esforzaron por poner un relato único de lo que es ser argentino que casi no dejaron a nadie ahí adentro. Menos mal que hay un mundial cada cuatro años, porque sino casi que ni nos acordaríamos de lo que es compartir un proyecto de país en este pedazo de tierra.

La verdad, estimado, que no hay que ponerse tan locos con todo esto. Son exageraciones de gente que no termina de aceptar que está más pasada de moda que las zapatillas flecha y las camperas de jean con corderito. Son aquel al que todos vieron pasarse de rosca en una fiesta, dejando de ser el que divertía a todos para pasar a ser el que hace locuras peligrosas.

Ya no hay que darle tanta bola a esto, estimado. Hay que seguir para adelante sin distraerse con la política de poca monta que nos regala gente que cada vez está más desorientada. Porque si son capaces de sacarse fotos inaugurando canillas, toda la vara para medir lo que está bien y lo que está mal está completamente dañada.

Tenga buena semana.