La esquizofrenia económica de Alberto Fernández

“Lean mis labios”, supo decir George H. Bush para enfatizar que no aumentaría los impuestos durante su gestión. Fernández puede parafrasearlo: “lean los míos”; cualquiera se dará cuenta de que nada ha cambiado. Sigue encabezando un proyecto estatista y arbitrario, capaz de ahuyentar a los más entusiastas pese a los afanes de Massa.

Por Pablo Esteban Dávila

Mientras Sergio Massa hace lo imposible para tratar de ordenar la macroeconomía y convencer al FMI y los Estados Unidos de que una nueva etapa ha comenzado en la Argentina, el presidente se empeña en enviar mensajes totalmente opuestos a los afanes de su ministro de Economía.

El martes, casi cuando Massa intentaba quitarse el jet lag de su visita a Washington, Alberto Fernández anunciaba, junto al ministro Gabriel Katopodis, que había firmado un decreto donde encomienda al Ministerio de Obras Púbicas “iniciar una acción que busca la nulidad” de los contratos de concesión de las autopistas de los accesos Norte y Oeste, renegociados durante el gobierno de Mauricio Macri. El tecnicismo esconde el último propósito del anuncio: la estatización de ambas autopistas, actualmente en manos del grupo español Abertis.

Fernández se vale de un argumento tantas veces transitado: que el macrismo renegoció fraudulentamente un contrato de concesión para beneficiar a amigos. Se deja traslucir que una de las vías en cuestión (la gestionada por la firma Autopistas del Sol) perteneció al grupo Macri y que, por ello, la cuestión es doblemente repudiable. No interesa que este grupo se haya retirado hace mucho del negocio y que el expresidente se haya excusado de intervenir en su momento; el argumento ad hominem, para el kircherismo, es inapelable.

Para los inversores los contratos son sagrados. Cuando, de buenas a primeras, es el gobierno el primero en violarlos cuando, en realidad, se espera que sea el último garante de ellos, la inversión se espanta. El kichnerismo es un auténtico experto en la materia. Desde el 2003 no ha dejado área de la economía sin quebrantar acuerdos preexistentes. Estatizó empresas, revocó concesiones o cambió reglas de juego con una temeraria arbitrariedad. Culpa de estos excesos el país tuvo que pagar juicios multimillonarios en el CIADI o en tribunales extranjeros. El caso más recordado es el de YPF que, tras la bravuconada de Axel Kicillof sobre que no se le pagaría un peso a Repsol, terminó costando casi seis mil millones de dólares. En la actualidad, la cotización bursátil de la petrolera no llega a un tercio de aquel valor.

Debe recordarse que, sin inversión, no hay empleo genuino ni producción. Hace años que la Argentina no recibe un dólar del exterior por este concepto. Los que llegan lo hacen a través de regímenes especiales, como el petróleo y la minería y, aun así, a cuentagotas. El campo argentino, quizá el mayor inversor nacional considerado en su conjunto es uno de los sectores más maltratados por el gobierno, tanto en términos impositivos como políticos.

Massa es consciente de este lastre. Por obvias razones no puede denunciarlo abiertamente, pero está intentando desarticular la prosapia antimercado que ha exhibido impúdicamente el kirchnerismo desde sus orígenes. Solo así podrá lograr que Kristalina Giorgeva continúe haciéndose la distraída respecto a los incumplimientos argentinos hacia el Fondo y que alguna multinacional decida, alguna vez, volver a meter algo de dinero en el país.

Por tal motivo llama la atención la movida del presidente en un tema tan sensible como lo es una concesión vial dentro del azaroso marco que brinda una economía inflacionaria y con tarifas pesificadas. ¿Estaba al tanto Massa de este anuncio? ¿Lo habían consensuado antes? ¿O Alberto se lo ocultó deliberadamente?

Cualquiera de estas posibilidades es ominosa. Si Massa efectivamente conocía el tema y no hizo nada por impedirlo, debe colegirse que no obró en la dirección que públicamente dice seguir. Y si, por el contrario, fue Fernández el que lo impulsó sin el consenso de su ministro, entonces es de suponer que el presidente persigue objetivos muy diferentes a los de aquel. Parece la punta del iceberg de futuros desencuentros en materia económica, del tipo al que el Frente de Todos nos tiene acostumbrados. En todo caso, es una muestra de auténtica esquizofrenia económica.

Es altamente probable que la interposición de “una acción de lesividad con el objeto de obtener la declaración judicial de nulidad” de los contratos objetados por Fernández quede en nada. Son demasiadas las instancias que deberá recorrer el expediente y muy poco el tiempo efectivo que le queda a la actual administración. Sin embargo, es una señal de que el ADN del oficialismo no se ha modificado pese al giro ortodoxo que ha supuesto la llegada expresidente de Diputados al gabinete. Y ya se sabe lo que esto significa: mayor hostilidad hacia el capital extranjero, desprecio por la seguridad jurídica e intervencionismo estatal bajo cualquier pretexto.

Este es un combo que ha producido una catástrofe en las últimas dos décadas. Hacer negocios en la Argentina es una tarea muy complicada. No solo por la maraña de impuestos que cualquier empresario debe enfrentar, sino por la telaraña de regulaciones, trabas y burocracia que condicionan severamente el desarrollo de casi todas las actividades productivas. Solo la creación de empleo estatal se ha salvado de este galimatías. Este es un logro del populismo que le cuesta mucho dinero a los contribuyentes a cambio de muy poco.

A Fernández le gustaba decir que la mejor manera de pagar las deudas era creciendo. Linda frase que, en realidad, no dice gran cosa. Porque para crecer primero hay que pagar las deudas, cumplir los contratos y dar estabilidad. De lo contrario nadie invierte. Y, vale repetir, no hay crecimiento sin inversión. Esto lo sabe cualquiera, excepto los estrategas del Frente de Todos acostumbrados a blandir el garrote ante los capitalistas.

Lean mis labios, supo decir George Bush para asegurar que no aumentaría los impuestos durante su gestión. Fernández puede parafrasearlo: “lean los míos” para darse cuenta de que nada ha cambiado. Sigue encabezando un proyecto estatista y arbitrario, capaz de ahuyentar a los más entusiastas.