Los méritos del kirchnerismo

Otra vez vuelve a ser noticia el desprecio que tiene el kirchnerismo por las carreras dignas de reconocimiento, premiando a los leales por sobre los idóneos.

Por Javier Boher
@cacoboher

La idea de mérito es algo que se aprende desde chico. No es tan simple, porque el punto de partida (la casa en la que uno se cría) es distinto para todos. Hay condiciones de desigualdad que hacen que se descrea del valor del esfuerzo para la obtención del reconocimiento.

En ese sentido la escuela es una gran aliada para la construcción de la noción de mérito. Aunque pueda llegar a haber algún que otro favoritismo ocasional por parte de los docentes, toda la idea misma de la escuela está construida a partir de la noción del progreso y el reconocimiento vinculados al esfuerzo. Por eso porta la bandera el que hizo mérito académico, no el que lleva los mejores sándwiches de milanesa a las excursiones.

Aunque esos valores siempre estuvieron presentes a mi alrededor, la primera sistematización de la noción del mérito y su función social llegó a mí a través de la lectura de las obras de José Ingenieros, con la trilogía más relevante que haya decidido leer (perdón señor Tolkien, donde quiera que esté). El hombre mediocre, Las fuerzas morales y Hacia una moral sin dogmas remacharon esas ideas preexistentes sobre el mérito, conjugándolas en un blend extraño con el positivismo, el liberalismo y el socialismo.

Aquellas lecturas fueron allá por 2002, antes de terminar el secundario y antes de que llegue el kirchnerismo al poder. Incluso con la experiencia de la corrupción de los ‘90, la idea del mérito y el esfuerzo individual como herramienta de superación seguía empujando a las personas. Había amigos del poder que se hicieron ricos sin mérito; por eso ocho de cada diez argentinos le dio la espalda a Menem cuando intentó llegar a la tercera presidencia (“la histórica”, como decía el spot).

Sin embargo, lo que vino después no significó un enaltecimiento del mérito, sino todo lo contrario. La mirada especial del kirchnerismo vio a personas desprotegidas o inválidas en cada voto que pudieran comprar con algún plan. Poco a poco fue horadando la idea de mérito que el liberalismo del siglo XIX había cincelado en piedra y que había sido sostenida por tantos otros en el tiempo.

A lo largo de veinte años vimos todo tipo de ascensos meteóricos por la cercanía al matrimonio santacruceño. Chofer, jardinero o empleado bancario que de golpe se convirtieron en millonarios. Funcionarios de cuarta o quinta línea que se enriquecían, mientras los de primera línea hacían agua porque no sabían desempeñar sus funciones.

Casualmente fue anteayer cuando se viralizó un video de Axel Kicillof, economista, diciendo que el no toma decisiones políticas con la calculadora ni mirando la viabilidad económica de una obra. Así gestionó la economía del país cuando le tocó, tratando de esconder sus pobres resultados diciendo que no medía la pobreza para no estigmatizar a los pobres. No se van a enriquecer de palabra, porque ni las curanderas tienen tal poder en su boca.

También fue en estos días cuando terminó de explotar una bomba que se venía incubando desde hacía más o menos un mes. La Legislatura de la provincia de Santa Cruz decidió nombrar en el máximo tribunal a un abogado que nunca estuvo siquiera matriculado. Su mérito no es académico, pues se recibió a los tumbos promediando los 30 años. Ahora tiene 42 y siempre estuvo en la función pública, como una pieza política en el gobierno de la familia Kirchner. Su mérito es justamente ese, ser un militante amigo del heredero de la realeza que supimos conseguir.

Esa es la lógica de asignación del reconocimiento que ha usado el kirchnerismo desde que llegó al poder. No conocen otra forma que no sea el nepotismo, esa forma que tanto le supieron cuestionar al ex ministro Triaca hasta conseguir un decreto del entonces presidente Macri para ponerle un límite (el que derogaron apenas iniciado el periplo de la presidencia loteada de Fernández).

Todo Santa Cruz se maneja así desde siempre, un Far West (quizás sería más correcto matizarlo con un ‘deep south’) en el que los poderosos siempre lograron imponer su ley, incluso desde antes de la existencia del Estado.

El kirchnerismo y sus acólitos descreen de la idea del mérito porque parecen estar equivocados en la definición que les han dado. Creen que la meritocracia es un sistema en el que los ricos se quedan con los cargos de gobierno y donde acomodan a sus partidarios para manejar todos los resortes del Estado, reduciendo la calidad democrática de la república.

Esa es la mismísima definición de lo que es el ejercicio del poder en el kirchnerismo, una oligarquía oligofrénica, torpe de toda torpeza, incapaz de sostener sus privilegios salvo en lo más recóndito del país, en el bastión histórico que cada vez le cuesta más mantener. Manejan la provincia como si fuese un club de amigos que pelotea en la UCFA, no como un Estado que administra jugosas regalías que le pertenecen a todos los habitantes.

Abundan los ejemplos de personas poco capacitadas para el ejercicio de sus cargos, como cancilleres con dificultades para los idiomas; un ex ministro de Defensa al que se le perdieron un misil y varias balas; ministros de educación que defendían las escuelas cerradas; responsables de Salud que se vacunaron antes que el resto; un ministro de Seguridad que maneja un área que no pudo prevenir un ataque a la vicepresidenta… la lista podría seguir hasta el último miembro, porque -si nos guiamos por el uso coloquial del término- han hecho méritos para que los ninguneen de esa forma.