La paz de chantaje que ofrece Mayans

Los dichos de Mayans, así como los de Zaffaroni, son intentos de personificar en Cristina un sujeto histórico que se encuentra por sobre la Constitución y las leyes. Es, claramente, una falacia ad hominem, sin ninguna base racional.

Por Pablo Esteban Dávila

José Mayans es el José Luis Barrionuevo de Cristina Kirchner. Al igual que el histórico dirigente gastronómico, el senador por Formosa dice lo que todos en el kirchnerismo piensan pero que, por diferentes pruritos, no siempre se atreven a decir.

Respecto al proceso que se le sigue a la vicepresidenta en la causa Vialidad, Mayans acaba de preguntarse retóricamente: “¿Queremos paz social? Bueno, comencemos con parar este juicio vergonzoso”. Es decir que, para él, si la justicia hace su trabajo, el humor social puede convertirse en una caldera a punto de explotar con impredecibles consecuencias. Es otra variación del más pedestre “si la tocan a Cristina se va a armar quilombo” o, si se prefiere, una propuesta de paz por la vía del chantaje.

El senador es libre de decir lo que se le plazca, pero su temor no parece estar del todo justificado. Que se sepa, la mayoría de los argentinos está lejos de estallar de bronca por una eventual condena contra la vicepresidenta (probablemente todo lo contrario). Y, si su preocupación estriba en el reciente intento de magnicidio, todo indica que el lamentable suceso es más un evento de naturaleza policial que uno del tipo político.

Más allá del cacareo general sobre la grieta, los niveles de violencia política en la Argentina son muy bajos. El atentado contra Cristina es un buen ejemplo de ello. Prácticamente la totalidad de la dirigencia del país expresó su repudio por lo sucedido. Puede que muchos argentinos se encuentren realmente contaminados por las redes sociales (y de allí los peligrosísimos intentos de estructurar una policía del odio dentro de las huestes oficialistas) pero esto no significa que en la vida real existan bandas armadas dispuestas a enfrentarse en la calle a los tiros por sus ideas, como ha ocurrido en el pasado.

Además, no se explica muy bien de porqué Cristina deba estar exenta de la labor de los magistrados. Todo argentino tiene la obligación de estar a derecho, sin importar su prosapia ni sus responsabilidades públicas. Tanto Carlos Menem como Fernando de la Rúa, por mencionar ejemplos similares, se sometieron a los tribunales sin pretender estar al margen de la justicia. La reflexión, perfectamente válida, sobre si corresponde acusar ligeramente a un exmandatario por decisiones tomadas en el marco de sus responsabilidades es digna de análisis, aunque de ninguna manera debe configurar una suerte de privilegio frente a la ley. Insistir en este tipo de acusaciones deberían ser sopesadas con mayor detenimiento antes de ser denunciadas debería ser motivo de debate dentro de la clase política, aunque no podría pretenderse que la labor jurisdiccional fuera inhibida de ser estas efectivamente presentadas. Por otra parte, Vialidad no parece pertenecer a esta casuística.

Mayans probablemente considere que el 25% (es un valor aproximado) de argentinos que se dicen incondicionales de Cristina tiene una suerte de poder de veto sobre lo que ocurre con el resto de la sociedad. Esto, por supuesto, es inexacto. La democracia provee remedios institucionales para evitar que una minoría, por más intensa que fuere, reclame para sí la representación del resto del colectivo político. Para ello está el voto popular y el Congreso. La libertad de reunión es una garantía constitucional muy importante, pero no sublima al resto de los poderes ni les impide actuar conforme a la ley.

Estos son conceptos de Perogrullo y no merecerían tan siquiera mencionarlos. No obstante, la obcecación kirchnerista por el Lawfare y la supuesta persecución judicial hacia Cristina le imprimen el carácter de un catecismo laico.

El reciente atentado ha agregado su cuota de dramatismo a las profecías oficialistas sobre lo que ocasiona el odio, un sentimiento que solo es profesado por la oposición. Se sabe que el kirchnerismo tiene un alto concepto de sí respecto de sus propias pasiones, entre las que prima el amor. No importa los dichos de Néstor, Hebe de Bonafini, Juan Grabois y un par de cientos de referentes K respecto de quienes no piensan como ellos, la derecha o los neoliberales incluidos; los que odian son siempre los demás. El señor Sabag Montiel gatilló un arma sobre Cristina impulsado por este sentimiento terrible tan propio de gorilas y opositores sin alma. Es un epifenómeno de pulsiones inconfesables.

Pensar de este modo no deja de ser una sociología berreta. Mucha gente detesta a otros tanta otra sin estar dirimiendo sus diferencias a los tiros. Los sistemas sociales modernos son auténticas máquinas de procesamiento del conflicto y allí reside su fortaleza sobre los totalitarismos o las tiranías, en donde el disenso es combatido con la tortura o la cárcel. Deducir de los actos de un delirante (y tal vez de los de su pareja) una conspiración es hacer decir a los hechos lo que estos callan.

Quizá la posición más coherente sea la del exjuez supremo Raúl Zaffaroni, quién propuso indultar a la expresidenta y terminar de este modo con las ideas peregrinas que campean en el Frente de Todos. Los que se oponen a la idea argumentan que, previo al indulto, el interesado debe estar condenado, pero olvidan que Menem lo hizo con militares y terroristas cuando muchos de los procesos en su contra todavía se estaban ventilando. Por supuesto que hacer una cosa semejante tendría un costo para Alberto Fernández, pero el presidente ya no tiene nada que perder. Eso sí, Cristina no podría protestar, en adelante, ser víctima de ninguna persecución ni pretender ser absuelta por la historia. El indulto no es para los inocentes.

Los dichos de Mayans, así como los de Zaffaroni, son intentos de personificar en Cristina un sujeto histórico que se encuentra por sobre la Constitución y las leyes. Es una falacia ad hominem sin rigor científico. Se fundamentan en las políticas redentoras que ella supo llevar adelante y en las multitudinarias manifestaciones que sus militantes realizan para manifestarle su apoyo. ¿Qué otro líder puede reclamar tanto amor popular? Olvidan, por supuesto, que la democracia, como señalaba Borges, es el abuso de las estadísticas. Y estas indican que, en las últimas elecciones (para no caer en la tentación de las encuestas) el gobierno que la vicepresidenta integra cayó por paliza. Ni privilegios ni mayorías; el kirchnerismo debería acabar con sus sueños de redención antes de que la realidad electoral se desplome sobre sus cabezas.