La educación es una farsa

Otra jornada de paro docente deja a la vista que la educación no le interesa a los docentes, a los sindicalistas, a los políticos y a muchos padres. Qué tragedia para los niños.

Por Javier Boher
@cacoboher

Iba a escribir sobre la innovadora idea de Sergio Massa de poner distintos tipos de cambio, pero deberá quedar postergada para otro momento. Ya tenía más o menos un tercio de la nota lista cuando me levanté del escritorio para ir a buscar a mis hijos a la escuela. Otra vez una hora menos de clases por asamblea docente…

La situación de la docencia en el país es desastrosa. La pandemia no solo se encargó de hacer más burros a los chicos y menos dedicados a los docentes, sino que dejó secuelas psicológicas en toda la comunidad educativa y una terrible licuación del sueldo de los que se sentían unos piolas bárbaros porque mandaban una tarea por whatsapp cada quince días sin salir de la cama.

El atraso salarial para el trabajo docente es una realidad dura y concreta, que afecta directamente a los que perciben los salarios de miseria como a los alumnos que dejan de tener clases cuando hay paro. ¿Quiénes no se perjudican? Los sindicalistas que tienen un pie en los dos lados del mostrador, una herencia del país corporativista con el que siempre soñaron los que idolatran a un cierto general que gobernó Argentina a mediados del siglo XX.

Es difícil saber dónde termina el Estado y dónde empieza su partido. Tienen lazos estrechísimos, que permiten que el ministro del área haya sido dirigente gremial. No se puede defender a los trabajadores pegando el salto a la patronal, que es la realidad de los docentes del sector público.

El maltrato a los docentes tiene muchas patas, pero el origen es claro: los docentes son la mayor parte del empleo público, por lo que un punto de aumento a ellos representa el mismo nivel de gasto que un aumento jugoso para los altos cargos de los que se tratan de doctor en Tribunales aunque sean poco más que “che pibes”.

Un salario inicial de un docente está apenas por encima de los $75.000, casi la mitad de lo que cobra un policía y casi lo mismo que cobra el peor contratado en la Legislatura. No llega ni de cerca a la canasta básica total y está más o menos en lo que señala el promedio de los sueldos para un trabajador en Argentina. Es la situación del maestro de mi hija, solo y a cargo de tres hijos. El diálogo que tuvimos en la puerta de la escuela es lo que me motivó a escribir esto.

No creo que hacer asamblea y paro sirva para que los políticos escuchen. Sus hijos van a las escuelas privadas en las que no se hace paro, así que es una realidad que no los toca. Los verdaderos perjudicados son los hijos de los trabajadores que dependen de la escuela pública para que sus hijos puedan romper el círculo vicioso de la pobreza, algo que además necesita de oportunidades.

De los 35 alumnos por división en el turno tarde, estadísticamente hay 23 que son pobres. Son los que más necesitan del aporte cultural y simbólico de un docente que lo inspire a buscar otra cosa. Son los que más necesitan de alguien que les lea y les despierte la imaginación, que los ayude a sacar cuentas para pelearse con sus empleadores en el futuro o que les enseñe que hay otros horizontes a los que apuntar.

En ese grupo están los que tienen padres que ganan menos que un maestro y lo mismo salen a trabajar todos los días pensando en el ejemplo que le dan a sus hijos, a pesar de que no les alcanza la plata, a que están en negro o a que no saben cuándo les toca trabajar de nuevo.

El maestro tiene razón en su reclamo, pero no corresponde que los chicos sean los que paguen las consecuencias de una pésima gestión educativa. Por eso tuvimos un amistoso diálogo… sobre el final del mismo, porque en un momento previo las cosas se pusieron tensas. Hubo asamblea docente, pero sólo para pegar carteles politizando a los niños y volver más temprano a casa.

Otra maestra que estaba en la puerta de la escuela quiso intervenir citando a Paulo Freire, una de las mayores estafas educativas en la historia de las influencias sobre la política educativa argentina. Eso indica que no lee desde que salió del magisterio, que su cursado fue de un progresismo arcaico y embrutecedor, que nadie la evalúa en sus rendimientos y que cree que puede intimidar a los padres con culticias. Una desgracia.

Hablar de política al frente de los niños es como hablar de sexo, de homicidios o cualquier tema similar: no corresponde, porque hay que resguardarlos de ciertos temas propios de la vida adulta. Ya van a tener tiempo de enojarse con una clase dirigente que sólo sirve para sacarse fotos adhiriendo a algún tema progre que nada tiene que ver con la realidad. Con suerte, evitarán votarlos, cortando el ciclo por el cual los mismos docentes militantes apoyan a gremios entongados con los gobiernos de turno que definen políticas de miseria.

Afortunadamente con el maestro nos llevamos bien y tenemos un trato respetuoso. Su reclamo es absolutamente válido y lo entiendo, pero no pueden pagar las consecuencias los chicos. Ahí disentimos y lo pudimos hablar bien, lo que deja en claro que no hay mala fe ni del que ejerce su derecho de parar ni del que reclama por el derecho de sus hijos a recibir educación.

“Peleas entre pobres”, diría la izquierda marxista, señalando que los que se benefician de todo esto son los patrones. En este caso no son burgueses, sino burócratas que quizás nunca entraron a un aula.

En Córdoba hay un cargo docente cada 16 alumnos, pero es casi imposible encontrar esa cantidad de alumnos en un aula. El resto obedece a carpetas médicas y burócratas en el Ministerio de Educación, dos situaciones a las que aspiran muchos docentes que hoy pelean por mejores condiciones salariales.

La migración a las escuelas privadas no se detiene, aunque la provincia ponga requisitos cada vez más duros para habilitar nuevos proyectos. La gente elige pagar para que reciban educación, cualquiera, la que sea, en lugar de aguantarse los paros y asambleas que hacen que sus hijos sean ciudadanos de segunda. Mientras las políticas educativas sigan viéndose como un gasto y no como una inversión, definitivamente deberemos seguir aguantando paros, asambleas y maestras citando a Freire.