En los dominios de la hechicería (Tercera parte)

Antiguas supersticiones del interior argentino, recopiladas en un volumen de 1896 a partir de crónicas, documentos coloniales y tradiciones orales, nos dejan noticias sobre las creencias en general y en particular de la Córdoba del Tucumán.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Una ilustración de Eugene Grasset, siglo XIX.

Para cerrar las menciones a la Salamanca, aquí va una etimología defendida por Daniel Granada en su libro sobre antiguas y modernas supersticiones del Río de la Plata:
“Salamanca, tratándose de cuevas mágicas o encantadas, no es otra cosa etimológicamente que el nombre sustantivado de la antigua y célebre ciudad que como propio le lleva en España. Hubo en términos de Salamanca (y sin duda habrá aún) una cueva llamada de San Cebrián, famosa de antiguo por la creencia vulgar de que allí enseñaban la nigromancia y otras artes de encantamento.
Se la conoció también en la Península por el nombre liso y llano de cueva de Salamanca. Cervantes intituló La cueva de Salamanca uno de sus graciosos entremeses, al que pertenece el siguiente diálogo:
«(…) Estudiante: —La ciencia que aprendí en la cueva de Salamanca, de donde soy natural. Si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a costa de mis herederos. Y aun quizá no estoy muy fuera de usarla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa. Pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.
Pancracio: —No se cure de ellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen. Y ya deseo en todo extremo ver alguna de estas cosas que dicen que se aprenden en la cueva de Salamanca».” 

Tomando otro rumbo, el autor de esta “Reseña histórico-descriptiva” pasa a considerar las creencias vinculadas al cabello femenino, podría decirse que con resonancias fetichistas. Se entienden ciertos tangos a la luz de semejante texto:
“La mujer del campo, o del país, forma con su cabellera una o dos trenzas; las que nunca arrolla o recoge, sino que lleva colgantes sobre la espalda y a veces echa por sobre los hombros. Considera un deshonor la falta del pelo, que cuida como una prenda de gran valía. El ofendido amante desenvaina su afilado cuchillo, corta de un tajo las trenzas de la mujer infiel y las ata luego, por escarnio, a la cola de su caballo. ¡Suplicio infamante de la inconstancia en el amor! La mujer que lo sufre, sufre una pena cruel. ¡Desdichada! ¿Quién, de entonces más, la librará del martirio de oír y de saber que dicen de ella: la tusaron por puta? Imposible librarse de esa nota difamatoria. Intentarlo, sería poner puertas al campo.
Había en el Salto (Uruguay) una china, que enfermó gravemente. Estaba conchabada en una casa de familia, y sus amos llamaron al médico para que la asistiese. El médico, después de haberle aplicado varios remedios, dispuso que le cortasen el pelo. Todo lo había llevado con paciencia, mostrando mucho agradecimiento a las personas que la cuidaban. Pero cuando vio que se le acercaban con las tijeras para cortarle el cabello, se puso a llorar con la mayor aflicción. Tomó con ambas manos sus largas trenzas, apretándolas contra el pecho. A fuerza de ruegos, consiguieron que se dejase cortar la cabellera, Pero la pobre china, al contemplarse privada de ella, empeoró aceleradamente, muriendo a las veinticuatro horas. Otra china vieja que la había acompañado hasta el último instante, recogió las trenzas de la difunta y las puso en el féretro, debajo de la yerta cabeza que en vida las conservara con tanto celo. El uso del cabello largo ha sido general y muy preciado en todo tiempo entre las mujeres. Las de algunas regiones sobresalieron y fueron muy celebradas por la hermosura de sus cabellos. Las mujeres de Salta, en la Argentina, fueron reputadas las más gallardas del Tucumán: en la hermosura de la tez y señaladamente en la abundancia y dilatación de sus cabellos creíase que excedían á todas las de América.”
El último dato es confirmado por Carrió de Lavandera en el “Lazarillo de ciegos caminantes hasta Lima” al hablar de las salteñas, en 1772: “Muy rara hay que no llegue a cubrir las caderas con este apreciable adorno; y por esta razón le dejan comúnmente suelto o trenzado a lo largo con gallardía.”

Amplía Daniel Granada datos sobre el asunto del cabello, sin duda un elemento del cuerpo femenino con su propio lenguaje y valor simbólico, en un tremendo fragmento: 
“La airosa modestia de las solteras y el recogimiento de las casadas haría creer que el concepto del honor en las mujeres de aquellos tiempos estaba grabado en sus corazones por la mano de la delicadeza. Véase sin embargo cómo entendían las cosas a tal respecto los legisladores de la época. La mujer honesta que recibiese grave ofensa en su honra (cosa, por lo visto, nada rara en los caminos), debía entrar por las calles del pueblo arrancándose las tocas, arrastrándose por el suelo y gritando: ¡fulano me forzó! ¿Cómo hubiera salido de la danza la ofendida que con tales medios de prueba hubiese acudido en demanda de justicia ante el sesudo gobernador de la ínsula Barataría? La prueba de su pudor y recato no podía ser más clara y verdadera.”
Este último dato era citado por Granada a partir del Ordenamiento de las Cortes de Nájera, supuesto documento de origen no establecido, datado entre 1138 y 1185.

En una referencia final de nuestras citas, el autor daba por sentada la diferencia entre los milagros, cosa que admitía, y las curas que llama por autosugestión, de acuerdo con el discurso moderno de su época.
“…Infinitas curas morales, que menos delicadamente podrían también llamarse curaciones por propia o auto -sugestión, han hecho y hacen de continuo (como la virgen de Lourdes en Francia) la virgen de Luján en Buenos Aires, la virgen del Rosario en Córdoba, la virgen del Valle en Catamarca, la virgen de Itatí en Corrientes, la virgen de Caacupé en el Paraguay. En Salta brota el agua por todas partes, formando charcos y pantanos, de que se origina el chucho (fiebre intermitente), que tanto mortifica a sus moradores. (…) El chucho aflige asimismo a los vecinos de Córdoba, de la Rioja, de Jujuy. Todos ellos han debido a la virgen del Valle, por esa y otras enfermedades, innumerables favores. Allá van los peregrinos, promesantes o promeseros, a cumplir sus votos, con gran devoción y recogimiento.”