Un mundo de sensaciones

El gobierno parece atrapado en “Tengo”, la canción de Sandro, porque todo se termina reduciendo a sensaciones, nunca a hechos.

Por Javier Boher
@cacoboher

En un caso de subjetivismo extremo, todo en este país parece reducirse a una cuestión de percepción. Pese a la pulsión colectivista de la runfla gobernante predomina el más puro individualismo moderno: cada argentino es la medida de todas las cosas.

Esto es así porque otra vez nos sorprendieron hablando de “sensaciones”, algo que se siente, que se percibe, que depende en última instancia de nuestra capacidad sensorial, con la portavoza del gobierne hablando de una “sensación de estabilización”.

Hay que recordar que el pionero en estos temas de sensaciones fue Aníbal Fernández, cuando dijo que la inseguridad era una sensación. Es tan subjetivo el que haya inseguridad que es un discurso creado por los asaltados o asesinados. ¿Por qué no le preguntan a los ladrones o a los narcos, a ver si se sienten inseguros? Siendo testigos de la pereza policial y judicial no hay dudas de que no deben sentir nada, mucho menos el aliento de la justicia en la nuca.

Después fue el turno de Roberto Arias, quien fuese funcionario de economía bajo Martín Guzmán, que en un tiempo tan lejano como tres meses atrás, dijo que “hay un bienestar que no se nota”, que sería algo así como una “sensación de malestar” si lo reformuláramos a algo más acorde a esta nota.

Estábamos tan bien y no nos dábamos cuenta porque este país es tal como lo describió La Mosca: “Hoy estoy peor que ayer, pero mejor que mañana”. Había bienestar si lo comparábamos con la inflación de julio, por ejemplo. La inflación de abril, que se comunicó justo cerca de la frase de Arias, fue del 6%, así que estamos con 1,4% más de inflación que en aquel mes (un 23% más en términos relativos).

No puede sorprendernos ese impulso por las sensaciones en un país que se quiso robar hasta la autoría de la idea de sensación térmica. No es tiempo de dedicarse a derribar hitos protocientíficos de gran valor social, pero aquí se ha generado una especie de culto por el parámetro. Así es como vemos discusiones intensas sobre la afirmación “ponete un saquito que hace frío” que se basan en que uno siente lo que el otro no.

El equipo económico de Massa hasta ahora solamente ha tratado de contener las expectativas, creyendo que todo se resuelve solamente con fotos de funcionarios nuevos que no sabemos si funcionan con funcionarios veteranos que ya sabemos que no lo hacen. A muchos economistas les da la sensación de que ese experimento no va a funcionar.

Hay otros que eligen creer, como los senadores que decidieron modificar los parámetros del pacto fiscal de 2017. Les dio la sensación de que la gente puede pagar un poco más de impuestos, porque acá no se conoce otra forma de reducir el déficit que aumentando la recaudación. Sensación de analfabetismo económico.

Todo se termina reduciendo, entonces, a cómo se para uno ante determinados fenómenos, sin más fundamentos que el “ojímetro” de andar decidiendo a partir de lo que le parece a cada uno. Al menos ese parece ser el caso de lo que dijo Cerruti sobre la sensación de estabilización.

Hace apenas unos días murió Armando Gostanian, responsable de la Casa de la Moneda en tiempos de Carlos Menem. El escándalo de aquel entonces fue la impresión de los “Menemtruchos”, billetes sin valor legal, en la misma imprenta de la moneda oficial. Casi tan grave como querer quedarse con la fábrica de billetes, tal el plan del compañero Boudou.

En aquellos billetes conmemorativos se leía “un valor que estabilizó el país” y “1989-1999. Diez años de estabilidad”. Como todo marketing político, aquello era engañoso (usando los términos de los compañeros de Chequeado). Eran diez años de gobierno, la década neoliberal, pero no todos de estabilidad en sentido estricto. Lo que sí hubo a partir de la Convertibilidad fue estabilidad cambiaria.

La estabilización de la que habló Cerruti no llega a pasar de sensación. No sirve ni para ponerla en un billete de autobombo. No tiene ni un pequeño punto del que alguien se pueda agarrar con algo de esperanza. Es más una expresión de deseo que una realidad, como el que se quiere hacer el fuerte un día frío y se queda en mangas cortas, aunque el viento haga que todos le puedan ver la piel de gallina en los brazos. Después llega el resfrío, por supuesto, porque las sensaciones no abrigan.

Sandro cantaba, en Tengo, que tenía un mundo de sensaciones para regalar, casi como el kirchnerismo, que para todo lo que marca la realidad saca la increíble respuesta de que todo se trata de percepciones, de construcciones subjetivas que nada tienen que ver con los hechos.

La incapacidad del gobierno es cada vez más patente en cada uno de los campos. Hace apenas unos días un conocido dijo que se había enterado de una respuesta que recibió un allegado que es empleado en un ministerio: no necesitan implementar políticas porque están de salida, sino que tienen que hacer anuncios para que parezca que están haciendo algo. Sensación de que trabajan.

Cerruti, Alberto, Cristina, Massa, los diputados y senadores, los ministros y gobernadores, todos y cada uno de ellos, va a tener siempre a mano un buen ramillete de excusas que tengan que ver con las sensaciones, mientras nos bailan con los quiebres de cadera de Sandro y nos prometen los días más felices que podamos vivir.