Una genealogía cantora

Como cantautor del nuevo milenio, suena lógico que Pablo Dacal se haya interesado por ir en busca de las raíces de un linaje de trovadores nacionales al cual adscribirse. Pero, no contento con eso, tradujo su pesquisa en el libro “Por qué escuchamos a Ignacio Corsini”, para el sello Gourmet Musical.

J.C. Maraddón

A comienzos del siglo veinte, la Argentina se entregaba a una oleada inmigratoria que incorporó millones de personas a la población del país y provocó drásticos cambios sociales. El arranque de la nueva centuria se aferraba a una modernidad que por ese entonces estaba representada por el avance del ferrocarril y por la irrupción de los primeros automóviles, pero que poco después también abarcaría la producción industrial en serie, la aviación y nuevos prodigios en el campo de la cultura popular, como el cinematógrafo, la radio y la grabación y reproducción mecánica de la música, que abriría las puertas al negocio discográfico.

Dentro de ese panorama a la vez caótico y entusiasta, los géneros musicales todavía se entremezclaban en un magma del que luego emergerían estilos cuya resonancia los haría ingresar en el catálogo de las tradiciones nacionales. Así como los arrabales ciudadanos se adentraban en el paisaje de la pampa, también el cancionero urbano se enlazaba con el campestre, con intérpretes que a la usanza de los viejos trovadores recorrían barrio tras barrio y pueblo tras pueblo para entregar su canto y recibir a cambio al menos el alojamiento y la comida, en el trajinar de una vida bohemia y errabunda.

La estirpe de los payadores, cuyo lote encabezaba en esos años Gabino Ezeiza, perduraba como rémora del imperio del gaucho, pero la inmigración dotaba a esa cadencia del influjo europeo, en tanto que también se hacía notar (y mucho) la rítmica de quienes dejaban aflorar su herencia africana, de un proverbial arraigo en el Río de la Plata. Es en ese crisol que se forjaron músicas como el tango y el folklore, que más adelante tomaron formas mucho más definidas pero que en ese entonces compartían públicos y artistas, a partir de denominadores comunes como milongas, valses y otras corrientes híbridas.

Entre esos intérpretes nómadas que tuvieron la suerte de ser los primeros en ingresar a estudios para grabar sus piezas más representativas, se cuentan los dúos conformados por Gardel-Razzano y Magaldi-Noda, que darían pie a la aparición de ídolos musicales inolvidables, cuando se lanzaran en solitario Carlos Gardel y Agustín Magaldi. Un tercer nombre que cobró fama en ese tiempo y que, sin embargo, no goza de la misma intensidad en el recuerdo, es el de Ignacio Corsini, nacido en Italia, quien llegó a Buenos Aires de muy pequeño y transcurrió su adolescencia como peón de campo.

Al ser integrante del tropel de cantautores que irrumpió en Argentina con el advenimiento del nuevo milenio, suena lógico que Pablo Dacal se haya interesado por ir en busca de las raíces de un linaje de trovadores nacionales al cual adscribirse. Lo insólito es que esa pesquisa no se limitó a traducirse en su incorporación a una línea de evolución artística, sino que además terminó convertida en un libro, “Por qué escuchamos a Ignacio Corsini”, editado en 2021 como parte de una colección que impulsa el sello Gourmet Musical, sobre nombres tan disímiles como Aníbal Troilo, Led Zeppelin o Tupac Shakur.

Con una prosa fina y precisa, Pablo Dacal traza el perfil biográfico de Corsini, sin ahorrarse apreciaciones personales ni juicios de valor, para conformar un ensayo en el que, por encima de todo, sobresale la indudable admiración que siente por un colega que lo precedió en el sentimiento. Hace un par de semanas, en un bar de barrio Güemes, el autor de este libro animó una sentida presentación de ese volumen que, en poco más de un centenar de páginas, hilvana una genealogía cantora donde se clausuran las grietas entre los géneros, para  que las diferencias se disuelvan en el océano del arte.