En el Día de los Pueblos Indígenas, rescatemos al Estado

La excusa del origen étnico para fundamentar la acción política amenaza las mismas bases del Estado, la única institución que puede asegurar la realización de los derechos.

Por Javier Boher
@cacoboher

Hay un problema en escribir sobre política argentina todos los días: es imposible no repetirse. Quizás se puede buscar algún enfoque ingenioso, una frase con gancho o un paralelismo inexplorado, pero siempre terminamos cayendo en los mismos temas. Tal vez sea por eso que la gente está harta de la política, por tratarse siempre de las mismas caras diciendo y haciendo las mismas cosas.

Cada vez que no sé sobre qué escribir, o cuando no tengo ganas de explayarme sobre lo mismo de siempre, reviso las efemérides. Para algunos será pereza, pero creo que en mi caso es alejarme un poco de los temas del momento. Hoy es nueve de agosto y descubrí, por ejemplo, que es la fecha de nacimiento de Atilio López. Podría escribir sobre él, pero mejor lo dejo para otro día.

Es que hoy es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, así que no me queda otra opción más que encarar un tema que vengo evitando desde hace unos días. Esto es así porque ya no sé de qué forma seguir elogiando a Julio Argentino Roca y a la pacificación de la Patagonia que llevó adelante durante los años alrededor a su presidencia (tanto antes como durante la misma) en contraposición al deterioro de la política kirchnerista para la región.

Una de las condiciones fundamentales para hablar de la existencia de un Estado es la de soberanía. Más allá del reconocimiento internacional de quienes se proclamen gobierno en un territorio, quienes ejerzan efectivamente el control del mismo serán un Estado en los hechos. Por eso la importancia de la tarea que Roca concretó hace casi un siglo y medio: convirtió en realidad lo que solamente existía en un papel.

Hace apenas quince días fue noticia un ataque incendiario a un camping en El Bolsón, uno de los focos del conflicto, donde rociaron con combustible al propietario y lo prendieron fuego. La espiralización de la violencia en manos de privados amenaza el orden constitucional vigente, poniendo en riesgo la integridad territorial del país. Ceder al control que ciertas organizaciones quieren ejercer sobre el territorio es ceder una soberanía que no debería estar sobre ninguna mesa de negociación.

Para añadir más pimienta a la situación, la Administración de Parques Nacionales declaró -afortunadamente solo durante apenas 24 horas- al Volcán Lanín como sitio sagrado mapuche, lo que se sumó a lo ya visto durante meses como una política concreta de parte del gobierno nacional en beneficio de particulares alineados con sus mismos intereses políticos.

Siempre que puedo comento cómo creo que terminamos llegando hasta este punto. Entre 2004 y 2010 me dediqué a estudiar en la universidad. Fueron los años de explosión ideológica del kirchnerismo, aunque todavía sin su visión más dogmática que afloró tras la muerte de Néstor Kirchner.

En el año 2006 me tocó cursar una materia llamada “Problemática social contemporánea” en la que se debían revisar los temas de mayor relevancia sociológica para la disciplina. Discutimos el capitalismo, el neoliberalismo, las diferencias de clase, los movimientos migratorios y -con toda una unidad dedicada a ello- la problemática indígena.

No puedo olvidarme de las discusiones que teníamos: leíamos textos de países como Perú, Ecuador o Bolivia como si fuesen aplicables a nuestra realidad. Países con una proporción de descendientes de pueblos originarios altísima en comparación con la nuestra, que incluso sería irrelevante si se insistiera en sostener una identidad nacional independiente del origen étnico de una persona. Aunque el Crisol de Razas sea una figura un tanto edulcorada para describir el encuentro entre orígenes diversos, definitivamente era mucho más apropiada que el conflicto identitario.

Las discusiones eran surrealistas, casi como si la docente deseara que acá hubiera algo por el estilo, tal vez esperando que le aprueben una beca doctoral o algo por el estilo. Esa insistencia académica terminó con lo que es una de las posibilidades de las ciencias sociales, influir en la realidad. Así fue como terminó desarrollándose una problemática que no existía como problema político hasta entonces.

Hoy ese tipo de situaciones se viven, como caso extremo, en la Patagonia, pero también están presentes en nuestra provincia. A menos de una hora de viaje desde la capital, por ejemplo, hay tomas de tierras de grupos autoproclamados sanavirones. Muchos han llegado desde Buenos Aires y tienen apoyo del INAI, el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, que financia y da apoyo legal a estas cruzadas contra la propiedad privada y la soberanía del Estado. Alcanza con tener un tatarabuelo sanavirón y una foto al lado de un mortero en el río para reclamar un pedazo de tierra valiosa.

Pensar en que alguien tiene algún tipo de derecho superior por tener algún tipo de ascendencia es ridículo, así como peligroso: si alguien con 1/32 de mapuche puede sentirse legítimo dueño de los lagos patagónicos por su origen étnico, ¿qué nos separa de la posibilidad de que alguien pretenda erradicar a quienes tengan la misma proporción de algún origen que considere indeseable, tal como pasaba en la Alemania de la Segunda Guerra?.

La carta étnica no puede estar en ningún fundamento si se pretende construir y sostener un espacio de respeto de los derechos y libertades individuales, la única forma de garantizar la efectiva realización de las singularidades. Con ese tipo de fundamentos cualquier descendiente de italianos o españoles podría ir a reclamar terrenos en Roma o Barcelona, lo que es directamente ridículo.

Las políticas avaladas por el gobierno le están trayendo problemas a muchísima gente, que empieza a ver enemigos en todos lado. Es necesario cortar pronto con esa locura, antes de que las situaciones como el ataque incendiario a una persona se conviertan en moneda corriente y le cuesten la vida a alguien.