En los dominios de la hechicería

Documentos coloniales contienen datos relativos a supersticiones y brujerías. Recopilados y publicados por un autor en 1896, nos facilitan referencias a ese tipo de prácticas situadas en la antigua Córdoba del Tucumán.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El ambiente de brujería y «mujeres iluminadas» de la Córdoba colonial.

El lingüista gallego Daniel Granada y Conti se formó en el Uruguay adonde llegó niño de Vigo, de la mano de sus padres, a comienzo de los años cincuenta del siglo XIX. Sus estudios lo hicieron abogado, pero su afición más fuerte lo inclinó al estudio de las palabras y también de algunas tradiciones sudamericanas. El foco de esta nota se detiene en su obra Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del Río de la Plata, cuya primera edición data de 1896. Allí se mencionan creencias históricas de origen popular que en parte compartieron los habitantes originarios con los colonizadores hispánicos cuando sobre tierras de los primeros fundaron, los segundos, las ciudades del Plata y del Tucumán. 

Para abonar su recorrido por materias como las apariciones, los gualichos, los lugares encantados, las prácticas fúnebres, los hechizos, los maleficios, los mitos, la magia, la hechicería, entre varias otras, el autor llamaba supersticiones a hechos basados en “meras ilusiones de los sentidos y de la mente, juicios deducidos de falsas premisas, o fenómenos sorprendentes, preternaturales, cuya manera de engendrarse permanece oculta aún al hombre, que los contempla ofuscado”.
En ese conjunto convivían las creencias prehispánicas con las de los conquistadores, ya que, afirma el autor, “los magos, hechiceros, adivinos y brujos criollos de la grey cristiana, aceptaron de los indígenas cuanto se acomodaba a sus designios y prácticas tradicionales, sustituyendo con la señal de la cruz, y con preces a su manera dispuestas, las palabras y acciones simbólicas que les pareció desechar.
Unidas a las de los europeos las supersticiones de los indios, se produjo un vigoroso fermento en tan apartadas y desiertas regiones, cuyos nuevos pobladores, a pesar del yugo con que los sujetaban los poderes real y eclesiástico, dieron constantemente, en cuantas ocasiones se les presentaron, muestras señaladas del individualismo congénito de una raza informada en los campos de batalla. (…) Los retoños de las ideas supersticiosas así amalgamadas se extendieron por campos y ciudades, como la mala hierba que invade los terrenos labrantíos cuando de continuo no la trabajan sus cultivadores.” 

Al haber realizado Daniel Granada su búsqueda sobre cuestiones tan amplias y diversas en los viejos textos coloniales, su libro ofrece buena documentación referida al antiguo Tucumán y en particular al territorio de Córdoba. Por ejemplo, cuando el autor, refiere lo siguiente:
“Consta de un memorial presentado al Consejo de Indias el 7 de octubre de 1752 por el procurador de la ciudad de Córdoba del Tucumán D. Gregorio de Arrascaeta, que la provincia que para ante él le confiara la gestión de sus negocios hallábase verdaderamente plagada de los mayores vicios y herejías y con más especialidad de hechiceros, siendo tanta su abundancia que, a pesar del defecto moral que los inhabilitaba para todo servicio en casa honesta, se les encontraba de criados hasta en los monasterios y conventos. Casi no había un enfermo que dejase de atribuir sus dolencias a los efectos de algún maleficio.”

Al aproximarse a la base de algunas de las prácticas censuradas por el procurador Arrascaeta, Daniel Granada pinta rasgos de la experiencia popular de aquel siglo XVIII.
“Los adivinos, hechiceros y magos invocaban al demonio con nombre de ángel de luz, rindiéndole cierta manera de adoración y ofreciéndole perfumes y hierbas olorosas. Había invocadores del demonio (que venían a ser los espiritistas de nuestros días), el que se les aparecía en la figura de un animal o bien representando las personas, vivas o muertas, pecadoras o beatificadas, con quienes querían comunicarse cara a cara. Les hablaban, y recibían sus respuestas, sobre sucesos pasados, actuales o futuros. Le encendían luces y le quemaban incienso, al propio tiempo que, con una bebida hecha de yerbas y raíces (el achuma, el chamico y la coca), se enajenaban y entorpecían los sentidos hasta el punto de engendrar en su mente las ilusiones y representaciones fantásticas que luego tenían y publicaban por revelaciones inequívocas de las cosas o de los hechos que deseaban conocer o de que prometían dar noticia.”

Otros gremios que se ocupaban de mantener supersticiones, según el autor, eran los astrólogos y las “mujeres iluminadas”. Entre los objetos ligados a sus prácticas, menciona Granada al “agnusdéi”, que eran relicarios que las mujeres colgaban de sus cuellos:
“Para las adivinaciones y hechizos valíanse, asimismo, los que en artes diabólicas ejercitaban su malicia, de habas, trigo, maíz, monedas, sortijas y de otras semillas y objetos semejantes, mezclando lo sagrado con lo profano: evangelios, agnusdeyes, aras consagradas, agua bendita, estolas y otras vestiduras sacerdotales. Tenían y usaban ciertas cédulas enigmáticas y recetas o memoriales; palabras u oraciones; círculos, rayas y caracteres; reliquias de santos; piedra imán; cabellos, cintas y polvos; candelillas, redomas, ollas, vasos de agua, alfileres, etc. Aparecieron muchas alumbradas, mujeres que hacían milagros, recibían favores del cielo, tenían visiones y revelaciones, sabían lo que pasaba de tejas arriba y de tejas abajo, adivinaban y predecían, daban fructuosos consejos y sanaban a los enfermos.”

Con respecto a las mujeres “iluminadas”, afirma el autor que “constituían por si sola una plaga”, a la vez que aporta la identidad de una de ellas, originaria de Córdoba:
“Célebre fue en el indiano hemisferio la titulada madre Angela o Angela de Dios, cuyo apellido era Carranza, natural de Córdoba del Tucumán, quien, pasando al Perú y frecuentando los templos de Lima, logró que la tuviesen por santa. (…) Vinculaba la felicidad de las personas, el buen éxito de los negocios, aspiraciones y empresas, a los objetos que santificaba: rosarios, medallas, campanillas y cencerros, cuentas, pañuelos, espadas y dagas, papeles escritos y firmas, sus cabellos y muelas y uñas, sus enaguas, vendas y paños teñidos en su sangre.”